domingo, 2 de julio de 2017

Cioran y sus "Divagaciones en un convento"



No hay para el incrédulo, enamorado del derroche y la dispersión, espectáculo más desconcertante que el de estos rumiantes de lo absoluto... ¿De dónde sacan tanta obstinación en lo inverificable, tanta atención para lo vagoroso y tanto ardor para apresarlo? No concibo nada de su certezas ni de su serenidad. Son felices y les reprocho el serlo. ¡Si por los menos se odiasen!, pero aprecian su "alma" más que al universo; esta falsa valoración es la fuente de sacrificios y renuncias de un absurdo imponente. En tanto nosotros hacemos experiencias sin continuidad ni sistema, llevados por el azar y nuestros humores, ellos no hacen más que una, siempre la misma, de una monotonía y de una profundidad que asquean. Cierto es que su objeto es Dios; ¿pero qué interés pueden tener aún en Él? Siempre igual a Sí mismo, infinito de igual naturaleza, no se renueva nunca; yo podría reflexionar sobre Él de paso, ¡pero llenar así las horas!


...Aún no es de día. Desde mi celda oigo voces, y los estribillos seculares, ofrendas a un cielo latino y banal. Antes, en la noche, pasos se apresuraron hacia la Iglesia. ¡Los maitines! Y, sin embargo, ¡aunque Dios en persona asistiese a su propia celebración, no bajaría yo con un frío semejante! Pero, de todas maneras, Él debe existir porque si no estos sacrificios de criaturas de carne y hueso, sacudiendo su pereza para adorarle, serían de tal insania que la razón no podría soportar su pensamiento. Las pruebas de la teología son fútiles al lado de estos excesos que dejan perplejo al incrédulo, y le obligan a atribuir un sentido y una utilidad a tantos esfuerzos. A menos que se resigne a una perspectiva estética sobre estos insomnios queridos y que vea en la vanidad de estas vigilias la más gigantesca aventura, emprendida hacia una Belleza de sinsentido y espanto... ¡El esplendor de una oración que no se dirige a nadie! Pero algo debe existir; cuando lo Probable se transmuta en certeza, la felicidad ya no es una simple palabra, tan cierto es que la única respuesta a la nada se encuentra en la ilusión. Esta ilusión, llamada, en el plano absoluto, gracia -¿cómo la adquirieron? ¿Merced a qué privilegio fueron movidos a esperar lo que ninguna esperanza del mundo nos deja entrever? ¿Con qué derecho se instalaron en la eternidad que todo nos niega? Estos propietarios -los únicos verdaderos que jamás encontré-, ¿a favor de qué subterfugio se arrogaron el misterio para gozar de él? Dios les pertenece: sería vano intentar sustraérselo: ni ellos mismos saben el procedimiento gracias al cual se apoderaron de él. Un buen día, creyeron. Uno se convirtió por una simple llamada: creía sin ser consciente de ello: cuando lo fue, tomó el hábito. Tal otro conoció todos los tormentos: cesaron ante la luz súbita. No puede quererse la fe; como una enfermedad, se insinúa en vosotros, y os hiere; nadie puede mandar en ella y es absurdo desearlo si no está predestinado. Se es creyente o no se es, como se es loco o normal. Ya no puedo creer ni desear creer: la fe es una forma de delirio a la que no soy propenso... La posición del incrédulo es tan impenetrable como la del creyente. Me entrego al placer de estar desengañado; es la esencia misma del siglo; por encima de la Duda no pongo más que el contento que proporciona...

Y responde a todos esos monjes sonrosados o cloróticos: "Perderéis el tiempo insistiendo. Yo también he mirado hacia el cielo, pero no he visto nada. Renunciad a convencerme: si alguna vez he logrado encontrar a Dios por deducción, nunca lo encontré en mi corazón: y si lo encontrase, no podría seguiros en vuestro camino o en vuestras muecas, aún no menos en esos ballets que son vuestros maitines o vuestras completas. Nada supera las delicias del ocio: aunque llegase el fin del mundo, no dejaría yo mi cama a una hora indebida: ¿cómo iba a correr entonces en plena noche a inmolar mi sueño en el altar de lo Incierto? Incluso si la gracia me obnubilase y los éxtasis  me estremeciesen sin tregua, unos cuantos sarcasmos bastarían para distraerme. ¡Oh, no, ya veis, temo carcajearme en mis oraciones, y condenarme así más por la fe que por la incredulidad! Ahorradme un aumento de esfuerzo; de todos modos, mis hombros están demasiado cansados para sostener el cielo..."

(de Breviario de podredumbre)

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