miércoles, 3 de agosto de 2016

Crítica de "Días sin huella" (Billy Wilder, 1945): review


por Möbius el Crononauta



Pues sí, "Oh demon alcohol", que cantaba Ray Davies. El alcohol, igual que en la vida, ha sido elemento imprescindible en Hollywood, tanto dentro como fuera de la pantalla. Los años de la Prohibición dieron pie a decenas de películas sobre gángsters, mientras que en los años 30 y 40 los galanes y detectives siempre andaban con alguna copa en la mano mientras charlan con la bella chica. Los borrachos eran tipos graciosos y entrañables, como los personajes de W. C. Fields o esos secundarios de nariz de roja de las películas de John Ford. Pero toda esa tendencia comenzó a cambiar cuando en 1945 Billy Wilder rodó uno de sus films más duros y realistas, The Lost Weekend, traducida por aquí como Días sin huella.



Todo comenzó en Chicago, donde Wilder tenía que efectuar un transbordo de trenes. Para pesar el rato compró una novelita, escrita por un tal Charles R. Jackson, que seguía los desmanes de un alcohólico durante cinco tortuosos días. La novela era The Lost Weekend, y cuando Wilder acabó de leerla decidió que ya tenía historia para su próxima película.




El director y su colaborador de entonces, Charles Brackett, quién ejerció también como productor, trabajaron en un guión que era bastante fiel a la novela. La historia gira entorno al escritor fracasado Don Birnam, cuya incapacidad para escribir le ha empujado a depender del alcohol. A pesar de los esfuerzos de su hermano y su novia, Birnam siempre acaba recayendo, y en un sórdido descenso de varios días hasta el "delirium tremens" el escritor toca fondo, en lo que constituye un retrato realista de un alcohólico como no se había visto hasta entonces.




Días sin huella no deja demasiado espacio a la comedia, y resulta para la época un retrato bastante realista del tema del alcoholismo. No se demoniza en demasía al adicto, ni se le convierte en un monstruo devorador de niños; Birnam es más una víctima de su adicción que convierte en víctimas a aquellos que les rodean. Dentro de la estructura del film es final, aunque predecible, encaja bien dentro de la historia, aunque en esa parte los visos de realidad se esfuman del todo, pero eran aquellos otros tiempos, y todo se veía de un modo más inocente.

Aunque quizás no se pueda contar entre las mejores cintas de Wilder, el pulso narrativo es excelente, y siendo un film de un director tan grande las secuencias memorables no podían faltar. Destacan por ejemplo la tenebrosa escena del delirium tremens, que podría haber salido de algún film de Batman, o como de una manera realmente ingeniosa, mediante el circunloquio de los círculos que el vaso deja en la barra de un bar (los círculos viciosos), el espectador contempla el lento descenso de Birnam a los infiernos.




Hace un tiempo me acordé de este film puesto que en él actuaba la recientemente fallecida Jane Wyman, que por supuesto para mí siempre será la malvada Angela Channing de la serie Falcon Crest. No es que me parezca una gran actriz, pero tenía cierta prestancia.

Tras aspirar, como siempre, a trabajar con Cary Grant, Wilder optó por José Ferrer. La gente de la Paramount, aterrada por una historia así, quería a una estrella más amable que conectara con las audiencias. Cuando estuvo claro que Ferrer nunca aceptaría, Wilder aceptó la propuesta del estudio, de modo que Ray Milland fue finalmente quien interpretaría a Birnam. Wilder afirma que aceptó a Milland porque su sentido del humor era más bien escaso. Lo cierto es que Milland, que nunca fue un actor especialmente bueno, con un papel tan agradecido logró ofrecernos una buena actuación que le valió un Oscar de la Academia.




Y la de Días sin huella fue una carrera difícil. Wilder afirmaba que la industria del alcohol había ofrecido cinco millones de dólares al estudio para que abortaran el film, y que si se los hubieran ofrecido a él habría aceptado. Aunque teniendo en cuenta que en el rodaje de este film fue donde conoció a su esposa Audrey, no habría que creerle demasiado.




Los estudios estuvieron a punto de no estrenar el film, y solo la insistencia de Wilder consiguió que se estrenara en un circuito de salas muy reducido. Por entonces el director fue llamado para colaborar con el ejército, y para cuando volvió la película era un éxito de taquilla. Llegaron las nominaciones y Días sin huella se apuntó cuatro estatuillas. Desde entonces se convirtió en un film de referencia a la hora de retratar las adicciones en la gran pantalla.

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