domingo, 20 de marzo de 2016

Crítica de "El Ilusionista" (Sylvain Chomet, 2010): film review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Jacques Tati es uno de los grandes maestros del cine francés y el humor físico. Un maravilloso contador de historias que no necesita de palabras y que funde la ternura y la sensibilidad con la ironía entrañable. No es tan conocido como Chaplin o Keaton, pero sin duda es igual de imprescindible.



En 2010 nos llegó esta joya de la animación tradicional escrita por ese genio que es Jacques Tati y dirigida por Sylvain Chomet (director de la excelente cinta de animación “Bienvenidos a Belleville”, 2003).

La idea de Tati era protagonizarla en imagen real, pero ante la imposibilidad de hacerlo, Chomet, al que le llegó el guion, realiza un sentido homenaje a su autor al que podemos ver en todo su esplendor aunque sea animado. Chomet saca todo el partido a los gestos típicos de Tati, parece reencarnado, para su última gran “actuación”. Ambientada en los años 50 cuando los artistas, los artistas clásicos, los magos, los ilusionistas, los trapecistas, ventrílocuos, payasos, apenas tenían ya espacio en el mundo del espectáculo, un mundo que se había vuelto cínico, que apenas creía en la magia. Un mundo que será invadido por la televisión y que, como le pasó al cine, tendrá que reinventarse, un mundo en decadencia, crepuscular.




Un mago llega a un pueblecito escocés a mostrar su espectáculo de ilusionismo, tiene dificultad para que le contraten pero en el pueblo aún gustan esas cosas, especialmente a una chica que trabaja en el motel donde Tatischeff (el ilusionista) se hospeda. Ella cree en la magia y que todo lo que ve es verdadero, sin truco. Cuando Tatischeff acaba su trabajo allí la chica se escapará con él, con lo que éste tendrá que mantenerla, algo cada vez más complicado por las apreturas económicas.

De esencia muda, aunque se use el sonido, y breves diálogos “El ilusionista” es una obra de arte excepcional que rescata toda la esencia de su autor. Una película que va mucho más allá del humor, con una profunda sensibilidad que lo relacionaría con otro maestro del cine universal. Chaplin. No sería raro que se reconocieran en esta cinta reminiscencias a “El chico” (1921) o incluso “Candilejas” (1958).




Toda la película tiene un exquisito humor con un toque nostálgico, un film que rezuma sensibilidad, humor entrañable y que a su vez es un homenaje, como digo, al mundo del arte, de los artistas, al propio Tati… Esa nostalgia es realzada desde la música que compone el propio Sylvain Chomet. Una película llena de lirismo y poesía.

El inicio, con esa película, “El ilusionista”, que se estropea y, por tanto, no puede verse en el cine y que provoca que nuestro mago tenga que intervenir de sustituto, da el tono crepuscular de lo comentado. Un mago que ya no es ninguna estrella, ya nadie se sorprende con él, y ahora es un mero sustituto si hay problemas.




La película de Chomet es tan exquisita y sutil como lo era la obra de Tati, como ejemplo tenemos la escena del despido, una maravilla donde no se puede decir más con menos. Otro ejemplo es la subida al barco de Alice, ella se monta en una furgoneta que choca con el coche de Tatischeff, luego veremos esa furgoneta en segundo plano al lado del barco.




El cariño que el espectador siente por ese mago que vaga por salas a medio llenar o directamente vacías, es inmediato. Sus fracasos le llevan a un pueblo, lo que dará una imagen más amplia del conflicto que la película presenta, un conflicto entra la tradición y la modernidad (el mago sin éxito y el grupo de rockeros con multitud de fans que comparten escenario con él), el de la ciudad y el pueblo (en la ciudad el cinismo se ha apoderado de todo, no existe la inocencia que sí comprobaremos en el pueblo, donde se le aplaude y donde se encontrará con la otra protagonista de la cinta, Alice, una chica que cree ciegamente en él y su magia), el del propio cine de Tati, de esencia en lo mudo, con el cine moderno donde se impone el sonoro…




En gran parte de su obra este conflicto entre lo rural, la tradición y lo moderno son mostrados (“Día de fiesta”, 1949; “La vacaciones del señor Hulot”, 1953…). Tati siempre retrata lo rural de forma cariñosa, con un afecto sincero, honesto, íntimo.




La sencillez y la honestidad es la columna vertebral de esta cinta, como de todo el cine de Tati, un sentido del humor verdaderamente divertido y un sensibilidad que destila verdad a raudales, no hay más que ver la primera compra de los zapatos, esa discreción en el personaje de Tatischeff al regalarlos como un truco de magia y abandonar la habitación, el asombro de la niña al ver la desaparición de la nieve y los trucos del protagonista, el entusiasmo del pueblo ante su número. Pura sutileza. El valor de la discreción, de la bondad.

La única intención de Tatischeff es hacer feliz a la gente, a los demás, no tiene obligación de regalar unos zapatos a una desconocida y más cuando las cosas no son muy boyantes para él. Su magia hace feliz, es vocacional, además de ayudarle a ganarse la vida. Un sentido homenaje al artista, al artista de vocación.




Es asombroso como Chomet ha captado la sensibilidad de Tati, traspasa la pantalla, la naturalidad de los gestos, pura mímica, ese minimalismo, economía de medios, esas pausas, esos silencios. Arte puro.

Ejemplo de este talento, tanto en Chomet como en Tati, es la escena de la chica que llega a la ciudad y se queda ensimismada con un vestido de un escaparate, que es el que en ese momento lleva Alice. Una escena que es eco de otra que vimos antes donde la propia protagonista al llegar a la ciudad se quedó exactamente igual de ensimismada y miraba con vergüenza y algo de envidia como vestían las chicas que paseaban por las calles. Ahora es ella la observada por esa recién llegada. Talento y detallismo para repartir. Sensibilidad exquisita.




“El ilusionista” es divertida, conmovedora y triste a partes iguales, una historia sobre amar el arte, amar a los artistas (ese payaso que se quiere suicidar salvado por un plato de estofado; esos trapecista, que lo son en la vida, pero que se tienen que dedicar a pintar grandes murales; el ventrílocuo que debe vender su muñeco…), una historia de impotencia y frustración, de perdón, de pérdida. Una historia sobre la muerte del artista.




Se usará la tradicional metáfora del tren para presentar ese tránsito vital que no cesa en varias ocasiones, entre ellas al final. Un final donde todas las luces se apagan, las de los escaparates y lugares relacionados con ese mundo artístico, todas las luces se apagan… menos la de la tienda de televisores. Una vez más la sutileza.




La foto que saca Tatischeff y que vemos antes de los títulos de crédito, la de su hija, da un giro aún más nostálgico y profundo a toda la película, un mago que hacía de padre con Alice, un padre que no ejerció como tal con su hija. Un mago que renuncia a su arte, la triste escena del conejo es profundamente conmovedora, para reencontrarse con esa hija.

Tati quería que esta historia fuera un homenaje a su hija, Sophie, a la que tuvo en exceso abandonada por dedicarse a la dura profesión de cómico. Un homenaje que seguro la ha emocionado. La película es un homenaje tras otro, por ejemplo tenemos otro más al propio Tati en la escena donde entra en el cine y están proyectando “Mi tío” (1958), su primera película en color, otra joya que sirve como recurso metacinematográfico y desarrolla aún más el tema de la relación entre arte y realidad.





El conmovedor y triste final, una ducha de agua fría de realidad agridulce, es un regalo de Tatischeff a Alice, donde le hará entender que la magia la lleva uno dentro, consigo mismo y que nadie le regalará nada. Una huida que hace daño a Alice pero le hará comprender. Un abandono que se propicia cuando sabe que no estará desamparada al verla con un amigo iniciando una relación. Se aleja, por tanto, para no hacerla daño haciéndola creer cosas imposibles. Con todo es posible que la decisión de Tatischeff resulte un poco brusca y precipitada. Este pequeño defecto puede sumarse a que el tono sea en exceso nostálgico, triste, si bien la película lo pide, acaba predominando más esa sensación que la del humor característico de Tati.




Animación adulta y tradicional de altura, como siguen haciendo también en los estudios Ghibli. Todas y cada una de las escenas son destacadas, las mencionadas y las que no menciono, los sucesivos regalos de Tatischeff a Alice y los toques de humor, las partes más nostálgicas y las más tristes.

Tati y Chomet elevan en esta cinta crepuscular lo pequeño, lo sutil, lo en apariencia intrascendente a la categoría de arte. Al fin y al cabo la magia sí existe, nos lo demuestran nuestros seres queridos, los que nos dan esperanza e ilusión. Todo eso es magia.

Jorge García (del blog CINEMELODIC)

1 comentario:

  1. Gran película. De verdad, el que sea de dibujos no desmerece en nada al film.Supongo que el autor hubiera preferido hacerla con personajes reales,pero no hubiéramos podido disfrutar de ésta joya animada. Viva el cine

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