©Ángel Carrasco Sotos
INSOMNIO
A Castillo, Víctor y Cebrián.
Apagó el televisor justo a las once y media, aunque sabía que
tras los anuncios comenzaba una película de terror de las que a él le gustaban,
y que le habían recomendado en el trabajo. Posiblemente si hubiera sabido que
no iba a pegar ojo en toda la noche, se habría recostado en el sofá con una
manta y se habría servido un ponchecito con hielo, sobre todo ahora que María
posiblemente dormiría, pues se había ido a la cama temprano, y no tendría que
aguantar sus quejas y rencillas, aparte de que en la casa reinaba un silencio
absoluto. La verdad es que estaba cansado y le pesaban un poco los párpados
sobre los ojos, por eso no supo nunca qué causa ignota impidió su sueño aquella
noche. Se desnudó despacio, sentado sobre la cama, como siempre: zapatos, jersey, pantalón,
camiseta, calzoncillos y calcetines. Se tumbó. Dejó el reloj sobre la mesita
(las doce menos diez). Salió al servicio y meó observando cómo la orina salía
por el orificio con mansedumbre, como si nunca fuese a terminar y pensó en esas
fuentes de agua continua en las que un niño esculpido en piedra suelta una
orina blanquecina sin interrupción, que sale por su colita cogida con dos dedos.
Sintió un pequeño estremecimiento. Todo iba bien. Volvió al dormitorio (las doce) y se
acurrucó desnudo pegado su cuerpo al de María, que lo rechazó -sin despertarse- con un manotazo
en la cara. En ese momento se arrepintió de haberse casado: "¡Dios, tía esta!",
pensó, con tanta rabia que parecía que lo hubiese dicho en voz alta. Se quedó
pensando en si seguía queriendo a María e hizo un balance de su vida con ella,
desde que se conocieron. El resultado fue negativo (el manotazo anterior hacía
inclinar la balanza en ese sentido). Las doce y media pasadas. La noche no era
del todo oscura y se podían ver los objetos una vez que la vista se había
acostumbrado a aquella penumbra que parecía venir de la noche de la calle, como
si por entre las rendijas de la persiana entreabierta se vertiera hecha líquida
la oscuridad. Pensó en esto mismo y a la vez en el manotazo de su mujer, y a
este hecho se le añadió el recuerdo de una pelea con un amigo en el bar de la
gasolinera. Se llevó las manos bajo la cabeza: la cama era a sus ojos un
pequeño mar de ondulaciones raras. Miró hacia la mesita para comprobar cómo el
reloj marcaba la una menos cinco ("¡Hostia!", pensó en voz alta) y, en ese momento, su
compañera de cama dejó escurrir hacia él un pie que se le pegó en la
pantorrilla, parte de su anatomía en la que notó un calor extraño que provenía
de ese pie ajeno. Retiró la pierna mientras observaba a María, que al darse media
vuelta quedó con el rostro vuelto hacia él: era un rostro que parecía mostrar
una sonrisa llegada de un sueño, un sueño en el que María estaba disfrutando
sin duda ("¿Con quién?", pensó, y sintió unos celos de muerte). Dejó
de mirarla y decidió ir a beber agua. Al entrar en la cocina vio la botella de
leche sobre la mesa y puso una poca a calentar en un cazo. Se sentó en una
silla y cruzó las piernas; su postura recordaba a la estatua griega de El
Pensador, quizá un poco cutre por los pelos. Mientras tenía estos pensamiento extraños, la leche se desbordaba por el cazo y, cuando se percató, se levantó rápidamente a apagar el fuego. La leche derramada por todos lados le quitó
el apetito. En ese momento dieron las dos en el oportuno reloj del comedor.
Se sobresaltó. No sabía qué estaba haciendo allí. Dejó la
leche y casi corrió hasta la cama: se tenía que levantar a las siete y pensar
que solamente le quedaban cinco horas de sueño le perturbó. Se tapó con la sábana
hasta la barbilla. María roncaba levemente junto a él. Intentó dormir cerrando
los párpados con fuerza. No podía. El sonido cerdil que salía de la boca de su
mujer le impedía reconciliar el sueño. Se puso nervioso solo con pensar que no
podría dormirse en toda la noche, en pensar que el reloj parecía reírse de él
desde la mesita, en pensar que María roncaba aposta. ¿Es que el mundo se había
confabulado para que él no durmiese esa noche? Tuvo envidia de María, y odio (paradójica ecuación). A
eso de las tres seguía, como se suele decir, más fresco que una lechuga.
Encendió la luz del aplique, tomó una novela, dejó la novela en el suelo,
volvió a apagar la luz, sacó los brazos fuera de las sábanas, los metió de
nuevo, se puso boca abajo, encogió una pierna, cogió la almohada con un
brazo... Le empezó a picar todo el cuerpo y sufrió un tirón en el
muslo mientras intentaba cambiar de postura. Al mismo tiempo que todo esto ocurría dieron
las cuatro. Cinco minutos después el reloj ya no estaba en la mesita, sino en
el suelo, unos metros más allá, hecho añicos. Sobre las cuatro y veinte la voz
de María rasgó la oscuridad diciendo algo así como "Botros, te
espero". Él se quedó mirándola, como pidiéndole una explicación: ¿qué
sería o ¡quién! ese "Botros"? ¿Qué habría querido decir con eso de
"te espero"? Dios, uno está toda la mañana en el trabajo tan
tranquilo y nunca sabe... en fin. Quiso relajarse, no pensar en nada, desechar
cada pensamiento mínimo que le llegase a las mientes, pero todo fue inútil, y
cualquier movimiento de María, por pequeño que fuese, le molestaba. Estaba furioso,
consigo mismo sin duda. Fue la hora que transcurrió entre las cinco y las seis
la más desesperante. Incluso rogó al cielo, pidió a Dios y a la Virgen, que por
favor le concediesen dormir al menos dos horas, como si esos fuesen momentos de
recibir milagros. A partir de las seis llegó la calma, se rindió ante la
evidencia del materializado insomnio y dejó pasar el tiempo en un estado de relajación
profunda y aceptación sumisa.
El día llegado de fuera le sorprendió con los ojos abiertos,
rojos de tanta lucha inútil. También María se despertó, y extrañada dijo:
"Buenos días, ¿ya te has despertado?" Estas palabras lo hundieron
hasta la desesperación. Lloró, se tapó la cabeza avergonzado y lloró,sí, largamente, como un niño. Lloró porque ya eran las siete y tenía que ir a
trabajar y había una ropa en el suelo que le estaba esperando impaciente, lloró
porque se sentía traicionado, engañado, vengado de una acción pasada que él no
había cometido, lloró también, o sobre todo, porque María había dicho
"buenos días" cuando en realidad tenía que haber dicho "buenas
noches", ya que un sueño atroz se estaba apoderando en ese momento de él,
y ante sus ojos se presentaba una neblina densa que poco a poco iba
transformándose en oscuridad absoluta.
Un sol radiante asomaba por la ventana. Sería un día
espléndido, quizá.
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[Este relato se lo dediqué a mis compañeros de mili Víctor (el furri), Castillo (mi primer compañero de litera, un tipo simpático que dormía arriba y al que apodaron el Mofeta) y Cebrián (amante de la informática, que me sacó de algún embrollo digital). Por eso deduzco que lo escribiría en pleno servicio militar (1992-93) en la base aérea de Getafe, experiencia sobre la que podría disertar largo y tendido, para bien y para mal. Para mal, porque fue un tiempo perdido para mis intereses personales; para bien, porque ganduleé lo que no está escrito y conocí a personas muy interesantes, que supondrían menos de un 10 por ciento de la fauna que allí nos congregamos. Es lo que había ("había", afortunadamente), Recuerdo que hice algunos pinitos allí como escribidor oficial de cartas a novias de mis compañeros].


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