sábado, 7 de junio de 2014

Crítica de la película "El viento se levanta" (Hayao Miyazaki, 2013)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC


El testamento del maestro Miyazaki. Su última película, su última gran película. Delicada, bella, hermosa, sutil, sugerente… No está entre sus grandes obras maestras, hay cierta dispersión, reiteración en la trama, un foco algo difuso y una historia estirada, pero tenemos toda la esencia del director, su ternura, su sensibilidad, su capacidad para el detalle, para conmover con lo mínimo. El viento se levanta es otra joya más de un director que pasará a la historia del cine como uno de los grandes y quizá, junto a Disney, el principal referente del cine de animación.

Hayao Miyazaki nos desoló a todos los cinéfilos con el anuncio de su retirada el 1 de septiembre de 2013, pero nos queda su obra y este último pedazo de genialidad en animación tradicional.




Jiro Hirokoshi fue uno de los ingenieros aeronáuticos más prestigiosos de su época, él diseño el célebre Mitsubishi A6M Zero, el modelo de los aviones que bombardearon Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941). Miyazaki hace un biopic hagiográfico y evitando cualquier elemento escabroso y polémico, cualquier toma de partido, centrándose en el idealismo del personaje, su sueño, convirtiéndolo en un álter ego de él mismo, un apasionado de la aeronáutica y los aviones.

Miyazaki expone gran parte de sus constantes, una cinta que tiene toda la esencia del director pero en un género radicalmente distinto. Puro Miyazaki en una película distinta. Aquí, el magnífico director japonés, se aleja de la fantasía, aunque habrá guiños oníricos en los sucesivos sueños del protagonista, para sumergirse en una historia real, repleta de autenticidad, idealizada, sencilla, pero que marca una evidente distancia con lo que ha sido el tono de su filmografía hasta ahora. Porco Rosso (1992) sería el film de Miyazaki que más se acercaría a la actual que nos ocupa, una película en ambiente bélico con la aviación como tema principal y mucho más realista que el resto de su obra, una cinta muy fordiana además, pero que contenía ciertos elementos fantásticos. Esta que nos ocupa no es nada fordiana, es un melodrama de esencia oriental y belleza conmovedora y sutil.



Muchas de las claves de Miyazaki aparecen de forma tangencial, sutil o de manera secundaria, dando primacía a otras, como la aviación, el proceso de madurez, la transformación, el cambio, los sueños vinculadores…

La infancia también tiene su protagonismo, lugar donde se forja la persona, sus ideales, sus sueños, que vincula nuestro yo esencial. Será en la introducción, cuando veamos a nuestro protagonista de niño, su afición a volar y la gestación de su vocación de ingeniero aeronáutico tras un sueño.

La naturaleza sigue siendo un elemento importante en el cine de Miyazaki, como no puede ser de otra forma, aunque aquí aparece minimizado, de una manera más sutil, pero importante. No sólo la tenemos en el apartado estético, con grandiosos paisajes que enmarcan a los personajes y su romanticismo e idealismo, en los fenómenos climatológicos a menudo simbólicos, sino en pequeños detalles que salpican la narración e incluso son importantes en la misma (los bueyes que transportan aviones en las fábricas, las raspas de caballa inspiradoras de diseños de aviones…).



Los trenes simbolizan el destino, la lucha continuada por un sueño, son la manifestación física, además, de los hilos invisibles que nos unen, en este caso vertebrando el sueño de Jiro por los aviones y su amor por Nahoko. Los trenes son casi un personaje más, como los aviones, apareciendo de forma constante.

Los momentos oníricos de Jiro, el protagonista, donde conversa con su referente, el ingeniero italiano Gianni Battista Caproni (1886-1957), son donde tenemos al Miyazaki más reconocible a nivel visual, en una película que es visualmente extraordinaria, poética y muy bella. Habrá momentos donde el espectador que haya visto más cine de Miyazaki recordará otros títulos imprescindibles de su obra. El problema con estos sueños, metalingüísticos, es que en muchas ocasiones se hacen reiterativos, son narrativamente intrascendentes salvo alguno, interrumpiendo una narración ya de por sí algo morosa.




Ese es uno de los problemas de la cinta. El viento se levanta es una película saltarina, impresionista, muy elíptica, algo obligado para englobar buena parte de la vida del protagonista y varios hechos históricos (el terremoto de Kanto en 1923, la Gran Depresión, la entrada de Japón en la 2ª Guerra Mundial…), pero es algo que no ayuda, ya que todo queda algo difuso, con un foco un poco disperso, especialmente con la parte de la trama donde se muestran los avances de Jiro con sus prototipos de aviones que lo llevan de un lugar a otro sin excesivo interés, alargando la trama en exceso. Por el contrario la historia de amor entre Jiro y Nahoko resulta conmovedora y hermosa, exquisita, con momentos de una intimidad y belleza excelsa, una ternura de la que sólo es capaz el cineasta japonés, como ese primer beso robado de la pareja en la cima de una montaña cuando ella pinta, un fugaz momento, o cuando Nahoko arropa y se acurruca junto a su cansado marido en la cama…




Debo añadir que me entusiasma el personaje del mal encarado meritócrata llamado Korokawa, un personaje muy clásico de Miyazaki que resulta encantador. También hay que destacar la música de Joe Hisaishi.

Miyazaki no se pronuncia ideológicamente, muestra todos los aspectos de forma tangencial viéndolos a través de la pura e idealista mirada de su protagonista, que se limita a perseguir su sueño, hermoso, sin más consideraciones…

Miyazaki habla de sueños, de ilusiones, como impulso del mundo, del ser humano; habla de personas, del respeto mutuo y la educación, de la amistad, del amor puro, de la madurez y el cambio, de la transformación obligada hacia algo mejor, en comunión con la naturaleza; nos habla de su amor por los aviones y la necesidad de perseguir nuestros sueños sin matices…




El viento se levanta es una poética joya, una obra notable que sólo queda algo deslucida en comparación con las obras maestras del autor y algún defectillo narrativo, pero que conmueve y se disfruta perfectamente. Un testamento fílmico excelente, sin lugar a dudas, en el que aunque pueda faltar algo de garra y del que conociendo el talento del cineasta alguno pudiera esperar más satisface plenamente y despierta la tierna y cómplice sonrisa habitual en el espectador que ve su cine.

©Jorge García

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