sábado, 28 de junio de 2014

Crítica de la película "El gran hotel Budapest" (Wes Anderson, 2014)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC




Con el cine de Wes Anderson parece no haber término medio, o se le ama o se le odia. Su particular estilo visual, su humor extraterrestre y con sordina, sus particulares universos conceptuales y estéticos donde lo extravagante se inserta en lo cotidiano y viceversa, suelen entusiasmar o dejar frío, cuando no repeler.


Con este último trabajo, el director parece haber logrado algo más de consenso, logrando el aprecio del público y de la crítica, que han visto en la historia de Zero y Gustave algo entrañable y encantador.

Es fácil ver gente que adora una película de Anderson y odia todas las demás o al revés, son las servidumbres de la particularidad.

En realidad, esta El gran hotel Budapest es puro Anderson, una cinta que no se aleja en absoluto de sus habituales postulados, ideas y conceptos, ni a nivel temático ni a nivel visual. La película nos cuenta la historia de Gustave (Ralph Fiennes), un excepcional conserje de hotel, y su mozo de portería, Zero (Tony Revolori), del que se hace íntimo amigo y con el que vivirá una surrealista aventura cuando reciba una herencia de una amante y cliente, provocando el recelo de su perversa familia.




El viaje como estructura narrativa, en este caso la huida, lo espiritual, la familia, la aventura como vehículo de madurez, la claridad y honestidad de sentimientos en los personajes, el lujo y el confort como manifestación de la civilización… son temas presentes en la cinta de Anderson, de los que algunos son constantes permanentes en su obra.

Los personajes de Anderson suelen decir la verdad siempre cuando hablan de sentimientos, aunque en su tono y apariencia parezcan superficiales, frívolos o faltos de autenticidad, un poco como le ocurre al cine del director, a menudo vacuo tras sus excesos esteticistas. En ese contraste está la gracia de la cosa y parte del estilo del humor extravagante de Anderson.

Las familias desestructuradas y problemáticas son pieza fundamental del cine de Anderson, aquí lo vemos de forma algo más difuminada con esa tenebrosa familia vestida de negro que persigue la herencia de Madame D. (Tilda Swinton). También nuestros protagonistas carecerán de familia por distintas razones, con lo que afianzarán una disfuncional.

El lujo, la evasión hedonista y lujosa, contrasta con el entorno bélico que se avecina, que es tratado de forma frívola, superficial y tangencial de forma irónica. También está presente la aventura, pero aquí no implica un proceso de madurez, sino más bien catártico.




El cine de Anderson padece en muchas ocasiones de falta de cohesión, dispersión, algo que puede desconcertar ayudado por ese humor extraterrestre que tiene su tono. A esto se añade su reconocible estética, que en muchos casos le hace olvidar en cierta medida el fondo, lo que genera obras algo vacuas. En Fantástico señor Fox esto se corrigió bastante bien, pero siempre es un peligro que corre su cine.

El estilo visual de Anderson es muy depurado y reconocible, se asienta en unas claves muy estrictas que respeta con escrupulosidad. La primera y esencial es la búsqueda precisa del estilo geométrico, los planos de Anderson siempre son frontales, incluso en los plano-contraplano, plantará la cámara frente a lo que quiere mostrar sin angulación alguna y usando con distinta intensidad el gran angular, lo que crea una estética que en ocasiones se asemeja al cómic y que desvirtúa la imagen, dotándola de la irrealidad buscada, funcionando bien en el tono de comedia que suelen tener sus cintas. Del mismo modo usará los travellings, precisos y geométricos, o las panorámicas, que siempre serán de 90 o 180 grados estrictos y precisos, en muchas ocasiones precedidas de un travelling de retroceso.

También son destacables los juegos con los efectos de sonido, que si el espectador está atento deja toques simpáticos. Un ejemplo, al ver subir una mesa de ping-pong por unas escaleras oiremos el sonido de una pelota de ese deporte sutilmente.




Esta El gran hotel Budapest parece que ha encajado mejor con el gusto del público, que la ha visto más accesible, aunque en realidad va en la misma línea de las anteriores cintas del director, sin bien su presentación de esos vistosos, coloridos y entrañables años 30 que presenta es un goce para los sentidos.

Aquí, dentro de la surrealista historia se reflexiona de forma muy aguda sobre la nostalgia y la melancolía, sobre cómo se crean las mismas, y todo se hace a través de una maravillosa idea de guión, a través de la idea de relato y su legado, su transmisión. La cinta se convierte en un guiñó metalingüístico, que saluda al Quijote de Cervantes o al Paul Auster de hace unos años, para incluirnos en un relato que a su vez nos incluye en otro que a su vez nos incluye en un tercero, relatos que se han ido transmitiendo de generación en generación, como Anderson muestra brillantemente de forma visual con una niña que lee el relato escrito por un joven que ahora es viejo al que se lo contó otro viejo. Una niña que lee el libro escrito que nos presenta el escritor que nos cuenta cómo llegó a él la historia contada por otro personaje… Es el relato, el legado, la transmisión de una historia, lo que forja leyendas, crea nostalgias y las hace inmortales.

Hay muchos homenajes, de alguna forma El gran hotel Budapest mezcla con habilidad la comedia negra que salía de los Estudios Ealing con la esencia de los relatos criminales de Roald Dahl, un Dahl al que Anderson adaptó ya en Fantástico señor Fox (2009). Además la cinta está inspirada en los textos de Stephan Zweig y en su estética podemos ver reminiscencias de pintores como Egon Schiele, con el que se bromea en una simpática broma cultureta, o Gustav Klimt.

Toda esta amalgama tiene también guiños a Max Ophüls o al propio Alfred Hitchcock, con momentos de sabroso y absurdo suspense, así como a los clásicos de la comedia muda.

Todo ello salpimentado con dosis de ternura y romanticismo que acaban siendo clave a la hora de enganchar de forma más efectiva con el público, seguramente.

No es ninguna genialidad ni la cinta que más me ha gustado de Anderson, pero se ve como se toma un pastelito dulce y sabroso, como los que salen de Mendl’s en la película. Además tenemos otra magnífica composición de Alexandre Desplat, una vistosa dirección, buenas interpretaciones, con un Ralph Fiennes pletórico, y multitud de rostros conocidos, Saoirse Ronan, Bill Murray, Edward Norton, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Jude Law, Tilda Swinton, Adrien Brody, F. Murray Abraham, Harvey Keitel, Jason Schwartzman, Tom Wilkinson, Léa Seydoux, Owen Wilson

Si entras rápido en este universo propuesto por Anderson, la disfrutarás.

[Leer crítica de nuestro colaborata Savoy Trufle aquí mismo]

©Jorge García

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