domingo, 15 de febrero de 2015

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (67): Deus ex machina



Deus ex machina

Tuve la mala fortuna de coger el palillo más corto y, de nuevo, asumí servil e indolente ese albur odioso que me obligaba a sacar a pasear a la vaca. Me dejaron solo, con ese palillito en la mano, y huyeron risueños hacia la biblioteca en esa actitud afrentosa a la que yo me sumaba cuando era otro quien debía admitir sin reparos esa condición contraria a todo decoro y crédito personal, ganado por los hermanos a fuerza de distanciarnos de todo, de todos, de la vida de los hombres, de su ineptitud, de su estulticia, de su zafiedad.

La vida intelectual absorbe casi por entero el quehacer de los que habitamos la casa; de los hijos más bien habría que decir. Nuestro padre se ha encargado siempre de los apremios administrativos de la hacienda y vigila los cultivos de panizo; a veces, en ausencia del caporal, distribuye a los obreros él mismo, encomendándoles la tarea diaria. Libros de cuentas y tragos de vino.

Nuestra madre siempre anda callada, tejiendo y destejiendo. A veces levanta los ojos hacia las nubes que pasan y, sin dejar su labor, solloza con un ¡ay! que no llega a percibirse como lamento.

Nosotros, los hijos, hicimos del autodidactismo una razón y fe de vida. Cientos de libros forraban las paredes inmensas de la biblioteca, atesorados por la codicia ingente de nuestros abuelos en una obligación genética por alcanzar la sabiduría. Y a ellos nos debimos. Nunca nos gustó el campo ni la escuela. La biblioteca era lo más atractivo y valioso de la casa. Eso y el silencio.

Por tanto, pasear a la vaca, llevarla a la ciudad para que olvidase su tristeza viendo escaparates de moda, suponía para nosotros -como comprenderán- un demérito, más aún a los ojos de quienes conocían nuestra vocación huraña de eternos estudiantes con gafitas y bien peinados. Una risita levemente escuchada a mis espaldas hacía que mirase a la vaca con un odio creciente en su perennidad. La vaca era tratada como sagrada desde siempre, pero todos la aborrecíamos. La vaca eterna, paseada desde hacía siglos, la vaca que ahora mira hacia el escaparate de la tienda de lanas y deja de reflejarse en él súbitamente y entonces yo siento el ronzal vacío en mi mano y, a la vez, cómo se acaba el mundo de los míos, que ya no es nada sin la vaca. Uno comprende como una revelación que no es sino humo, y un cabestro antiguo yace en la acera pateado por los transeúntes que la vaca ha decidido que sí sigan viviendo... mientras alguien sonríe a apenas a un codo de las teclas de un ordenador.



©Ángel Carrasco Sotos

2 comentarios:

  1. Hola, Ángel.

    Si me sale a mí el palo corto me muero porque no me imagino acompañando a una vaca a mirar escaparates de lana, la verdad.
    Me gusta mucho cuando dices " La biblioteca era lo más atractivo y valioso de la casa. Eso y el silencio". Eso es una verdad como que el sol se agota o que la luna interviene en las mareas. El silencio, a veces, es un bien carísimo y excaso.
    Me encanta tu relato y esas palabras que supongo procederán de Las Pedroñeras.

    Un abrazobeso enorme.

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  2. Que el sol se agote y que la luna intervenga en las mareas es algo que me pone los pelos de gallina, Tow. La ciencia, la física o lo que sea siempre es tan interesante o más que la mitología, las leyendas o la literatura en sus más diversas formas. Pensar que una estalactita es el resultado de un gota a gota de miles y miles de años es tan maravilloso (más a mi entender) que la leyenda que explica esa forma cálcica con una historia de amor. En fin, supones bien en cuanto a las palabras dialectales: autodidactismo o apremios administrativos son vocablos y expresiones muy manchegas ;) Un besazo, amada Tow.

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