domingo, 7 de febrero de 2016

Unas cuantas poesías sobre el sol - 8 Poemas soleados



Este primer lunes de febrero fue LUNES DE POESÍA por el insti y lo dedicamos al Astro Rey, nuestro Sol: como astro se porta como ningún otro, mandándonos calorcito y luz; como rey cumple impertérrito, mudo, con sus obligaciones y tiene la ventaja de que no se va por ahí ominosamente a poner en práctica la caza de elefantes para hacerse luego la prescriptiva foto o poner los cuernos a su amante, la Luna. Uno podría preguntarse que a qué venía ese tema en pleno invierno, sin acordarse, quizá, de que este en concreto está siendo muy caluroso, plácido y canicular, incluso, a ratos, adjetivos estos impropios de esta época del año en la geografía (manchega a todas luces) en que nos movemos por estos pagos. En fin, que tenemos también el Carnaval encima y había que disfrazar el tiempo con una soleada sonrisa.


8 POEMAS SOBRE EL SOL


El sol tiene frío,
no quiere salir,
metido entre nubes
se ha puesto a dormir.
Los pájaros piden
un rayo solar,
sin esa caricia
no pueden volar.
Por las calles del cielo
que se deje ver,
que todos los niños
queremos correr.

Ida Rebolo



La Poesía del Sol

Cuando te parezca que el sol no brilla más,
que la luna no emana aquel encanto que te emocionaba,
que la mar no tiene más mareas,
que el agua no posee más pureza,
que la rosa se está marchitando…
Cuando te parezca que el mundo se hace añicos
en mil trozos sobre ti,
pues, en ese instante,
en el borde del abismo,
podrás escuchar el canto armonioso de un canario,
podrás oír el dulce murmullo de un arroyo,
allá abajo, donde agua aún limpia corre,
podrás admirar la hermosura de una rosa silvestre
que está brotando en aquella pendiente,
y levantando los ojos al cielo azul,
entrever un rayo de sol que está emergiendo entre dos nubes,
y, antes de que te des cuenta,
¡él ya te está deslumbrando más luminoso que nunca!

Mónica Stravino



EL SOL

Saliendo temprano
caliento los techos,
doy luz a las sombras
y al gallo sus ecos.

Los niños me ponen
en lupas y espejos,
y juegan conmigo
con fuego y reflejos.

De pronto una nube
que viene de lejos
me esconde de todos
y se hace el silencio.

No importa, amiguitos,
es sólo el intento,
de hacerles guiñadas
desde el alto cielo.


Teodoro Frejtman



El sol de Monterrey (fragmento)

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.-
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.

Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía,
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
-¡Ya llevas sol para rato!-
Es tesoro – y no se acaba:
no se acaba – y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
Que ya tanto sol me cansa.-
Yo no conocí en mi infancia
Sombra, sino resolana.

Alfonso Reyes



Meditación bajo la lluvia
(Fragmento)

Sale el sol. El jardín desangra en amarillo.
Late sobre el ambiente una pena que ahoga,
yo siento la nostalgia de mi infancia intranquila,
mi ilusión de ser grande en el amor, las horas
pasadas como ésta contemplando la lluvia
con tristeza nativa. Caperucita roja
iba por el sendero...
Se fueron mis historias, hoy medito, confuso,
ante la fuente turbia que del amor me brota.
¿Todo mi sufrimiento se ha de perder, Dios mío,
como se pierde el dulce sonido de las frondas?

Vuelve a llover.
El viento va trayendo a las sombras.

Federido García Lorca



Balada de un día de Julio

Esquilones de plata
llevan los bueyes.

¿Dónde vas, niña mía,
de sol y nieve?

Voy a las margaritas
del prado verde.

El prado está muy lejos
y miedo tienes.

Al airón y a la sombra
mi amor no teme.

Teme al sol, niña mía,
de sol y nieve.

Se fue de mis cabellos
ya para siempre.

¿Quién eres, blanca niña?
¿De dónde vienes?

Vengo de los amores
y de las fuentes.

Esquilones de plata
llevan los bueyes.

¿Qué llevas en la boca
que se te enciende?

La estrella de mi amante
que vive y muere.

¿Qué llevas en el pecho,
tan fino y leve?

La espada de mi amante
que vive y muere.

¿Qué llevas en los ojos,
negro y solemne?

Mi pensamiento triste
que siempre hiere.

¿Por qué llevas un manto
negro de muerte?

¡Ay, yo soy la viudita,
triste y sin bienes,
del conde del Laurel
de los Laureles!

¿A quién buscas aquí,
si a nadie quieres?

Busco el cuerpo del conde
de los Laureles.

¿Tú buscas el amor,
viudita aleve?
Tú buscas un amor
que ojalá encuentres.

Estrellitas del cielo
son mis quereres,
¿dónde hallaré a mi amante
que vive y muere?

Está muerto en el agua,
niña de nieve,
cubierto de nostalgias
y de claveles.

¡Ay!, caballero errante
de los cipreses,
una noche de luna
mi alma te ofrece.

¡Ah Isis soñadora.
Niña sin mieles,
la que en boca de niños
su cuento vierte.
Mi corazón te ofrezco.
Corazón tenue,
herido por los ojos
de las mujeres.

Caballero galante,
con Dios te quedes.
Voy a buscar al conde
de los Laureles.

Adiós, mi doncellita,
rosa durmiente,
tú vas para el amor
y yo a la muerte.

Esquilones de plata
llevan los bueyes.

Mi corazón desangra
como una fuente.

Federico García Lorca



El sol es de oro

El sol es de oro,
la luna de plata
y las estrellas de hoja de lata.

Vino un platero que quiso comprarlas:
-¿Cuánto das por ellas ?
-Mil onzas labradas
-Para tantas joyas es poco dinero;
vete con tus onzas, mísero platero.

El sol es de oro,
la luna de plata
y las estrellas de hoja de lata.

Vino un jardinero que quiso comprarlas:
-¿Cuánto das por ellas?
-Mil rosas de Francia.
-Para tantas joyas tus rosas son pocas;
vete, jardinero, vete con tus rosas.

El sol es de oro,
la luna de plata
y las estrellitas de hoja de lata

Vino una doncella de tercio pelo,
los ojos azules como otros dos cielos:
-Doncella preciosa, ¿cuanto das por ellas?
-Con solo mirarlas me quedo con ellas.
Mientras lo decía, miró al firmamento:
Sol luna y estrellas
tomaron sus ojos como otros dos cielos

El sol es de oro,
la luna de plata
y las estrellitas de hoja de lata.

Anónimo



EL SOL

A plena luz de sol sucede el día,
el día sol, el silencioso sello
extendido en los campos del camino.

Yo soy un hombre luz, con tanta rosa,
con tanta claridad destinada
que llegaré a morirme de fulgor.

Y no divido el mundo en dos mitades,
en dos esferas negras o amarillas
sino que lo mantengo a plena luz
como una sola uva de topacio.

Hace tiempo, allá lejos,
puse los pies en un país tan claro
que hasta la noche era fosforescente:
sigo oyendo el rumor de aquella luz,
ámbar redondo es todo el cielo:
el azúcar azul sube del mar.

Otra vez, ya se sabe, y para siempre
sumo y agrego luz al patriotismo:
mis deberes son duramente diurnos:
debo entregar y abrir nuevas ventanas,
establecer la claridad invicta
y aunque no me comprendan, continuar
mi propaganda de cristalería.

No sé por qué le toca a un enlutado
de origen, a un producto del invierno,
a un provinciano con olor a lluvia
esta reverberante profesión.

A veces pienso imitar la humildad
y pedir que perdonen mi alegría
pero no tengo tiempo: es necesario
llegar temprano y correr a otra parte
sin más motivo que la luz de hoy,
mi propia luz o la luz de la noche:
y cuando ya extendí la claridad
en ese punto o en otro cualquiera
me dicen que está oscuro en el Perú,
que no salió la luz en Patagonia.

Y sin poder dormir debo partir:
para qué aprendería a transparente!

Hoy, este abierto mediodía vuela
con todas las abejas de la luz:
es una sola copa la distancia,
al territorio claro de mi vida.

Y brilla el sol hacia Valparaíso.

Pablo Neruda



Himno (al sol)


Para y óyeme ¡oh sol! yo te saludo
y extático ante ti me atrevo a hablarte:
ardiente como tú mi fantasía,
arrebatada en ansia de admirarte
intrépidas a ti sus alas guía.
¡Ojalá que mi acento poderoso,
sublime resonando,
del trueno pavoroso
la temerosa voz sobrepujando,
¡oh sol! a ti llegara
y en medio de tu curso te parara!
¡Ah! Si la llama que mi mente alumbra
diera también su ardor a mis sentidos;
al rayo vencedor que los deslumbra,
los anhelantes ojos alzaría,
y en tu semblante fúlgido atrevidos,
mirando sin cesar, los fijaría.
¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!
¡Con qué sencillo anhelo,
siendo niño inocente,
seguirte ansiaba en el tendido cielo,
y extático te vía
y en contemplar tu luz me embebecía!
De los dorados límites de Oriente
que ciñe el rico en perlas Oceano,
al término sombroso de Occidente,
las orlas de tu ardiente vestidura
tiendes en pompa, augusto soberano,
y el mundo bañas en tu lumbre pura,
vívido lanzas de tu frente el día,
y, alma y vida del mundo,
tu disco en paz majestuoso envía
plácido ardor fecundo,
y te elevas triunfante,
corona de los orbes centellante.
Tranquilo subes del cénit dorado
al regio trono en la mitad del cielo,
de vivas llamas y esplendor ornado,
y reprimes tu vuelo:
y desde allí tu fúlgida carrera
rápido precipitas,
y tu rica encendida cabellera
en el seno del mar trémula agitas,
y tu esplendor se oculta,
y el ya pasado día
con otros mil la eternidad sepulta.
¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto
en su abismo insondable desplomarse!
¡Cuánta pompa, grandeza y poderío
de imperios populosos disiparse!
¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío
secas y leves hojas desprendidas,
que en círculos se mecen,
y al furor de Aquilón desaparecen.
Libre tú de la cólera divina,
viste anegarse el universo entero,
cuando las hojas por Jehová lanzadas,
impelidas del brazo justiciero
y a mares por los vientos despeñadas,
bramó la tempestad; retumbó en torno
el ronco trueno y con temblor crujieron
los ejes de diamante de la tierra;
montes y campos fueron
alborotado mar, tumba del hombre.
Se estremeció el profundo;
y entonces tú, como señor del mundo,
sobre la tempestad tu trono alzabas,
vestido de tinieblas,
y tu faz engreías,
y a otros mundos en paz resplandecías,
y otra vez nuevos siglos
viste llegar, huir, desvanecerse
en remolino eterno, cual las olas
llegan, se agolpan y huyen de Oceano,
y tornan otra vez a sucederse;
mientras inmutable tú, solo y radiante
¡oh sol! siempre te elevas,
y edades mil y mil huellas triunfante.
¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,
sin que nunca jamás tu inmensa hoguera
pierda su resplandor, siempre incansable,
audaz siguiendo tu inmortal carrera,
hundirse las edades contemplando
y solo, eterno, perenal, sublime,
monarca poderoso, dominando?
No; que también la muerte,
si de lejos te sigue,
no menos anhelante te persigue.
¿Quién sabe si tal vez pobre destello
eres tú de otro sol que otro universo
mayor que el nuestro un día
con doble resplandor esclarecía!!!
Goza tu juventud y tu hermosura,
¡oh sol!, que cuando el pavoroso día
llegue que el orbe estalle y se desprenda
de la potente mano
del Padre soberano,
y allá a la eternidad también descienda,
deshecho en mil pedazos, destrozado
y en piélagos de fuego
envuelto para siempre y sepultado;
de cien tormentas al horrible estruendo,
en tinieblas sin fin tu llama pura
entonces morirá. noche sombría
cubrirá eterna la celeste cumbre:
ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!

José de Espronceda

ÁCS

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