domingo, 9 de octubre de 2016

Crítica de Deadgirl (Marcel Sarmiento, Gadi Harel, 2008)


by King Piltrafilla (@KingPiltrafilla)


Dead Girl –no confundir con la triste The Dead Girl, de la que ya os hablé hace tiempo-, es una cinta que en los certámenes por los que pasó, festivales como Toronto o Sitges, despertó pasiones extremas y dividió a la crítica entre los que no la soportaron y los que la ensalzaron. El film en sí –aunque bien rodado y con una fotografía que ayuda a sentir la película- es bastante desagradable y repulsivo, no por las escenas escabrosas –que las hay, pero no ocupan demasiado metraje no temáis- sino por el tema que trata. Así pues, Dead Girl parece perseguir que el espectador recapacite sobre lo que sería capaz de hacer en ciertas circunstancias al hacernos ver –eso es lo que en realidad repugna de la historia- que el ser humano necesita a veces muy pocas razones para cruzar la línea que separa la moralidad de la abyección más irracional.








Centrando el planteamiento en el mundo de la adolescencia, el despertar del sexo y la primacía de las hormonas sobre las neuronas, Dead Girl nos cuenta cómo Rickie y J.T. -un par de chicos entre normalitos y carne de suspenso de un instituto norteamericano- entran un día en un hospital en ruinas y se encuentran en los sótanos con el cuerpo comatoso de una joven maniatada. Al principio creen que la chica está muerta, pero no tardan en descubrir que sigue con vida. Está encadenada a una mesa y tapada por un plástico y al par de descerebrados no se les ocurre otra cosa que mantenerla allí como juguete sexual. Así, mientras Rickie –obsesionado por una compañera del instituto- comienza a tener extrañas pesadillas y se agobia por la culpabilidad, su amigo J.T. no sólo no siente remordimientos sino que lleva al sótano a un amigo para que fornique con la desdichada. En poco tiempo se corre la voz y todos los frikis del instituto parecen dispuestos a pagar por una rato de sexo con la chica, sin importarles en absoluto ni quién es, ni por qué está cautiva ni si tiene algún tipo de enfermedad contagiosa, lo que –estando en un hospital y a la vista de diversas purulencias de su cuerpo- parecería bastante verosímil. De hecho, en algún momento he creído que toda esa puesta en escena era una alegoría de los peligros del sexo sin protección. Pero en mi opinión, la cinta comienza a liarse a partir de un momento en el que ni da respuestas ni sabe como organizar las premisas del planteamiento. Por ello tiene un final –repito, en mi humilde y desautorizada opinión- bastante estúpido que nos deja ignorantes ante la razón de todo ese argumento vacío que parece hecho para provocar más que para explicarnos algo. Además deja muchos cabos sueltos. ¿Es normal lo de la mujer de la gasolinera?, ¿por qué estaba esa chica en el sótano y desde cuando? ¿por qué le pasa a Johnny lo que le pasa?... En resumen, mucho ruido y pocas nueces.

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