jueves, 29 de marzo de 2012

Joe Bonamassa - Dust Bowl: crítica del disco


Esta fue mi crítica adaptada que dejé para rockthebestmusic del álbum de Joe Bonamassa Dust Bowl. Otro texto que dejo archivado a mayor gloria de este modesto blog (jeje).

"El 21 de Marzo fue la fecha de salida de Dust Bowl, el último disco de Joe Bonamassa en solitario. Varias son las escuchas que pude darle al nuevo disco, un trabajo que quizá deje algo indiferentes a más de uno (no es mi caso precisamente) después de que el año pasado se editasen dos grandes con este mismo músico como protagonista: me refiero a Black Rock (en solitario) y a ese grandísimo e impagable Black Country junto a Glenn Hughes, ambos al servicio del grupo creado ese mismo año pasado, llamado Black Country Communion, del que se esperan cosas enormes si continúan la misma línea del buen rock del primero. Ambos pasaron a formar parte de mi lista de lo mejor del año pasado 2010 (este último álbum en el primer puesto precisamente).

La pintura de portada del disco es hermosa. Recrea, según he podido saber, una fotografía de 1936 de Arthur Rothstein, quizá su más famosa obra, la cual parece ser que ha servido de icono de un dust bowl ‘cuenco de polvo’ o, quizá mejor, ‘tormenta de polvo’ (storm bowl). La foto (que casi parece retocada) se tomó en Cimarron County (Oklahoma) y se custodia en la Biblioteca del Congreso. Representa a un granjero y a sus hijos camino de casa envueltos en una tormenta de polvo. La fotografía original supera ampliamente a la posterior pintura que sirve como portada al disco de Bonamassa. No es que sea fea, ni mucho menos, ya hemos incidido en lo contrario, pero los personajes se muestran más impasibles, han añadido la figura prescindible de un perro de jardín, unos pajarracos flanqueando a un aparente tornado de cenizas que parece tener su origen en la explosión de una granada de mano, y, por último (por dejar aparcada ya la comparación de lo que parece el juego de las diferencias), el autor rebaja incomprensiblemente el dintel de la puerta hasta el extremo de que el granjero tendrá que pasar a cuatro patas a su propia casa. En fin, quien quiera saber más del desastroso fenómeno del Dust Bowl les remito a la amiga Wikipedia.


¿Y el disco? No está mal. Gusta más cuanto más se le oye, aunque conozco que los puristas (y no les resto crédito) lo verán como reflejo de un dust bowl, con su pizca de mucho-ruido-y-pocas-nueces o, lo que viene a ser lo mismo, un huevo Kinder relleno de paja. Pero yo no soy un entendido, y por eso este disco, como el anterior, lo disfruto, me gusta; digo que me gusta escucharlo y saborearlo más allá de que pueda tener reminiscencias conocidas o no. Ahí no me meto (allá cada cual con su canon). Reconozco el poder que esa guitarra tiene en adaptarse a los estilos más diversos. Y si Bonamassa sigue haciendo blues o blues-rock (después de la primera experiencia esencialmente roquera con BCC) es porque su alma nada en este tipo de música como pez en el agua (creo que no podría ser de otra manera sabiendo de su biografía y las fuentes donde ha bebido), buceando a veces en solitario tras esas gafas de negra timidez. Dijo él en una entrevista reciente que este era su mejor trabajo. Desde luego es bueno. No sé si el mejor, pues a mí hay otros discos de su carrera que me entusiasman, por los que me dejo llevar y los siento como una brisa que me acaricia partes sensibles, o me hacen mover los pies de una manera mecánica.

No soy de esos a los que les gusta desmenuzar un disco, hacer una radiografía de él o una autopsia precipitada. Pero tengo que decir que se inicia a un ritmo ferroviario potentísimo con ese primer tema titulado “Slow Train” y en todo momento a uno le parece estar subido en un vagón vapuleado por una tormenta de vientos intermitentes. El siguiente corte, el que da título al LP y sirvió de avanzadilla, suena a clásico, luego poco más que decir más allá de que suena magnífico a mis oídos. Luego viene “Tennessee Plate” que merece la pena solo por oír a John Hiatt. No se priva Bonamassa en recurrir a otras voces, en temas como "Heartbreaker" (Glenn Hughes) y “Sweet Rowena” (Vince Gill, de Oklahoma precisamente, y quizá adrede), la primera de estupendos y memorables punteos (poderoso también con el que se desata en un momento de “No Love On The Street”); la segunda, con ritmos bluseros y tonos más clásicos (ese piano no es relleno ni por asomo). Y el resto no es paja, como pueda sospecharse: ese riff áspero y llorón que bufa en “The Menaing Of The Blues” me encanta y los punteos vuelven a ser de escándalo (o es que uno se escandaliza con poco, que no lo sé); el toque country con aires medievalizantes en “Black Lung Heartache” me parece un hallazgo; el tema rock-50 de “You Better Watch Yourself” me parece conseguido… Luego llega el momento lacrimógeno con “The Last Matador Of Bayonne” haciendo de la variedad gusto. El remate con “The Prisioner” a mí al menos me deja un buen sabor de oído. Un disco bastante redondo según mi criterio, en la línea del anterior. Me temo que el nuevo trabajo de Black Country Communion va a ser también enorme, porque sin duda tenemos a un Bonamassa inspiradísimo".

Ángel Carrasco Sotos

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