domingo, 3 de diciembre de 2017

Diminutivo, aumentativo y femenino de cojones - Los cojones del español (2): cojoncillos, cojonazos y cojona

Tribu de los bubal

En el artículo anterior sobre este tema cojonero, os hablábamos ampliamente de nuestras intenciones y como primera entrada tratábamos la expresión "tener los cojones cuadrados" que úsase en nuestro idioma. Bien, tiempo habrá de traer otras expresiones con las consiguientes consideraciones. 

Hoy, no obstante, no hablaremos de expresiones propiamente dichas, sino de los diminutivos y aumentativos de esa palabra cojones, vocablo este que se registra ya en los primeros textos del castellano (también de esto hablaremos). Y sin más dilación me pongo con esta tarea comenzando con unos comentarios sucintos sobre ese falso femenino, cojona. Luego iremos de lo pequeño a lo grande, esto es, empezaremos por esos pequeños cojones y acabaremos en los mayores.


¡COJONA!

Poco comentario merece este (como dice Cela) piadosismo o eufemismo interjectivo creado por deformación fónica. Uno dice ¡cojona! por no decir ¡cojones! cuando está enfadado, para no quedar como un zafio, como cuando decimos ¡cojines! o ¡jolines! (ñoñismo a todas luces mezcla, a mi entender, de joder + cojones).

Es voz que puede leerse, por ejemplo, en la obra de Luis Goytisolo Recuento (1973):

¡Venga, dadle machete, cojona! Las peleas se hacen con machete, como en la Legión. ¿Qué? ¿Se os han pasado las ganas? ¡Gilipollas! Pues con el parte que os voy a meter no salís de la prevención en una semana. ¿Y vosotros qué miráis, cojona? ¿Quién más busca un paquete?


DIMINUTIVOS

No es frecuente usar tal palabra, cojones, en diminutivo, aunque sí podemos escuchar cojoncillos con sentido antifrástico. Imaginad nos topamos con una de esas estatuas ecuestres que en ocasiones ornan el centro de nuestras plazas europeas. Si os habéis fijado, entre las patas traseras del equino animal, los artistas no suelen cortarse (por supuesto) en aquilatar los atributos del corcel con unos voluminosos testículos. Uno puede decir, irónicamente, "¡Vaya conjoncillos!" Lo mismo diríamos cuando contemplamos los del toro de Osborne, ese toro indultado de nuestra publicidad vial. En cierta ocasión, unos jóvenes de mi pueblo (no sé si quintos y actuando en consecuencia) se dirigieron a ese toro que se erige sobre el pedernoseño cerro Benito y con la paciencia de un Job le serraron los cojones negros al negro toro y los tiraron al cerrojo (léase, arroyo) que circula por las inmediaciones. Los cojoncillos, que pesaban lo suyo, según confidencia al autor, fueron puestos en remojo. Pero, anécdotas aparte, retomemos el hilo de la exposición (luego los regresaron a su original sitio para dejarlos soldados y así siguen; ya me callo).

Hemos elegido cojoncillos, pero más propio de esta zona manchega sería llamarles cojoncetes. Imagino que en los Madriles les llamarán cojoncitos y en Aragón, cojoncicos. Esto es cuestión regional que poco importa. No sé si en Galicia se escuchará collonciños.

Antes de pasar al más interesante del aumentativo, os dejo unos ejemplos de obras literarias en las que se ha (a)notado el correspondiente diminutivo.


cojoncillo

En la obra de Alfonso Sastre El viaje infinito de Sancho Panza (1984), podemos leer la siguiente conversación:

Doctor.- Un zumito de tomate es lo más apropiado en mi opinión a su actual fisiología, dado que usted es un hígado, según todos los síntomas que presenta.

Sancho.- ¿Cómo que yo soy un hígado? ¿Pero qué dice este?

Doctor.- Así llamamos, en nuestro profesión, a los pacientes, según las vísceras de las que en mayor forma padezcan. Así pues, el señor Don Quijote es un pulmón, doña Trifaldi pituitaria, el señor Duque riñón, y la señora Duquesa cráneo, por los dolores que en esa terraza de su preciosa humanidad padece, etcétera, etcétera.

Sancho.- ¡Culo ha de ser usted, o polla, o cojoncillo, según esa teoría! ¡Váyase pues muy lejos, y déjeme a mí de ínsulas en las que, por muy Gobernador que sea, me haya de morir de hambre! ¡A ver esa paella que estos esclavos devuelven a la cocina! ¡A ver ese cochinillo, me cago en su padre, que me lo han pasado por las narices, y huele a gloria! ¿Ha visto, mi señor Don Quijote? ¿Son bromas de muy mal gusto las que me hacen? ¿O cómo comprender lo que sucede? (Don Quijote, inopinadamente, se levanta y protesta muy airadamente en defensa de Sancho)


cojoncillos

Juan Luis Cebrián en su denostada obra La rusa (1986):

Silencio, me dice, aquí nos espían" y se encarama al lecho, a la lámpara, con los cojoncillos colgando, destripa los almohadones, bucea bajo el colchón, tantea la pared, ¿no tendrá frío ese hombre, en pleno mes de septiembre y los huevos al aire mientras teclea nervioso la máquina portátil que ha recorrido mil estúpidas guerras?


cojoncitos

Terenci Moix emplea esta forma en El arpista ciego. Una fantasía del reinado de Tutankamón (2002); veamos:

Se enzarzó en ardua discusión con la sabia Seshat, y de momento el niño se quedó sin nombre. Callaba en cambio Merit, porque estaba entretenida acariciándole los cojoncitos a un niño de la vecindad.


E igualmente Fernando Quiñones en Las mil noches de Hortensia Romero (1979):


Ahora: si lo que ustedes quieren no es más que tener de todo y vivir bien, a ver dónde está esa política que va a sacarlos a ustedes del currelo si no sale por su cuenta cada uno en lo suyo, cojoncitos. Que ahora hay mucha gente joven sin un duro y muy señoritos.


AUMENTATIVOS

Si en los diminutivos hay diversidad en cuanto a su formación, según regiones o idiolectos concretos, en el aumentativo parece haber unanimidad en el plural cojonazos. Los cojones voluminosos, en general, son cojonazos. Esta es la acepción que se registra en esa irreverente copla popular de todos conocida, que no evito copiar aquí:

No me jodas en el suelo
como si fuera una perra,
que con esos cojonazos
me llenas el chocho [de] tierra.

Aparte de aludir a los cojones de gran tamaño, con esa palabra nos referimos en ocasiones al hombre perezoso, tranquilo, cachazudo, flemático, y así le llamamos cojonazos de la misma manera que le llamamos pelotos: "Está hecho un cojonazos" o "Es un cojonazos". Esta acepción se recoge en el diccionario de argot El Sohez (Larousse, 2000), de Delfín Carbonell, pero también en la Gran Enciclopedia Ilustrada (de Ediciones DANAE, 1982). La derivación parece comprensible: la habilidad de uno queda mermada (al menos teóricamente) si el volumen escrotal soporta un peso testicular excesivo, lo que provoca la proclividad a la flema, a la tranquilidad en los actos, más aún en el trabajo o deporte que requiere del rápido o ligero desplazamiento corporal mediante el movimiento de las extremidades inferiores.

También en el diccionario de argot aludido de Carbonell se registra una tercera acepción: la de hombre que se deja dominar por una mujer, es decir, como sinónimo de calzonazos.

Y, en relación con eso mismo, Juan Manuel Oliver, en su ¡también! Diccionario de argot (Sena, 1985) añade otro concepto: 'hombre que se deja llevar por la opinión ajena'

Vicente León, en su Diccionario de argot español (Alianza Editorial, 1980) añade una quinta acepción (a las tres primeras, que también registra), pues define tener cojonazos como 'tener desfachatez, caradura, cinismo'.

En el diccionario de RAE ¿sabéis cuántos se recogen? Perfecto: ninguno. Y es que la palabra cojonazos (o cojonazo) no se registra en el tal ni como lema.


COLOFÓN:

Y ya para terminar, pues supongo que estáis hasta los cojones de esta entrada, intuyo que os ha llamado la atención la imagen que preside este artículo. Se trata de la fotografía (muy conocida de hecho) de miembros masculinos de la tribu de los bubal, entre Kenia y Somalia, en la que los machos sufren gigantismo escrotal.

Cosa distinta parece ser la llamada filariasis linfática o elefantiasis de escroto (escrotal o testicular), de la que os ofrecemos por aquí dos imágenes modélicas

 
Colección Tomás Cabacas, 1913   


Nativo de las islas Fiji, 1898


Supone la elefantiasis (no exclusivamente escrotal) un problema social (y económico) que -según leemos- continúa siendo una enfermedad de pobres y afecta a 43 millones de personas en todo el mundo (sic). En los últimos años, ha aumentado en África y La India, debido a la pobreza. Quienes la padecen están incapacitados para el trabajo, lo que perpetúa esta paupérrima situación. Remito a publicaciones especializadas para más datos sobre esta enfermedad.



Pero centrándonos en los bubal de la imagen superior, es esta una tribu nómada que posee un curioso récord: el de tener entre sus miembros a los hombres con los cojones más grandes del mundo (tal que así, como podréis observar en la fotografía). ¿Son todos elefantiásicos? La explicación que observamos no va, a mi entender por ese camino. Os explico:

Parece ser que los bubal beben la sangre menstrual de sus vacas, cosa a la que son acostumbrados desde pequeños, pues es creencia que les hace más valientes y fuertes, y les protege de enfermedades como la anemia, el raquitismo o el escorbuto (una especie de triaca profiláctica). Es a esta práctica a la que se le achaca este resultado visible del gigantismo testicular. Y es que este flujo vacuno contiene, según leemos, una alta tasa de hormonas sexuales que provoca la alteración del desarrollo de las glándulas testiculares y, por consiguiente, del saco escrotal (sic). No impide que se puedan aparear pues siguen siendo fértiles, aunque imagino que supondrá una incomodidad manifiesta tanto para ellos como para sus parejas. Ellos se ven tan hermosos, no penséis que tienen prejuicios estéticos en este sentido (quizá al contrario), y es que mal de muchos... ¡Pa cojonazos los suyos! (manifiestan con orgullo bubal).





ÁCS

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