jueves, 11 de agosto de 2016

Crítica de "El hombre de mimbre" (Robin Hardy, 1973): review


por Möbius el Crononauta



Iron Maiden destacaron en su día por muchas cosas; entre ellas, la inspiración para sus letras, que los diferenciaba de muchas bandas metálicas de su época. Literatura, cine e historia se entremezclaban entre los surcos de aquellos viejos discos. Y desde luego la banda nunca lo ocultó ni disimuló, más bien al contrario, sus títulos eran muy explícitos. Cuando editaron Brave New World creo que el primer single fue "The Wicker Man", una canción correcta que poco podía hacer frente a sus viejos himnos. Pero ahí estaba, una vez más, una referencia interesante. En esto caso, a una película, aunque por entonces yo desconocía su existencia. Aunque el "Wicker Man" de la carrera en solitario de Bruce Dickinson parecía rendir mejor homenaje al espíritu del film de Robin Hardy.



Extraña trayectoria la de Robin Hardy. Debuta en el cine con El hombre de mimbre y después desaparece en las brumas para volver a mediados de los 80 con un film y algunas novelas, para otra vez escapar de la mirada de los medios hasta que de repente supimos otra vez de él, cuando estaba rodando una adaptación de su novela Cowboys for Christ.




Otra novela, escrita por David Pinner, fue el germen de El hombre de mimbre. Anthony Shaffer, que había adaptado el guión del clásico de Hitchcock Frenesí así como el guión de su propia obra de teatro para la película La huella, había estado trabajando en un proyecto para llevar la productora británica British Lion. La idea era adaptar Ritual, una novela del citado Pinner. Finalmente el proyecto fue cancelado, pero Shaffer siguió adelante y decidió escribir una historia inspirada por Ritual. Shaffer entró contacto con Robin Hardy y ambos comenzaron a trabajar en la historia. Christopher Lee, que buscaba nuevos retos en un intento por desenmarcarse de su imagen como el conde Drácula, también se involucró en el proyecto. Para el papel protagonista se pensó en un actor de televisión, Edward Woodward, y aunque Hardy intentó conseguir a otros nombres más rutilantes finalmente sería Woodward quien se pondría en la piel del sargento de policía Howie. Otro nombre a destacar es el de la sueca Britt Ekland, que sería en el futuro chica Bond y que en el film es la hija del tabernero.




Howie es un hombre profundamente religioso y virtuoso que acude a una remota isla escocesa para investigar la desaparición de una niña. Cuando Howie muestra la fotografía de la joven nadie parece reconocerla, es como si nunca hubiera existido. Pero a la vez que el pío sargento descubre que hay pruebas de la existencia de la niña comienza a notar extraños comportamientos en los lugareños de la isla. Los acontecimientos irán sucediéndose hasta desembocar en una extraña lucha entre el Bien y el Mal sin que llegue a quedar claro quién representa cada lado. Y ése es uno de los grandes méritos de El hombre de mimbre: desenmarcarse de la gran mayoría de títulos de terror de la época, desdibujando la frontera entre héroes y malvados muy sutilmente, mientras por otro lado nos invita a reflexionar sobre las religiones organizadas y el impacto del monoteísmo en la cultura occidental a lo largo de la historia.




En el El hombre de mimbre encontramos una confrontación entre lo cristiano y lo pagano, la cultura occidental romana y los viejos ideales celtas, la modernidad contra la sencillez del campo... Howie deja de ser pronto policía para convertirse en un cruzado, un solitario cristiano que arriba a una isla y que pronto se verá enfrentado a un pueblo al que debe convertir, como si de un misionero de la antigüedad se tratara. Pero su comportamiento maniqueo y su intolerancia no cuadran con su, a priori, papel de héroe de la película. Sin embargo, estará solo en un medio cada vez más hostil, y deberá superar diferentes pruebas para lograr su objetivo. Por ejemplo, mientras la hija del posadero le canta desde la otra habitación, Howie se torna un moderno Ulises, resistiendo como puede el meloso canta de la sirena.




La banda sonora de Paul Giovanni juega un importante papel en el film. Sus canciones folk con aires paganos están muy conseguidas, y el director Robin Hardy se sirve de ellas de un modo que le hacen a uno concebir El hombre de mimbre como una especie de película de terror musical. Aunque, en mi opinión, el extenso uso de las canciones perjudican por momentos el ritmo del a cinta, por otro lado ayudan a crear una atmósfera cada vez más sobrecogedora que explota finalmente en el maravilloso clímax final durante el festival de Beltain.




Sacar la película adelante no fue fácil. En plena crisis del cine británico el presupuesto fue realmente bajo, de tal modo que Christopher Lee aceptó actuar gratis para ayudar a recortar gastos. Confiaba en el resultado de la película, y acertó, y aunque en la taquilla no fue un gran éxito, El hombre de mimbre pasó a ser directamente un título de culto que además gustaba a los críticos.




Aun así, antes de su estreno, Robin Hardy tuvo que hacer muchos cortes al montaje final. Los dirigentes de la British Lion habían cambiado y su obra fue mutilada por la tijera, de tal modo que Hel director acabó renegando del film. Por suerte, con el tiempo, y gracias a una copia enviada a Roger Corman, la cinta pudo ser restaurada prácticamente como Hardy la concibió. Así, a día de hoy, El hombre de mimbre figura como uno de los mejores títulos del cine británico de la década de los 70.

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