jueves, 24 de marzo de 2016

Crítica de la película "La vida es bella" (Roberto Benigni, 1997): film review


por Möbius el Crononauta


Cuando sufría su exilio mexicano, Leon Trotsky siguió combatiendo a Stalin y desvelando la realidad de su régimen dictatorial. Probablemente el frío dirigente georgiano a nadie temía más que a aquel pequeño e intrépido ucraniano. A mediados de 1940 Trotsky ya había sobrevivido a un atentado terrorista en su propia casa. Sabedor de que su fin estaba próximo, Trotsky escribió: "La vida es bella. Dejemos que las futuras generaciones la limpien de todo mal, opresión y violencia y la disfruten plenamente". Poco después sería asesinado por el comunista español Ramón Mercader.


La frase inspiró al guionista Vincenzo Cerami el título para la película que le valió el reconocimiento internacional al cómico italiano Roberto Benigni. El propio Cerami había sido quién había instado a Benigni a marcarse un reto y llevar sus dotes de clown más lejos que nunca. El resultado fue La vida es bella.




Volvía a ver la película de nuevo hace unos días, y me sigue sorprendiendo que un cómico que venía de hacer films como El hijo de la pantera rosa y de dirigir y protagonizar El monstruo se atreviera con una historia de tal calibre y que podía herir muchas susceptibilidades. Como el propio Benigni siempre ha dicho, La vida es bella no es una comedia, pero los elementos cómicos son muchos y variados, incluso en la segunda parte del film. Lograr aunar esa inocencia y humor blanco con el drama del campo de Auschwitz es muestra sin duda de un gran talento.




La primera parte del film podría ser perfectamente (bueno, y en realidad es) una buena muestra de comedia romántica a la italiana. Cuando el personaje de Benigni, Guido, se encuentra casualmente con Dora (interpretada por Nicoletta Braschi, musa y esposa del cómico), aquél comienza a sorprenderla de mil y una maneras hasta enamorarla y, como en los mejores cuentos de hadas, rescatarla en el último momento de un destino triste y cruel (en este caso, el matrimonio con un pijín fruto del sistema de Mussolini) y ambos salen cabalgando en un caballo pintado de verde (el color de la esperanza, ¿no es así?) hacia un futuro feliz que incluirá al hijo de ambos, una vez casados: el pequeño Giosué. Pero con la ocupación alemana de Italia todo cambiará drásticamente: Guido, que es judío, y su hijo, son detenidos para ser enviados a un campo de exterminio. El en último momento su mujer Dora exige ir con ellos.




Es entonces cuando Guido usa su humor y su inocencia, de los que se había servido para enamorar a Dora, para proteger a su joven hijo de los horrores de la guerra y del campo de exterminio, le hace creer que todo forma parte de un juego. Así, en la segunda parte de la película los momentos entrañables se entremezclan con momentos estremecedores o de gran tensión, y hay que reconocerle a Benigni su labor tras las cámaras y el cuidado que muestra al fabricar una fábula en medio de una situación tan horrible. Por otra parte, quizás el Oscar a mejor actor fue algo exagerado, pero bueno, la Academia norteamericana ya sabemos que es muy sensible a estas historias. De todas formas poco importa, Benigni lo hace igual de bien que siempre, en mi opinión es en la dirección donde se supera respecto a otros trabajos y dónde asume su verdadero reto.




Un momento que siempre me pone la carne de gallina es el reencuentro de Guido y el doctor alemán a quien había conocido en Italia, dónde ambos jugaban a ponerse adivinanzas el uno al otro. Resulta descorazonador ver el abismo que separa a ambos en el campo de Auschwitz.

Ojalá tuviéramos a un Guido a nuestro lado que nos protegiera de ciertas realidades de una vida que a veces resulta realmente ingrata. En fin, supongo que no me puedo quejar, la verdad. ¡La vida es bella!

Möbius el Crononauta

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