domingo, 16 de julio de 2017

Crítica de "Baby Driver" (Edgar Wright, 2017): Review



por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Inicia su película Edgar Wright con dos secuencias que definen los pilares estilísticos de su film, dos pilares que son los que hacen distinto, en cierta medida, a este thriller musical.

No es la abrumadora e incesante música, un riesgo calculado que puede estresar al más pintado, pero que salva ese salto al vacío con buenos temas y un ritmo vertiginoso donde fondo y forma están bien integrados.




La primera secuencia del film es un atraco, un atraco que apenas atisbamos, centrados en el punto de vista de Baby (Ansel Elgort), del que apenas saldremos. En esa escena lo que más destaca, aparte de la música, es el montaje, frenético y rítmico, siguiendo la música que escucha en sus cascos el protagonista. Wright corta en consonancia con lo que oímos, lo que oímos encaja perfectamente con lo que vemos, preparando la huída a la que asistiremos a continuación, que mantiene esa constante.

El montaje casi como percusión, montaje musical ideado y diseñado para la acción, el trabajo.

La siguiente escena cambia por completo. El montaje desaparece y tenemos un virtuoso plano secuencia siguiendo a Baby de nuevo en su camino musical a comprar café. En ese camino, que nos lleva a la cafetería y vuelta, veremos fugazmente a la chica de la que Baby se enamorará.




Así comienza “Baby driver”, con dos escenas opuestas que emprenden un diálogo estilístico y musical, del montaje sincopado y rítmico a los fluidos planos secuencia, donde la cámara de Wright danza junto a los personajes.

Si bien las escenas rítmicas implican tensión, acción y violencia, las que apuestan por planos largos y secuencia estarán vinculadas a lo personal, a la intimidad de Baby, a su relación con su padre adoptivo y su novia, Debora (Lily James).




El montaje escenifica la rudeza, la violencia de su trabajo, algo con lo que Baby no es feliz, de lo que pretende huir, pero cuando se encuentra en paz, en casa, escuchando su música o junto a Debora, la cámara baila junto a él, se mueve en un flotar fluido mientras se suceden los temas. Observen, por ejemplo, la escena en la lavandería entre los dos tortolitos.




Todos los personajes, por contrarios que sean a Baby y su particular forma de ser, siempre escuchando música con sus cascos en aparente autismo, hablarán de música e, incluso, tendrán escenas donde se les vincularán canciones, como ese “Tequila” para Jamie Foxx.

Con la música y su fusión con la dirección, vamos visualizando los estados de ánimo de los personajes y el momento dramático de la película, que a veces no podemos distinguir en los hieráticos rostros. Un acierto.

La película mantiene un estupendo pulso y mucha energía, siempre que aguantes bien el incesante estruendo de la música, que no parará casi en ningún momento. Una música que también tiene que ver con ese punto subjetivo de Baby en el que se centra el director.




Los mayores defectos empiezan en la segunda mitad del film. Es cierto que la progresión dramática es buena, donde la acción, con toques de comedia, el romance amoroso, el tono ligero y enérgico, poco a poco se va oscureciendo con naturalidad, pero en la parte final no se logra evitar caer en los tópicos del thriller de acción y todas sus convenciones, desdibujando algo el conjunto.

Hay que reconocer que ciertos giros relacionados con los villanos en su trama con Baby están bien, que la película nunca pierde el interés del espectador, pero se esperaba una vuelta de tuerca más original y acorde a esa propuesta de acción musical con la que nos encontramos de inicio.




“Baby driver” es una apreciable película de acción, que contiene rasgos muy interesantes en esa dirección musical y danzarina, que ha caído en gracia por su lúdica simpatía y energía, aunque el entusiasmo en ocasiones es evidentemente exagerado.

Sin llegar al tono paródico de otras propuestas sobre otros géneros, ni de pervertir verdaderamente los códigos del thriller, como hemos visto en otras cintas de Edgar Wright, sí tenemos un mecanismo de estilo que se distingue de otras muchas en su género, lo que no está mal, conservando además ciertos aspectos temáticos en su filmografía, como la idea de adolescencia no superada.




En Wright, casi todos los protagonistas son adolescentes, tengan la edad que tengan, camino de la madurez, que encontrarán (en teoría) por medio de alguna surrealista aventura. Aquí volvemos a cumplirlo con Baby, un chico inadaptado y con problemas para la relación social, que encuentra un alma gemela y una aventura redentora.

Las interpretaciones, del estupendo reparto, están muy bien, desde Kevin Spacey, pasando por Jamie Foxx y Jon Hamm, hasta terminar con la parejita protagonista, el melómano Ansel Elgort y la siempre dulce Cenicienta, Lily James.




Por lo demás, no se me olvida, destacar la estupenda y copiosa banda sonora, repleta de nombres clásicos y conocidos, que da para horas de música si la escucháis entera.

Ideal para este verano.

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