domingo, 23 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017): Crítica de la película


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



La saga, la nueva trilogía, de “El planeta de los simios” se confirma como la mejor en el cine de los últimos tiempos. Es una valoración que tuve clara tras ver el segundo título de la misma y que ha terminado por confirmarse. También es una constancia íntima que tras esta tercera entrega la he oído y leído en más medios, lo que siempre es estimulante.


Es posible que los fans de Christopher Nolan, entre los que me encuentro, no estén de acuerdo, pero su trilogía de “El caballero oscuro” caía demasiado en su último capítulo. Quizá tan solo a nivel de regularidad la trilogía de “El señor de los anillos” estaría a esa altura, pero seguiría manteniendo a estos simios en lo alto.




Un aspecto que quedó claro en la saga desde que Rupert Wyatt dirigiera “El origen del planeta de los simios” en 2011, es que se pretendía un diálogo profundo y conmovedor entre lo más íntimo y lo más épico, que se llevó todos mis elogios en aquellas fechas, para confirmar lo que ahora sostengo.

La manera que tienen de acercarse en las tres películas a los personajes, a sus conflictos internos, psicológicos y emocionales, siempre es profunda, matizada, conmovedora y nada sentimentalista. Toda la saga huye del maniqueísmo como de la peste, huye de un mundo humano perverso y un mundo simio idílico, y es una constante que se mantendrá siempre, explicando y analizando las decisiones de los personajes y los grupos con detenimiento.

La saga de “El Planeta de los Simios” se sostiene en una idea francamente interesante y que la recorre entera. Va sobre buenas intenciones que causan desastres y tragedias.




La cantidad de temas variados que van surgiendo a lo largo de la trilogía es tremenda, así como la evolución que van teniendo otros muchos. En esta tercera parte se hacen referencias a las dos cintas anteriores, del mismo modo que se hacen guiños a las clásicas.

La idea de familia, la superación del odio, el miedo ligado al poder, el empoderamiento de especie, la supremacía, la familia y la venganza, la humanidad que subyace en el conflicto, la humanidad que reluce desposeída de ese conflicto y del pasado, el pasado del que no podemos desprendernos como generador de errores y virtudes… y así podría estar hasta mañana.

Matt Reeves deja una película sencillamente espectacular desde el plano visual, tomando riesgos francamente admirables en un mainstream, donde es capaz de parar la narración para sumergirnos en seguras y sobrias conversaciones en plano y contraplano sin que le tiemble el pulso, en primeros planos largos y gigantes sin temor alguno, y en espectaculares secuencias de acción que caen por su propio peso.




Logra Reeves un perfecto diálogo estilístico, ese que ha buscado la saga siempre, ente la épica y la intimidad, mezclando maravillosamente los planos generales en los momentos más épicos (fijaos en esos planos sostenidos en las batallas, por ejemplo la inicial, donde hay un picado largo maravilloso, entre otros), en las batallas o en los paseos por la naturaleza, con abrumadores primeros planos con rostros simiescos o humanos que inundan la pantalla sin temor a su duración.

Primeros planos que lanzan emociones en rostros digitales que parecen reales, donde cada matiz, cada gesto, cada arruga, es captada por la cámara de Reeves, igual que en la batalla nos deja ver la acción con detalle, sin caer en el frenesí caótico y vertiginoso del que pecan muchas superproducciones actuales.

Es posible que en cierta medida ese diálogo se desnivele mediada la película, al encerrarse, pero es plenamente coherente con la trama.




Por si fuera poco, la película y su personaje principal adquieren reminiscencias bíblicas. César termina convertido en un Moisés que guía a su pueblo por el desierto (o el bosque o la nieve), hacia la libertad, lejos del cautiverio que pretenden los humanos. Y no separa las aguas en ese peregrinaje, pero sepultará a las huestes contrarias en la nieve…

Es necesario valorar también al excelente villano que encarna Woody Harrelson, un actor a elogiar capaz de encarnar muy diversos personajes. Sus referencias, no reconocidas, al Marlon Brando de “Apocalypse Now” (Francis Ford Coppola, 1979), película que se homenajea explícitamente en una pintada que dice “Ape-calypse now”, son un goce. La resolución de su personaje, salvando el tópico de manera brillante, es otra de las grandes virtudes del film.

Porque, en esa ausencia de maniqueísmo, César siempre es un defensor del individualismo, independientemente del aprecio o protección que pretenda para su comunidad como líder, como es lógico. Él se enfrentará a su mano de derecha en “El amanecer del planeta de los simios”, protegerá a humanos y le movilizará la venganza porque perderá a su mujer y su hijo… El Coronel representa todo lo contrario, el gregarismo, la idea de especie por encima del individuo, por eso anula la individualidad, con soldados indistinguibles, o matando a su propio hijo, acto definitivo donde pretende el igualitarismo sin más sentimientos ni matices.




Y es que hay un viaje a los infiernos, pero más allá de los infiernos terrenales, hay un viaje a los infiernos de César, a su lado oscuro, el impulsado por el odio y la venganza, que lo emparentan con Koba, el antagonista de la magnífica segunda parte de la saga, “El amanecer del planeta de los simios” (2014), pero del que logrará salir.

Otra virtud que se mantiene firme y coherente con el paso de las entregas es esa subordinación de los efectos especiales a la narración. Bien es cierto que la creación de los simios, que están en plano en todo momento, es una virguería en ese apartado.

César (Andy Serkis) es ya un personaje eterno, uno de los grandes personajes del cine moderno mainstream, que pasa a la historia por derecho propio. Su evolución, sus matices, sus conflictos, que se sienten en la carne en ese rostro creado digitalmente, deben luchar contra paradojas y conflictos que le hacen navegar de los blancos a los negros pasando por una increíblemente amplia paleta de grises en su interior, y que ve también en el exterior. Un líder heroico, pero, sobre todo, un líder moral.




La mirada de César se te clavará para siempre, sencillamente inolvidable. Profunda, bondadosa, humana, firme, en un excepcional trabajo de Serkis y los efectos.

Otros detalles a tener en cuenta. El virginal y angelical rostro de Nova (Amiah Miller). La música de Michael Giacchino, que es extraordinaria. La fotografía de Michael Seresin, de una variedad y matices extraordinarios.

Está todo dicho. Si queréis un mainstream de altura intelectual además de entretenido, esta es vuestra saga, que no ha podido tener mejor conclusión. Si queréis otro tipo de pirotecnias, ahora hay muchas opciones que seguro apreciaréis más.

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