sábado, 9 de diciembre de 2017

Más Ciorán y menos Prozac: citas de "El aciago demiurgo"



En el pasado artículo os dejábamos unos recortes del primer capítulo (homónimo) de otro libro del filósofo rumano Emil Cioran. Se titula El aciago demiurgo, se publicó en Francia en 1969 (¡qué añazo!) a través de la editorial Gallimard con el título original Le mauvais demiurge y es totalmente recomendable. Quizá tengáis que seguir tomando Prozac (¿aún se expende?), e incluso en una dosis mayor, pero al menos tendréis un motivo real para pensar que la vida no es tan importante como algunos políticos y periodistas del corazón piensan. Para los que tenéis esas mentes abiertas que os caracterizan, su lectura quizá os ayude a descubrir nuevas líneas de pensamiento que serán (aviso) como pequeñas pataditas en los cojones de vuestra alma. Es lo que hay. Pero, en cualquier caso, es mejor estar avisado.


Os paso algunas citas o recortes de los capítulos titulados "Los nuevos dioses" y "Encuentros con el suicidio" (poca broma). Os gustarán: leed con atención y escuchad entre líneas.


De Los nuevos dioses:

"Quien se interesa por el desfile de las ideas y las creencias irreductibles debería detenerse en el espectáculo que ofrecen los primeros siglos de nuestra era: hallaría en ellos el modelo mismo de todas las formas de conflicto que se encuentran, en una forma atenuada, en cualquier momento de la historia. Se comprende: es la época en que más se ha odiado. El mérito corresponde a los cristianos, febriles, intratables, expertos de inmediato en el arte de detestar, mientras que los paganos no sabían manejar ya más que el desprecio. La agresividad es un rasgo común a hombres y a dioses nuevos"


"Nada más odioso que el tono de los que defienden una causa, aparentemente comprometida, pero triunfante de hecho, que no pueden contener su alegría ante la idea de su triunfo ni impedirse convertir sus mismos espantos en otras tantas amenazas"


De Encuentros con el suicidio:

"Se debería por decencia elegir uno mismo el momento de desaparecer. Es envilecedor extinguirse como se extingue uno; es intolerable verse expuesto a un fin sobre el que nada se puede, que te acecha, te abate, te precipita en lo innombrable. Quizá llegue el momento en que la muerte natural esté totalmente desacreditada, en el que se enriquecerán los catecismos con una fórmula nueva: 'Dispénsanos, Señor, el favor y la fuerza de acabar, la gracia de borrarnos del tiempo'.

La conspiración milenaria contra el suicidio es causa del abarrotamiento y de la esclerosis de las sociedades. Nos toca aprender a destruirnos en el momento oportuno, a correr alegremente hacia nuestro espectro. En tanto que nos decidamos a ello, merecemos nuestras humillaciones. Cuando uno ha agotado su razón de ser, es odioso obstinarse. Pero es la indignidad de la muerte natural lo que vemos, se mira adonde se mire".

ZR


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