viernes, 23 de septiembre de 2016

Crítica de "El señor de la guerra" (Franklin Schaffner, 1965)


por Möbius el Crononauta




Cuando uno está acostumbrado a las películas históricas, especialmente aquellas basadas en el Medievo, con grandes repartos y muchos extras, sorprende contemplar, y más hoy en día, un trabajo como El señor de la guerra, una producción casi minimalista que transcurre en la Alta Edad Media.


Y es que un gran olvidado como Franklin J. Schaffner comenzó por aquella época a labrarse una posición como director artesano y milimétrico capaz de dotar a sus films de un pulso vibrante y de acercarse a las historias que cuenta de un modo muy personal. El señor de la guerra era su tercer film, y pronto rodaría títulos como El planeta de los simios y Patton que inscribirían su nombre entre los más grandes. Lamentablemente con el comienzo de los 80 su carrera descendería en picado, pero con tan sólo un puñado de películas Schaffner puede ser considerado sin duda como uno de los mejores directores de la década de los 70.




Protagonizada por el peculiar aunque maravilloso actor Charlton Heston (quién hace unos días cumplió años) El señor de la guerra es un magnífico retrato de la sociedad medieval de la época, una etapa de transición donde el vacío dejado por el Imperio Romano occidental había dado paso a una etapa de confusión. El film muestra el conflicto entre lo antiguo y los principios del Estado moderno. El paganismo retrocede mientras el cristianismo trae un nuevo orden, imponiéndose por la fuerza si es necesario, a los pueblos bárbaros supervivientes de las invasiones de siglos atrás.




Así, Crisagón, el personaje de Heston, es un noble no demasiado importante, una suerte de hidalgo, que ha dedicado su vida a la guerra. Bajo el servicio de un duque, sus servicios se ven recompensados con unas lejanas tierras y una misión, reestablecer la ley de su señor en un territorio que se resiste al avance de la civilización cristiana. El punto de partida de la historia es lo que hace a la película muy interesante, ya que aquí no nos encontramos con reyes o ni siquiera duques o guerreros de la alta nobleza, sino que la historia se centra en un guerrero que busca mejorar su posición social sirviendo fielmente a su superior, mientras con exiguos recursos tiene que intentar apaciguar un territorio hostil.
Crisagón apenas si cuenta con un puñado de hombres a su mando aparte de la ayuda que recibe de su hermano, un ser cruel y vanidoso que maldice ser el pequeño. Según transcurre la historia vemos como el atareado guerrero debe impartir justicia, recaudar impuestos, mantener el orden, y, en fin, regentar en nombre del duque aquellas tierras donde los súbditos siguen muy apegados a sus tradiciones bárbaras.




Y será cuando Crisagón conozca a una joven del poblado local cuando surja una historia de amor que no hará sino complicar las cosas, descuidando al guerrero de sus obligaciones mientras éste se debate entre ejercer sus derechos sobre la joven o tratarla con respeto. Es entonces cuando las diferencias entre un juicioso Crisagón y su impetuoso hermano amenazan con hacer estallar la situación.

El señor de la guerra es una muestra de cuánto se puede hacer a pesar de un presupuesto limitado, y constituye un curioso y cuidado acercamiento a una etapa histórica donde comenzaron a cimentarse muchas de las bases de la cultura occidental.

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