jueves, 25 de agosto de 2016

Crítica de "The Hole" (Tsai Ming-Liang, 1998): film review


por Möbius el Crononauta



Me pasa con el cine asiático algo parecido a lo que me pasa con el jazz: aún no he terminado de abarcar un estilo y se me presenta otro inmenso mundo por conquistar, y esa idea se me hace cuesta arriba; será que no soy de Trujillo. Aunque en una época en que el rock and roll no está en su mejor momento y el cine norteamericano es un desastre, uno siempre encuentra ocasión de bucear un poco en aguas desconocidas.




El argumento de Dong (título original) presagiaba en principio una película de terror tan a la moda últimamente. En Taiwan un extraño virus, que parece asociado con las cucarachas, vuelve psicóticas a las personas, que finalmente fallecen. La población se ve afectada por las cuarentenas, y para colmo el agua potable escasea, aunque nunca para de llover.

En realidad El agujero poco tiene que ver con las tenebrosas películas de horror japonesas. Más bien se trata de una poesía con trazos de humor y unas cuantas escenas de musical.

El detonante de la historia será una fuga de agua. Una chica ve cómo se inunda su piso y llama al fontanero. Este va al piso de arriba, donde vive un joven que trabaja en una verdulería. Accidentalmente, el fontanero hará un agujero en el suelo, lo que cambiará la vida de los dos protagonistas.




Dos personas solitarias que a pesar de compartir suelo y techo nunca se han visto ni se conocen. El agujero provocará desconfianza, extrañas luchas, y un escape a sus vidas solitarias. Se puede decir que toda una relación comienza y se desarrolla a través de ese agujero; el comportamiento de ambos se irá volviendo más errático, haciéndole preguntarse a uno si no habrá contraído el virus. Aunque conforme avanza la cinta, el virus de la soledad es que parece haberles infectado. Dos personas que se necesitan y buscan afecto, viven casi pared con pared, ¿podrían llegar a haberse encontrado en otras circunstancias? ¿Qué final les deparará ese agujero?




Una de las cosas que más me ha llamado la atención del film son los momentos musicales, realmente brillantes. En unos extraños momentos oníricos el joven parece imaginar a su vecina como la artista de un musical, acompañada por coristas y coreografías de baile, que canta y baila en los escenarios degradados y descuidados, como el edificio donde viven los protagonistas. La inserción de dichas escenas son realmente brillantes, y las canciones elegidas, todas pertenecientes al repertorio de Grace Chang, una cantante de Shangai que fue popular en los 50 y 60, son, para qué negarlo, bastante pegadizas. De hecho, al final de la película hay una dedicatoria a la artista que solo puede venir de un fan de su música.




Y ese fan es el director, Tsai Ming-Liang, un director que no conocía, aunque sí había oído hablar de una de sus últimas películas, El sabor de la sandía, con lo que imagino que aquí tenemos a un cineasta cuya carrera habrá que seguir con atención. Con films como El agujero no es de extrañar que la mayor parte de los críticos y entendidos y los grandes festivales de cine hayan vuelto su mirada al continente asiático, y es que parece que allí realmente están viviendo una edad de oro y reinventando el lenguaje cinematográfico. De hecho El agujero se llevó la Palma de Oro en Cannes; yo, por una historia intimista que no aburre y por las escenas al son de Grace Chang le habría dado todo un palmar. Y es que, no se engañen, el cine de autor me provoca desconfianza. Manías, supongo.

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