domingo, 2 de julio de 2017

Crítica de "La chica del tren" (Tate Taylor, 2016): Crítica review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Basada en el best seller de la escritora Paula Hawkins, nos llega esta película dirigida por Tate Taylor con cierta desgana y aspecto rutinario.

Aunque se la podría acusar de tramposa, en realidad esta intriga no lo es objetivamente. Manipuladora, excesivamente artificial, quizá, pero se mantiene coherente y fiel a sus propias reglas internas.




El mayor conflicto estribaría en el uso del perturbado punto de vista, arbitrario y aleatorio, de uno de los personajes, pero ese punto de vista, aunque esencial y predominante, no es exclusivo, ya que saltamos a otros, el de las otras dos chicas protagonistas. Rachel (Emily Blunt), Megan (Haley Bennett) y Anna (Rebecca Ferguson). Por tanto, tenemos tres puntos de vista distintos que el director, el guionista y, también, la escritora, usan a voluntad, valiéndose del perturbado de uno de ellos y sus lagunas de memoria para hacer funcionar la intriga, la incertidumbre y las sorpresas.

La estructura es muy interesante en ese vínculo de coincidencias y divergencias entre las tres mujeres protagonistas, que parecen unidas por los fuertes lazos del destino, unión simbolizada en la fuente que visita Rachel en Central Park, “Las tres doncellas bailarinas”, la “Fuente Untermyer”, de Walter Schott.




Una chica que parece abominar a los bebés, otra que los adora; una que no puede tenerlos, otra que perdió al suyo y la tercera que tiene uno felizmente; una es madre, otra niñera y la tercera una madre frustrada; una que es infiel, otra a la que engañaron y una tercera que acepta las infidelidades… Una de ellas es aficionada a la pintura, otra trabaja en una galería; una vivía en la casa en la que ahora vive la amante de su ex marido; una perdió lo que otra tiene; una comete el acto infiel que a otra la ha terminado por perturbar…

De alguna manera los tres chicos de la función, Tom (Justin Theroux), Scott (Luke Evans), y el doctor Kamal Abdic (Edgar Ramírez), serían una progresión moral masculina. Uno es intachable, el otro visceral, vehemente y amenazante y el tercero un psicópata…




El punto de vista de Rachel es el más importante, es el que facilita la trama y justifica la intriga. Una mujer que toca fondo y que idealiza a las parejas que ve, creyendo que la superficie es la realidad de las vidas, como nos ocurre tantas veces, quedándose en fugaces retazos, a menudo impostados, con los que formar una historia perfecta con los anhelos y deseos, con las carencias que ella tiene.

La pérdida será uno de los temas indispensables. Rachel lo ha perdido todo, como Megan, pero si la segunda pretende recuperar algo de aquella vida, Rachel vaga sin rumbo. Anna, por el contrario, se resiste a perder lo que tiene, aunque todo esté construido con la mentira y la falsedad. De ahí al trauma que padecen las tres, va un paso.

Y un sentimiento de culpa, agudo en muchos casos, como es el de Rachel.




Taylor, el director, usa paralelismos para insinuar anhelos en los personajes, así como sus vínculos, ligando planos de bebés, por ejemplo. Esto es especialmente significativo con el personaje de Rachel, a quién dedica la mayor parte de rasgos de estilo.

Rostros distorsionados (en espejos, reflejos, cristales), escindidos en los encuadres, flashes y uso reiterativo de los montajes (que nos mienten), se ligan al trastorno de memoria de Rachel y su estado etílico constante. Montajes fugaces, ralentizaciones, encuadres seccionados, efectos de sonido demorados… para el retrato de una obsesión o perturbación…

Se usa también la fragmentación como uso narrativo que permita desarrollar a los personajes manteniendo la intriga, que no se desvele hasta el final, ya que contada de manera lineal tendría poco interés.




El tren es el elemento simbólico más importante, evidentemente. Rachel será la única pasajera de todos los protagonistas. Es un ser perdido, en tránsito, por eso la vemos siempre en lugares de paso, lejos de su casa a menudo, sin hogar. Aparecerá a menudo en el tren o colapsará en un túnel. Pero es también en esos lugares simbólicos donde descubrirá la verdad, tanto en el tren como en el túnel.

Las otras dos mujeres, en cambio, tienen sus vidas, pretenden cierta normalidad, ven al tren pasar por sus ventanas, en un juego de espejos con Rachel, sustituyéndola de alguna forma en la vida que tuvo.

Con ciertos problemas de ritmo, le falta nervio, tensión y vigor, convirtiéndose en una intriga convencional que sólo se salva de la mediocridad por la estructura y ciertos aspectos narrativos que pretenden mantener el interés, resultando algo tediosa y fallida en sus sorpresas y giros, pero eficaz en su aseado planteamiento.

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