domingo, 25 de septiembre de 2016

Crítica de "Blood Father" (Jean-François Richet, 2016): film review



por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC




En poco tiempo se va a estrena en Estados Unidos la nueva película de Mel Gibson como director (aquí tardará unos meses más en llegar), y promete no dejar a nadie indiferente, anunciada como una de las cintas bélicas más salvajes, explícitas y violentas de la historia del cine.


No ha realizado ninguna película mala Gibson cuando se ha puesto detrás de las cámaras, por lo que la cosa promete mucho con ese título que busca ser una apología antibelicista mostrando el horror en toda su crudeza, siguiendo la historia real de Desmond Doss, el que fue primer objetor de conciencia.
¿Y por qué comienzo hablando de otra película de Gibson que no tiene nada que ver con la que aquí nos ocupa a ustedes y a mí? Pues porque esta parece haber sido usada como redención e introducción para aquella, que es con la que pretende volver a la primera línea.




No ha pasado desapercibida “Blood father”, que de alguna manera ha devuelto algo de notoriedad al bueno de Mel, y bien lo merece, porque la película tiene dos aspectos que la hacen muy interesante en este momento concreto.

La primera es ese hecho, que sirve de preámbulo al gran regreso de Gibson, que será detrás de las cámaras, que lo vuelve a situar en el foco de la actualidad. La segunda, mucho más interesante en el conjunto de la película, es que “Blood father” parece una petición de perdón, una redención pública, una expiación de los pecados de su vida real a través del cine.




Y es que al camino de redención y expiación de los protagonistas y personajes principales habituales de las películas de Gibson, se añaden aspectos que entroncan muy de lleno con los propios pecados del actor y director. Por eso le veremos en una sesión de Alcohólicos Anónimos en la primera secuencia.

Gibson es toda la película. Su carisma y saber hacer, su ironía y ese punto histérico, esquizoide, nervioso, perturbado, imprevisible, lindante con la locura que siempre ha exhibido en sus interpretaciones, aunque con un buen poso dramático. Gibson interpreta a un hombre que no se tiene cariño alguno, nada complaciente consigo mismo, que se considera escoria y tiene en la misión de buscar y proteger a su hija la posibilidad de dar sentido a su vida. De alguna manera se ha anulado por los pecados de su pasado, por ello está dispuesto a cualquier sacrificio por su hija para compensarlo. Por supuesto, la idea de suicidio, muy presente en el cine de Gibson, también aparecerá. Además Mel está fuerte…




Un camino que consistirá en la búsqueda primero y protección después de su hija, que se ha metido en un lío de consecuencias desconocidas incluso para ella. Un viaje y un camino que llevará al pasado, al pasado de Link (Mel Gibson), para dejarlo definitivamente atrás.

Ella es Lydia, interpretada por Erin Moriarty, como el villano de Sherlock Holmes. Una chica muy sociable, demasiado a veces, divertida, de estupendo talante y carácter, superficial en apariencia, aunque mencionará a Don Quijote y Picasso, que se descubre como una vulnerable seductora que acabará también redimida gracias a su padre.




Esos son los aspectos más interesantes en un thriller que por lo demás es tan entretenido como funcional, no ofrece grande sorpresas, vertebrado en la relación de ese padre interpretado por Gibson y su hija. Una relación bastante afortunada en su desarrollo ya que no se inicia desde el conflicto, aunque los pueda haber, sino desde el cariño, el amor, la comprensión y, sobre todo, el desconocimiento para cumplir juntos su misión.

Un amor y un cariño supuesto, que no llega a ser precognitivo, pero casi, del puro presente, que deja algunos diálogos sinceros y acertados.




También es interesante y simpática la relación de Gibson con ese otro alcohólico que interpreta William H. Macy, un habitual del cine independiente.

Tenemos algunas pinceladas irónicas y de humor, aparte de por el trabajo de Mel Gibson en determinadas escenas, con algún detalle como esa primera secuencia donde se pide identificación para comprar tabaco pero no para comprar balas. Es la antesala para el impactante inicio, una escena de acción tensa, breve y eficaz.




Las escenas de acción van trufando la narración, arranques esporádicos y episódicos bien resueltos, sin excesos ni alardes espectaculares, con una sobriedad bien manejada. Tenemos una sencilla persecución en moto que hizo rememorar brevemente los tiempos de “Mad Max” (George Miller, 1979).

No se complica la vida Jean-François Richet, o no lo hace en apariencia, ya que rueda con precisión y siempre sabemos dónde estamos, incluyendo las mencionadas escenas de acción. Usará cámaras inestables para retratar la perturbación de la chica, ya sea por la avalancha de sucesos que le sobrevienen o por las sustancias que consume con regularidad.




Del mismo modo usará cristales empañados o elementos similares ante Lydia, con la misma intención expresiva.

El clímax, muy decente, nos remite al western fronterizo, con tiroteo entre rocas incluido.

Un entretenido thriller, solvente, sin complicaciones, que hace pasar el rato sin mucho riesgo ni nada especialmente reseñable. Se ve bien.


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