jueves, 18 de febrero de 2016

Crítica de la película "El castillo de Dragonwyck" (Joseph L. Mankiewicz, 1946): Film Review


por Möbius el Crononauta



La película fue titulada originalmente Dragonwyck y constituye (si no me equivoco) la cuarta y última participación juntos en un film de Vincent Price y Gene Tierney, y, después de Laura, quizá sea la mejor de todas. Y no es de extrañar, ya que tras las cámaras se encontraba todo un Joseph L. Mankiewicz, quién volvería a dirigir a la divina Tierney un año después en esa también maravillosa película titulada El fantasma y la señora Muir.




En Dragonwyck encontramos reminiscencias del clásico de Su Graciosa Majestad Hitchcock Rebeca. Una joven acude a un antiguo y tenebroso castillo dominado por la presencia de una mujer que vivió y murió en ella 200 años atrás. La joven es Miranda Wells (Tierney), la hija de un granjero temeroso de Dios (¡Walter Huston, amigos!) y su esposa, lejanamente emparentada con una aristocrática familia del Este, los Van Ryn. El actual señor de la casa, Nicholas Van Ryn (Vincent Price), envía una carta a los Wells para que envien a una de sus hijas al castillo y haga las veces de tutora de la hija del matrimonio Van Ryn, Katrine. Poco tardará la curiosa y vivaz Miranda de que algo en el castillo no marcha bien. Un doctor defensor de la clase trabajadora (Glenn Langan) y enemigo de Nicholas Van Ryn tendrá también un importante papel en el asunto.



Ambientada en los Estados Unidos de mediados el siglo XIX, la historia de Dragonwyck nada a caballo entre la novela gótica y fantasmal y las narraciones de suspense de principios del XX. Además, cuenta también con referencias políticas plasmada en la lucha entre los trabajadores y aparceros deseos de poseer sus propias tierras y la anacrónica figura latifundista y feudal de Nicholas Van Ryn.




Aunque nominalmente la protagonista del film es Gene Tierney, la complejidad del personaje de Van Ryn y el despliegue de talento del que hace gala Vincent Price le destacan por encima del resto de figuras en el film, aunque también hay que admitir que las breves apariciones de Walter Huston gozan de una gran fuerza.
Vincent Price, uno de los rostros por excelencia del terror hollywoodiense, podía encajar también como el perfecto galán aristocrático como bien demuestra en este film. Sin embargo, en Dragonwyck el en principio caballero guarda más de un secreto, y pocos habrían logrado mostrar una dualidad semejante en la pantalla de la manera en que lo hizo Price. Algunas de sus frases son tan demoledoras que no sé si habrían sido muy bien acogidas en la sociedad actual, tan políticamente correcta. La dureza de su mirada y unas cuantas frases retorcidas aterrorizan más que las mil y una casquerías que pueblan hoy las pantallas de los multicines.




La aparentemente sobria dirección de Mankiewicz guarda más de un conejo en la chistera. Hay una escena que realmente me ha dejado aturdido: la de la cena en el castillo, cuando Miranda pasa su primera noche en Dragonwyck. Sin que nada particularmente extraño ocurriera (como mucho la desmesurada pasión de la señora Van Ryn por los dulces) me sentía en cierto modo incómodo. Algo no iba bien, aunque no podía del todo señalar la causa. Cuando la hija de los Van Ryn aparece, uno puede apreciar que hay cierto temor en su actitud. Aun así, me he quedado asombrado de cómo una aparentemente cena entre gente de alcurnia le llega a causar a uno cierta desazón.




El castillo de Dragonwyck es un film que encantará a los admiradores del cine clásico y a los seguidores del género de terror psicológico.

Möbius el Crononauta

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