domingo, 13 de marzo de 2016

Crítica de "Apocalypto" (Mel Gibson, 2006): film review




por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Es notable el talento visual que demuestran algunos actores de éxito que quizá no sean los más virtuosos interpretativamente hablando. Ya sea Clint Eastwood, Ben Affleck o Kevin Costner… El caso de Mel Gibson es, desde luego, paradigmático a este respecto.


No se ha prodigado mucho el polémico actor australiano en la dirección desgraciadamente, pero cada vez que lo ha hecho no ha dejado indiferente a nadie y nos ha regalado notabilísimas obras que han suscitado todo tipo de opiniones y polémicas.




Tras el sensible drama “El hombre sin rostro” (1993), Gibson ha rodado tres cintas que han pasado a la historia del cine y que cualquier cinéfilo conoce. “Braveheart” (1995), que le dio el Oscar a mejor director; “La pasión de Cristo” (2004) y esta “Apocalypto” que nos ocupa.

En estas tres películas tenemos al Gibson más desbocado y explícito, al más poderoso e intenso, al más épico e impactante, con historias donde una figura protagónica fuerte se erige en pilar fundamental, en referencia moral que defiende los valores y principios más elevados. Familia, dignidad, honor, valor, respeto, justicia…

Gibson sorprendió en “Braveheart” con un poderío visual inusitado, una intensidad épica y narrativa espléndida y una fisicidad violenta estremecedora. Claves de su éxito y de las críticas que recibe.




El carácter del actor y director ha contaminado muchas de esas críticas, algo inevitable en la habitual falta de análisis, pero sus títulos y talento se han impuesto a todo ese circo.

Gibson centra sus miradas en la América precolombina, o para ser más exactos hacia el final del periodo postclásico mesoamericano y maya, pongamos entre los años 1511 a 1521, cuando los españoles llegaron a esas latitudes.

Una etapa poco examinada por el cine y sobre la que ha habido mucha mitología y falsedades o idealizaciones. Gibson recrea en una cinta de aventuras cómo eran esas sociedades en declive justo antes de la llegada de los españoles, que en su vertiente expositiva demuestra una buena documentación, enseñando la realidad de su organización y procederes con realismo y veracidad, mucha más de la que algunos han ido vendiendo durante muchos años en versiones donde se consideraba a los mayas como unos benditos pacíficos.




Nada más lejos de la realidad. Aún siendo una sociedad tremendamente avanzada en muchos niveles, sobre todo en comparación con otras culturas precolombinas de la época, sus jerarquías estaban fundamentadas en la guerra y sus rituales eran viajes al infierno, no muy lejos de los aztecas. Todo eso nos muestra Gibson en el segundo tercio de esta obra.

La película está dividida en tres actos. El primero es la presentación de los protagonistas y busca la empatía del espectador con ellos, haciendo hincapié en sus relaciones familiares, sus sencillas estructuras organizativas y su humor grueso y básico. En el segundo se exponen con esmero y detalle la organización y funcionamiento de la cultura maya en un viaje al infierno. El tercer acto es un clímax alargado de pura aventura en una reivindicación del individuo y la familia.




El vigor y la potencia de las imágenes de Gibson impactan, donde no renuncia a guiños gore en esa aspiración de retratar ese horror y ese infierno en el que derivaron aquellas culturas americanas, sin concesiones ni poesías que pretendan minimizarlas.

Entre los rasgos estilísticos más destacados citaré las cámaras frenéticas siguiendo las persecuciones por la selva con drásticas panorámicas y grúas, y las numerosas angulaciones con picados y contrapicados que acentúan la crispación y tensión de la historia. También ciertos elementos usados de forma simbólica (agua, animales, naturaleza…).

Esto no evita defectos, siempre unidos a otra aspiración, la del espectáculo, donde se renuncia a la verosimilitud… Esos oportunos y raudos eclipses, esas carreras victoriosas antes panteras, esos saltos afortunados… Son los mayores defectos de una película notable que responde perfectamente a sus pretensiones.




Como ocurriera en “Braveheart” y “La pasión de Cristo”, Gibson se fija en una figura que se convierte casi en mesiánica, un elegido garante de los mejores valores, los citados al inicio de esta crítica. No hace falta señalarlo mucho en la figura de Cristo, tampoco en la de William Wallace, al que Gibson dota de esa aura mística. En relación a nuestro protagonista, una especie de Rambo en el Descubrimiento, lo observamos en ciertos aspectos que salpican la narración.

No es para todos los paladares debido a la explicitud de muchas de sus imágenes, pero es una experiencia que merece la pena.

Esperamos con ganas una nueva obra de Mel Gibson, que debería llegar este mismo año bajo el título de “Hacksaw Ridge”.

Jorge García del blog CINEMELODIC

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