domingo, 28 de febrero de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (121): El hallazgo


El hallazgo

EL arqueólogo observó indicios. Tras los fastidiosos trámites burocráticos, que se alargaron durante meses, el arqueólogo ahora, con un equipo de jóvenes e ilusionados becarios, emprende su prospección y el posterior trabajo de desescombro. Piquetas, punzones, rasquetas y escobillas se ponen en movimiento, todo es un ir y venir de cubos, espuertecillas terreras, un apuntar en el blog de notas, dibujar, secarse el sudor (porque aprieta el sol de lo lindo), beber agua... Pero de momento NADA. Aun así, el arqueólogo no desiste en su empeño y su equipo de jóvenes (chicas la mayoría) continúan con movimientos orquestados su faena, con un candor de esperanza refulgiendo rutilante en los ojos. El arqueólogo ni repara en ese escote que descubre unos frutos, un pantalón que deja al aire el arranque de una apetitosa hendidura, la tersura de unos muslos cada vez más retostados... El tiempo pasa, polvoriento, canicular, pasa fatigoso y arruinado, el sol robando la vida, pasa un tiempo lento que se adueña del paisaje imponiendo una legislación silente que rige el sueño de los vivos.

Llega el día, como en los cuentos. Casi a cinco metros de profundidad comienzan a percibirse los primeros indicios, y germinan las sonrisas, y brotan las palabras y se arrincona la acidia. El arqueólogo incita a actuar con prudencia y cuidado, y arenga con su silencio, porque una cultura antigua basada en la piedra va apareciendo ante sus ojos poco a poco, y con el paso de los días, de apartar tierra y limpiar, de picar y retirar relleno a base de pala, se van descubriendo -risas y lágrimas de emoción de por medio- sillares, muchos sillares, cientos, miles de sillares apilados en lo que parece una larguísima, kilométrica, muralla de -se calcula- hace casi un millón de años. Los cálculos son solo aproximados, muy cautelosos.

Otras piezas de interés se van recogiendo con el esmero que merecen (todas han ido emergiendo, salpicadas a ambos lados de la muralla y en el mismo estrato), porque estas piezas están hechas con materiales que no son de este mundo, con inscripciones ignotas. El hallazgo es brutal, salvaje, inquietante. Ellos no saben lo que son la infinidad de latas de bebidas, bolsas, botellas, tapones, pinzas, muñequitos Kinder, pulseras, incluso una máquina de fotos, carretes... que solo prueban (pese a las discrepancias al uso) que una raza extraterrestre visitó la Tierra hace muchos miles de años con tecnología sideral avanzada y materiales celestes extraños. ¡Piedras y plásticos!, peuvecés, cauchos, pinturas, materiales sintéticos... (¿cómo explicar este amasijo de cosas inconexas en un mismo estrato?). Todo se analiza y va clasificándose, y con el tiempo exhibiéndose en el interior de urnas acristaladas, sobre pedestales y soportes, en hornacinas, para dar cuenta de esa antiquísima, antediluviana, civilización recién descubierta. Pronto vendrían otros hallazgos en diversos puntos del planeta: una gran estatua que porta una antorcha, un buda de 128 metros de altura, una inmensa torre hecha totalmente de hierro (un sinsentido de momento), un enorme transatlántico hundido en el mar... ¿Quién duda ahora de esa teoría que va asentándose y dirimiéndose como definitiva? El lunes habrá una rueda de prensa. Los arqueólogos se relamen; también los que comienzan a profesar una primera religión entre los hombres.

ÁCS

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