jueves, 25 de febrero de 2016

Crítica de "El primer asalto al tren" (Michael Crichton, 1979): Film review


por Möbius el Crononauta




Os sitúo. Corría el año 1855 e Inglaterra y Francia estaban en guerra con Rusia en Crimea. A las tropas inglesas les pagaban en oro. Una vez al mes se cargaban en arcas 25.000 libras en lingotes de oro en el banco londinense de Huddlestone y Bradford, y guardias armados lo llevaban a la estación ferroviaria. El convoy no seguía nunca la misma ruta ni se regía por un horario fijo. En la estación el oro era cargado en el furgón de equipajes del tren de Folkestone para su transporte a la costa y desde allí a Crimea. Las arcas iban dentro de dos cajas fuertes cuyas paredes de acero templado tenían un centímetro de grosor y estaban especialmente construidas por la casa Chubb. Cada caja fuerte pesaba 250 kilos y poseía dos cerraduras. Por lo tanto eran necesarias cuatro llaves para abrirlas. Para más seguridad, las llaves se guardaban por separado…



Con esta narración comienza El primer gran asalto al tren, tercer largo de Michael Crichton como director. Tras su prometedor debut en la cinta de serie B Almas de metal, el hoy mundialmente famoso escritor adaptó otra de sus novelas en una interesante película de intrigas médicas, Coma (no hay que olvidar que Crichton había estudiado medicina). Su mayor producción estaba por llegar. De nuevo adaptando una de sus novelas, el escritor y director se dispuso a narrar la historia del que supuestamente fue el primer robo de un tren en movimiento.




Con El primer gran asalto al tren Crichton logró la que seguramente sea su mejor y más entretenida película. Almas de metal contaba con la baza de una historia novedosa y el personaje de Yul Brinner, pero la cinta era algo irregular. Coma era un buen thriller, pero no tenía la frescura de un robo narrado como si se tratara de una película de aventuras.




Para empezar, el reparto encaja como un guante. El cerebro de la operación, Edward Pierce, es un inteligente bribón que se hace pasar por hombre de negocios. Interpretado por el corpulento Sean Connery, su mezcla entre hombre rudo y elegante caballero le hacen ideal para el papel. También destaca el siempre carismático Donald Sutherland, paseando sus grandes bigotes y su aire digno por toda la película. Sutherland es Robert Agar, un ladrón especialista en llaves y cajas fuertes. Su personaje aporta algunos de los momentos más cómicos del film. También destaca una actriz amante de Pierce, la dulce Miriam, interpretada también con gusto por la bella Lesley-Anne Down, que en los primeros planos parece ser todo ojos. Un bailarín profesional interpretó al hombre araña Willy el Limpio, escalando muros y paredes sin truco alguno. También Connery realizó sus propias escenas de riesgo.




El primer gran asalto al tren es una película ligera, con un ritmo constante y preciso, que no deja espacio a digresiones absurdas. Por muchas veces que la vea nunca me niego a un nuevo visionado. Resulta ideal para esos días en que a uno no le apetece reflexionar, sino tan sólo relajarse y disfrutar con un buen film. Además, no sé que tienen los robos y las aventuras ambientados en el siglo XIX, pero parecen poseer un halo romántico que las diferencia de otros films sobre atracos y planes maestros.




Un gran acierto de la historia es el separar las llaves de las cajas fuertes, lo que lleva a los protagonistas a devanarse el seso cada vez para conseguir una copia de cada una. A los pequeños momentos de suspense hay que añadir unos toques cómicos que distraen al espectador momentáneamente de la historia del robo, sea para rebajar el ritmo de la película o quitar tensión a algún momento. Aparte de las torpezas y comentarios del personaje de Sutherland hay también espacio para un poco de humor verde, con diálogos repletos de equívocos de carácter sexual simples y directos, como esa escena donde Connery charla con una dama casada con un hombre mucho mayor que él. Obviamente la señora anda algo revolucionada debido a sus carencias, y resulta divertido ver cómo hablan de pernos, edificios y obreros sin demasiadas sutilezas respecto a sus dobles sentidos. No es que estemos hablando de un guion de Wilder o un film de Lubitsch, pero resultan hilarantes igualmente si uno no es demasiado exigente.

En resumen, cualquier fan de Connery o Sutherland o aquellos que gusten del género de robos audaces en la época victoriana seguro que disfrutarán mucho con el film de Crichton.




Möbius el Crononauta


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