CONFIDENCIAS DE UNA TARDE DE VERANO
Buscó el botón del despertador con la mano y lo apagó después de que hubo sonado tres o cuatro veces. Se levantó despacio, con pesadumbre, mientras volvía la cabeza hacia el lado de la cama en donde yacía Julia. Dormía boca abajo, con una pierna encogida, y Javier pudo ver que la sábana había sido empujada durante la noche, de manera que descansaba al final de la cama, más allá de los pies. Los primeros rayos de sol que la persiana dejaba filtrarse festoneaban un cuerpo de mujer. Se sentó sobre la cama, cruzó las piernas enfundadas en un pijama a rayas azules y blancas, y encendió un cigarrillo mientras contemplaba el cuerpo que tantas veces había amado, incluso esa misma noche que ya se esfumaba, y de la que apenas quedaba para él aquel revuelo de sábanas y la respiración pausada de Julia. Le acarició la cadera y el muslo solo rozándola, como si temiese despertarla, como se acaricia a un perro del cual se desconfía. Vio su camisón abandonado a lado de la puerta, en la penumbra, como si aún siguiese para él también la noche. Dio una calada lenta al cigarro rubio y la bocanada de humo salió en forma de tubo desde su boca para chocar contra el cuerpo de Julia y para envolverla en una bruma dispersa. Luego se apoyó la mano del cigarrillo en el mentón y miró hacia el techo con un gesto compungido, desolado, que en medio de la oscuridad lo dijo todo. Julia esbozó un ¿qué hora es?, entreabrió los ojos, sonrió como si lo hiciese desde algún sueño y siguió durmiendo tras girarse hacia su lado. Javier observó ahora su vientre, el vello rizado, negro, su cintura, el pelo acastañado sobre el que descansaba la cabeza y el cuello. Recordó cuando ella era todavía una niña y él la perseguía por las calles del pueblo, recordaba aquel vestido de lunares que fue albergando ese cuerpo deseado, bajo el cual se fueron formando los los pechos y se fueron moldeando los perfiles redondeados que seguían desde la cabeza, esos que ahora Javier observaba prácticamente sin deseo, el cuerpo que resultó ser con el tiempo un simple ornato de lujo y distracción en aquella alcoba. Absorto en estas imágenes se vistió más despacio que de costumbre. También pensó en la posibilidad remota que el destino no quiso para él, la de estar en ese momento en otra cama, junto a otra mujer y, quizá, en una ciudad distinta; pensó en la vida pasada junto a Julia en la época de noviazgo, en los sinsabores que el amor había dejado grabados, incluso, en su rostro, más envejecido por el sufrimiento que por el tiempo.







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