domingo, 31 de julio de 2016

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (142): Luisa en la noche



Luisa en la noche


YO acababa de llegar del campo, y estaba atando la mula al palo del establo cuando se presentaron los dos, con los fusiles al brazo. Me preguntaron si yo era Esteban Gómez Iniesta y, después que contesté afirmativamente, uno de ellos, el más alto, me dijo que les acompañase, mientras el otro rastreaba la cuadra y revolvía la paja del trigo con el cañón del arma como si buscase a un fugado. Luisa en ese momento estaría sacando la cena del fuego, pues cuando abrí la puerta de la casa ponía el caldero sobre la mesa, y al verme seguido de los dos soldados se sobresaltó, y el caldero cayó al suelo dando un gran estampido y vertiendo las patatas guisadas por el suelo. Pero ella no pareció inmutarse por el ruido, permaneció inerte, con una impavidez latente de miedo en los ojos, como si ese temor secreto e íntimo que guardaba calladamente la traicionase en ese momento, como si los presagios que ambos conocíamos desde el día en que vimos los primeros aviones volar sobre los cerros que rodean la casilla, se amontonasen atropelladamente en ese instante en nuestras cabezas y en aquel hilo invisible que unía nuestras miradas rectas por la quietud que producía el pavor de la despedida.


Apenas si nos atrevimos a abrir la boca y hablarnos, quizá porque nada teníamos que decirnos, pues hacía ya varias noches que no nos dormíamos sin hablar de ello, de que tendría que marchar a la guerra como había hecho su hermano Pablo abandonándonos, y yo trataba de calmarla acariciándola bajo las sábanas, susurrándole al oído frases de amor rescatadas de nuestra juventud compartida en la época de noviazgo, todo ello para intentar mitigar su angustia, la cual yo notaba por el tono tembloroso de su voz y por las palpitaciones aceleradas de su corazón que podía sentir en sus labios cuando la besaba, provocadas tal vez por el temor de que ese beso, enmarcado por la noche y por nuestras voces, que parecían venidas de la lejanía, fuera a ser el último, como lo fue aquel con el que rocé apenas su mejilla antes de marchar, mientras ella lograba contener el llanto largo que presagiaba la primera lágrima que cayó sobre mi mano como derrumbada de un sueño.

Ya ha pasado mucho tiempo desde aquello, pero la escena la recuerdo como si hubiese acontecido la noche pasada, como si ahora mismo acabase de cerrar el portón de la casa y mirase el horizonte ondulado de los cerros, los árboles que se adivinaban inciertamente en la penumbra creada por la luz breve y metálica que llegaba de la luna, como si oyese también las pisadas de los soldados y las mías propias sobre las hojas secas y la tierra dura del camino, el cual me llevaba una vez más, desde hacía muchos años, al pueblo, a la estación de tren, a la ciudad, al fin, que me esperaba como una amenaza al amanecer, y sentí cómo una primera luz venida de la ventanilla junto al asiento me golpeaba en los ojos cuando hacía apenas una hora que acababa de reconciliar el sueño que me había impedido toda la noche la imagen recreada de Luisa sola en la casa.

La guerra acabó hace mucho tiempo, pero todavía hay noches en que me despierto sobresaltado, y con la ansiedad propia de un loco, busco a Luisa a mi lado, arrastro mi brazo lentamente hacia ese lado vacío y frío que dejó su cuerpo huido, cuya blancura recuerdo ahora con la claridad sospechosa que me otorga mi memoria rota de anciano, y al final termino con los ojos atónitos perdidos en un punto en la oscuridad, intentando buscar, rescatar del pasado, algún recuerdo de Luisa salvado del olvido, pero llego a desesperarme con ellos, porque la observo en mi mente, y en los sueños, como sumergida en una niebla, como se miran las fotos pretéritas de uno mismo y apenas si reconocemos en ellas nuestro propio rostro indeleble en la cartulina.


Volví solo, con la desesperanza que me producía el hecho de no haber podido regresar en dos años para ver a Luisa, y de no haber recibido contestación mis cartas, escritas con la caligrafía temblorosa de la guerra. Sí, volví solo, con un petate casi vacío a la espalda, y con la misma ropa que me llevé en la partida. Regresé también de noche, por el mismo camino que quizá desde aquel día nadie había vuelto a pisar. Con la incertidumbre de un sonámbulo o un borracho mi sombra y yo nos dirigimos a la casa, la cual empezó a dibujarse, difuminada, tras el último cerro, entre los pocos árboles pelados por el otoño que la circundaban. Allí traté de imaginar a Luisa, quizá preparando la cena como aquella noche antigua, o desvistiéndose para acostarse a la luz del candil, o acaso sentada junto al fuego cosiendo algún zurcido. O quizá encontraría la casa vacía porque Luisa la hubiese dejado para irse a vivir con otro acosada probablemente por el hambre; tal vez estaría la casa habitada por ese otro hombre compañero de Luisa cuya imagen no lograba crear, sentado a la mesa junto a ella, en la misma habitación donde me despidió; o yaciendo junto a ella en la misma cama que ambos compartimos durante tantos años. Embargado por la duda y el cansancio de tanto andar crucé el portón abierto. Luisa estaba allí, sola, en el suelo junto a la mesa, con la misma ropa con la que la había imaginado y soñado tantas veces cuando la muerte estaba cerca, en cualquier trinchera o descampado, y sus ojos ciegos estaban hundidos en su cara comida por los insectos y las ratas.



©Ángel Carrasco Sotos

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