En cierto paraje sobre la US Route 49 se ubica un asentamiento llamado Dublin que hace aproximadamente unos ochenta años vio nacer una infanta que, con el correr de su existencia, deleitaría a los escasos moradores del pueblo con un canto de raíces profundas como si todas las encrucijadas se hubiesen apoderado del gutural lamento de la niña. La juvenil popularidad era tal que los rumores llegaban hasta el oeste de la frontera con Alabama pero no alcanzaba ni por asomo para un mejor bienestar ya que en el futuro más cercano sería madre sin siquiera haber rozado los primeros quince abriles.