domingo, 17 de julio de 2016

Crítica de Mi amigo el gigante (Steven Spielberg, 2016): "The BFG" review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC

Es tal la sabiduría y la seguridad de Steven Spielberg, que no tiene reparo alguno en apostarlo todo a la fascinación que debe provocar su historia, limitando los cortes, apostando por el plano secuencia, alargado, mimado y detallado hasta el último detalle, entregado a la mirada embelesada, como en buena parte de su filmografía, de un niño. Que es él mismo.


Aquí esa mirada infantil queda retratada en numerosas ocasiones, no en balde la protagonista es una niña, pero citaré un ejemplo paradigmático: Uno de los personajes teniendo una pesadilla ante la atenta y fascinada mirada de la cría, que es a la que vemos sin contraplano.

Steven Spielberg es, por influencia, repercusión, dimensión y calidad, uno de los mejores directores modernos, si no el mejor. El digno y verdadero heredero de John Ford y el contenedor de todas las esencias del cine clásico más brillante.




En los últimos tiempos el director se ha zambullido en una fase de depuración clasicista excelsa, aunque quizá incomprendida por muchos. Es de esperar que tras “Lincoln” (2012), “El puente de los espías” (2015) y la que nos ocupa, esta cruzada spielbergiana vaya calando en el espectador. Una fase falsamente anacrónica que apuesta por la pausa y la tranquilidad, pero entroncada con su cine de toda la vida, que se desvela a su vez como una rebelde y transgresora reivindicación del arte de contar historias desde la máxima pureza. Tesis principal de la película que aquí os traigo.

Y es que lo clásico nunca es desfasado ni antiguo, admite cualquier novedad, como demuestra Spielberg beneficiándose de los mejores avances tecnológicos y efectos especiales, que él mismo revolucionó en los 80, siendo punta de lanza, pero siempre, y sin matiz alguno, al servicio de la historia y la narración.




¿Cómo no reconocer a John Ford en tantos momentos de “La lista de Schindler” (1993), “Salvar al soldado Ryan” (1998), “El color púrpura” (1985), “Lincoln” (2012) y tantas otras? ¿Y a William Wyler en su precisión y depuración técnica en cintas tan juguetonas como “Atrápame si puedes” (2002) o la increíble espectacularidad de sus aventuras tributarias de la magistral “Ben-Hur” (1959)? ¿Alguien ha dudado de la influencia de Frank Capra en ese especial y personal sentimentalismo y positividad spielbergianos o en realizaciones como “La terminal” (2004)? ¿A quién si no a Howard Hawks está dando la mano cuando se enfrasca en trepidantes aventuras con Indiana Jones? ¿No es fácil reconocer en muchas angulaciones y juegos con la profundidad de foco, el barroquismo de Orson Welles? ¿Cómo no ver a Hitchcock en sus maravillosos momentos de suspense, por ejemplo en "Minority Report" (2002) y su idea de falso culpable, así como en el uso del encuadre y el punto de vista? ¿No es tributaria de “Lo que el viento se llevó” (1939), sobre todo estéticamente, así como de ciertas concepciones del cine de Anthony Mann, una obra tan alegórica como “Caballo de batalla” (2011)? De la película “Dos en el cielo” (1949) de Victor Fleming, director de “Lo que el viento se llevó”, hizo Spielberg un remake con “Always” (1989)… ¿Cómo no entender que Tom Hanks se ha convertido en el James Stewart de Capra o Hichcock para el gran Steven Spielberg, su actor fetiche para héroes cotidianos?




Spielberg es capaz de hacer sublime la épica y lo íntimo, hacer épica una historia pequeña o cerrada y hacer íntimas las más grandes epopeyas. Y en “Mi amigo el gigante” lo vuelve a demostrar.

Esta adaptación del libro infantil de Roald Dahl, con guión de la imprescindible y entrañable Melissa Mathison (3 de junio de 1950- 4 de noviembre de 2015), colaboradora del director y nombre eterno para los cinéfilos por facturar el texto de “E. T. Extraterrestre” (1982), del que esta película supone un póstumo homenaje, es una encantadora y profunda reflexión sobre el arte de contar historias, en sus más variadas formas. Porque “Mi amigo el gigante” no va ni de gigantes ni de aventuras, sino del arte de contar historias.




Y cuando digo “contar historias”, me refiero a contarlas de verdad. Mimarlas, cocerlas a fuego lento, desarrollarlas, no escupirlas como se hace ahora, crear la fascinación en los ojos del espectador, hacerla aparecer paulatinamente, como ante los ojos de un maravillado niño, como he comentado al inicio.

Así se inicia la película, con una voz over, la de la protagonista, que nos introduce en la historia, como si nos contara un cuento. Una protagonista que es una ávida lectora, algo que también gustará a su amigo gigante.




Los sueños que recolecta el gigante -un magnífico Mark Rylance que vuelve a trabajar con el director tras “El puente de los espías”-, son mostrados en ocasiones como si se hiciera a través de un reproductor, imágenes en movimiento, como el cine. El relato oral es una constante, donde el gigante contrará distintas historias a Sophie (Ruby Barnhill), incluso ella le pedirá más.

Un punto culminante llega con ese sueño escenificado en siluetas en la casa de una familia a la que el gigante le inspira sueños placenteros.




Un amor por las historias y los relatos que los convierte en vinculadores, influyentes, importantes, que en la infancia son capaces de formar caracteres y forjar valores y principios.

Y a eso dedica su puesta en escena Spielberg, a recrear la fascinación y la seducción que producen las historias, el conocimiento, lo nuevo, la maravilla en los niños, en él mismo. Planos largos, planos secuencia como columna vertebral estilística donde lo que se mueve es el interior del encuadre, mostrando con paciencia los entornos, cada resquicio de ese mundo mágico y desconocido, buscando con curiosidad cada detalle, cada gesto, que es importante. Todo ello salpicado con buenas dosis de humor que explotan en el clímax en el palacio real.




Una narración dedicada en exclusiva a mostrar el crecimiento de una amistad, la de dos seres solitarios que se entienden y comprenden, que no encajan en sus respectivos mundos, sensibles y lectores, artísticos, ante nuestros ojos. Una relación que necesitan ambos, un salto de fe como el que da la niña desde el balcón, que encuentra en ese gigante más que un amigo, esa figura paterna ausente tan anhelada en el cine de Spielberg. Y a la escenificación de un universo único, propio, que contenga dicha relación, la impulse y justifique.

Sin más, sin artificios, sin subterfugios comerciales, limitando al mínimo el suspense con esos gigantes malos, a los que dedica alguna escena de acción esporádica, rodada con la misma maestría de siempre. Y es que hay mucho de Spielberg pero también mucho de Dahl, evidentemente. Es fácil reconocer obras como “La maravillosa medicina de Jorge”; “Matilda”, de la que Danny DeVito hizo una adaptación en 1996; de Tim Burton, que también adaptó a Dahl en “Charlie y la fábrica de chocolate”, pero también del Scorsese de “La invención de Hugo” (2011) y del propio Spielberg en sus aproximaciones al cine infantil (E.T. El extraterrestre, 1982).

No debe extrañar, por tanto, ese clímax de tintes escatológicos y humorísticos en la corte de la reina, francamente hilarante. Spielberg le saca todo el partido a esa excentricidad escatológica tan de Dahl en sus historias infantiles.

Y es que en esa mezcla de nostalgia y alegre vitalidad infantil se filtra el espíritu y dolor de Dahl, que perdió a un hijo a los siete años y otro, su único hijo varón, tras un accidente, sufrió hidrocefalia, lo que le llevó a embarcarse y sumergirse en la literatura infantil como homenaje y recuerdo a ellos.
No es la mejor película de Spielberg, ni de las mejores siquiera, pero merece mucho la pena.

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