domingo, 17 de julio de 2016

Crítica de FrankenHooker



Frankenhooker comienza con un tal Jeffrey, electricista, a quien vemos en la cocina jugueteando con un cerebro al que le ha implantado un ojo. Entonces conocemos a Elizabeth, su novia, que dice estar gorda pero que se ve a la legua que le han puesto relleno en el vestido para que lo parezca, dando como resultado uno de los peores efectos de maquillaje que recuerdo. Eso ya tendría que haberme dado una idea del tipo de película que iba a ver, habiéndome indicado que quizás era más inteligente desistir de ello. Pero, piltrafillas, el caso es que ya sabía lo que iba a encontrarme al iniciar el visionado de Frankenhooker –que podría traducirse bastante fidedignamente como Frankenputa pero que en nuestro país se subtituló como Vicios diabólicos-, otro producto de bajo presupuesto de Frank Henenlotter cargado de sangre, tetas al aire, humor negro e interpretaciones patéticas sobre la obsesión de Jeffrey tras perder a su novia en un desgracido accidente bajo las cuchillas de una podadora de césped construída por él mismo.


Así pues, la película va de la desquiciada idea que se le ocurre a Jeffrey. El enorme sentimiento de culpabilidad, la pena y –por qué no decirlo- su tarada mente hacen que el tipo decida construir de nuevo a su amada con algunos de los trozos que pudo recoger del lugar de la tragedia y otros que tendrá que extraer de alguna parte, escogiendo al fin los cuerpos de desdichadas prostitutas adictas al crack a las que contrata. Pero algo sale mal y tras unir la cabeza de su amada con diferentes partes de otras tantas rameras, la chica parece tener un alma resultado de la mezcla de la de las prostitutas y se cree una de ellas por lo que escapa del garaje de su creador. Así, Jeffrey tendrá que regresar a la ciudad para rescatarla e intentar que la personalidad de Elizabeth sea la que prevalezca en el cuerpo remendado del monstruo al que ha dado vida. En resumen, una distraída frikada de horror casposo de delirante final para disfrutar con amigos, palomitas y alcohol, muuucho alcohol.

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