jueves, 11 de febrero de 2016

Crítica de "Que el cielo la juzgue" (John M. Stahl, 1945): Film review


por Möbius el Crononauta


¡Pobre Vincent Price! Tener que aparecer fugazmente en una escena sólo para que el ángel del celuloide Gene Tierney le de calabazas en favor de un galán bastante soso. El bueno de Vincent tendrá posteriormente su momento estelar durante la escena de un juicio, encarnando a la malvada acusación contra la pobre Ruth, la dulce hermanita de Tierney. Aunque, por una vez, creo que Price tuvo suerte al no quedarse con la chica.

Y es que Ellen Berent es probablemente el personaje más oscuro que haya podido encarnar la maravillosa Gene Tierney en la pantalla. Fría, retorcida, y deliciosamente psicótica e infantil, su personaje quizás os recuerde al de otras féminas obsesionadas que han hecho sus travesuras más recientemente en los cines de medio mundo.




Amores apasionados y coqueteos, un niño enfermo, un amante despechado, un juicio, muertes misteriosas... podríamos estar hablando de cualquier telefilm barato de esos que suelen pasar por televisión en las aburridas sobremesas del fin de semana. Si bien la historia tal vez no sea mucho mejor que las de esas baraturas con actrices de Baywatch venidas a menos, Que el cielo la juzgue cuenta con la baza de dos intérpretes de la talla de Vincent Price y Gene Tierney, y de una bonita fotografía en Technicolor.




Ya he hablado de la bella Gene en más de una ocasión, y poder admirarla en color es todo un placer. Pero además de su belleza de ninfa era también una buena actriz, quizás no de la talla de otras contemporáneas suyas, pero sí mucho mejor que la mayor parte de caras bonitas que hoy pueblan la pantalla. Lo cierto es que resulta extraño y casi aterrador el contraste entre la dulzura de su rostro y sus maquinaciones diabólicas a lo Baby Jane Hudson. Especialmente estremecedora la escena donde Tierney engaña al pequeño Danny, el hermano tullido de su marido Richard, y le hace nadar más y más en las frías aguas del lago hasta que el relamido Danny se ahoga ante la impávida mirada de Ellen. Escalofriante.




El director John M. Stahl ya había rodado otros notables melodramas como la primera Imitación a la vida o Las llaves del reino, y aunque no llega a sorprender con su técnica es sin embargo lo bastante eficiente como para no arruinar la película y lograr unos cuantos buenos planos, aunque su mejor momento lo tiene en la citada escena del lago. Del galán Cornel Wilde poco hay que decir, la verdad es que en la mayor parte de la cinta se muestra tan inexpresivo como las muletas de Danny, pero un tipo que dirigió y protagonizó un clásico del cine de culto como es La presa desnuda tendrá siempre mi constante gratitud.

Möbius el Crononauta

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