sábado, 31 de mayo de 2014

Crítica de la película "El viaje de Chihiro" (Hayao Miyazaki, 2001)


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC


Una de las mejores películas de animación jamás rodadas, ahí es nada. El gran Hayao Miyazaki ha decidido dejar el cine para desolación de sus fans y todo cinéfilo de bien. El grandioso cineasta japonés que revolucionó la animación apostando por la tradicional de toda la vida, ha dejado una filmografía excelsa repleta de poesía en cada una de sus obras de arte. Con El Viaje de Chihiro (2001) alcanzó una de sus cimas indiscutibles. Cine de valores, principios y una belleza singular. Uno de los más grandes cineasta de animación de todos los tiempos, creador del Estudio Ghibli, algo así como el Disney japonés.


El universo del Miyazaki es increíblemente rico, un universo en continua expansión, desbordante de imaginación, repleto de metáforas, alegorías y capacidad de sugerencia, una orgía de detalles, personajes y elementos que estimulan la imaginación infantil o no. En El viaje de Chihiro tenemos todas sus claves, constantes y temas esenciales, de una manera sublimada, no en balde estamos ante una de las mejores obras del cineasta, de las más reconocidas.



Entre todas sus constantes una de las que relucen con luz propia es su conocimiento absoluto de la psicología, de la sensibilidad, del funcionamiento de la naturaleza infantil. Un conocimiento repleto de sensibilidad, ternura y profundidad. El descubrimiento, la fascinación, la magia, lo invisible, lo imposible… todo ello se relaciona con el mundo infantil, inherente al mismo. Pero hay muchos más temas y constantes en el cine de este descomunal autor, el mundo aéreo, con los aviones, personajes voladores o similares, siempre están muy presentes, lo aeronáutico es una de las pasiones de Miyazaki. 

El amor por la naturaleza, esencial, donde plantas, rocas o todo tipo de elementos que la forman adquieren vida o son de vital importancia en sus narraciones, un mundo a proteger siempre protagonista en el cine del director japonés, que en sus mejores trabajos resulta un estimulante mensaje ecologista, aunque en otras ocasiones peca de simplista. El amor, en sentido abstracto, es otro tema indispensable del cineasta, generalmente relacionado con un chico y una chica o un niño y una niña, como en la película que nos ocupa, pero que no tiene por qué estar ligado al amor sentimental o de pareja, trasciende todo eso. En El viaje de Chihiro ese amor acaba siendo una alegoría hacia la propia naturaleza. La lucha del bien contra el mal, un mal que en numerosas ocasiones no lo es tanto y acaba también redimido, la aventura, ya sea pura o minimalista, ya sea ocasional o como estructura también son aspectos que podemos ver en un buen número de películas de Miyazaki. La familia, como lugar esencial para el buen desarrollo de la infancia, ya sea ésta la tradicional o más disfuncional, es un aspecto preeminente también. Aquí los padres no quedan bien parados, Chihiro debe aprender todo sola, en una defensa del sacrificio y el individualismo muy marcada.




La transformación, la metamorfosis, está siempre presente en las películas de Miyazaki, la dualidad, personajes que cambian de aspecto, de personalidad o que contienen dos personalidades que luchan en su interior y donde siempre suele acabar venciendo la bondad. La dualidad es mostrada de múltiples formas en el cine del director japonés, parejas protagonistas, personajes con doble cara o distintas personalidades… Aquí tenemos dos amenazantes brujas pero finalmente no serán para tanto, la malvada Yubaba y la bondadosa Zeniba, por ejemplo.

Uno de los aspectos más característicos de la estética poética de Miyazaki es su capacidad para transmitir miedo e inquietud al espectador, sentimientos muy característicos de los niños ante lo desconocido, para luego tornar a dichos personajes en todo lo contrario. Así muchos de los personajes resultarán amenazantes para, a menudo, convertirse en inofensivos finalmente.



El viaje de Chihiro tiene mucho de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo, las obras de Lewis Carroll. El tránsito que realiza la familia de la protagonista en coche a través del bosque y luego por el túnel nos remiten a ellas, un viaje al lugar de la fantasía, un lugar que sólo es posible en la mente de un niño… generado por él.

Es evidente que una cinta con esta capacidad de sugerencia e imaginación tiene muchos símbolos y elementos reseñables, matices de significación que dan una riqueza extraordinaria a todo. Uno de estos elementos simbólicos es el tren. El tren simboliza el tránsito, la idea de la madurez, de la superación de los miedos y temores de Chihiro, un viaje de madurez que debe hacer. De este modo el tren se irá acercando paulatinamente a Chihiro según vaya avanzando en ese aprendizaje hasta que, finalmente, cuando esté lista, podrá realizar ese viaje final dentro del propio tren, como si de un videojuego en el que hay que ir pasando misiones para llegar a los siguientes niveles se tratara. Cada progreso en la madurez personal de Chihiro viene subrayado con la aparición del tren. Esto es sólo uno de los muchos elementos a analizar en esta cinta, sutiles, poéticos, pero que dan claves básicas de la obra.



El viaje de Chihiro es una historia de madurez, por ello nuestra protagonista está obligada a superar los miedos, las inseguridades que va a encontrarse en su nueva vida, tendrá que confiar, superar las vergüenzas, el miedo a presentarse, a hablar, tendrá que luchar por lo suyo, hacerse valer… todo lo necesario cuando se llega a un nuevo lugar. Además la niña se buscará un motivo poderoso para lograr todos estos propósitos. Reencontrarse con sus padres. Todas estas enseñanzas son además aplicables para cualquier edad, pero adquieren mayor fuerza e importancia en la infancia.

Son muchas las escenas que definen esta obra maestra y su descripción lúcida de la infancia, pero hay una en especial que además escenifica como pocas veces se ha hecho los códigos de la misma. Una escena que define a la perfección el funcionamiento de la película como manifestación y exploración del mundo infantil y su universo absolutamente personal y único. Chihiro pisará a un pequeño gusano negro que estaba dentro de Haku, el misterioso amigo que ayuda a Chihiro y que también tiene una personalidad oculta, transformado en dragón. Tras pisarlo parece quedar como en trance y formará un círculo con sus manos, en ese momento Kamajii, el personaje que se encarga de las calderas, sin mediar palabra romperá ese círculo formado por las manos de Chihiro con la suya, destruyendo ese hechizo. Esa idea de que con un simple gesto se rompe un hechizo o un estado es universal en el mundo de los niños y todos los que leen este artículo la han usado alguna vez en su infancia (alguien dice algo y no podemos hablar hasta que otro nos libere de esa orden, quedamos presos y hasta que no nos toquen no volvemos a quedar liberados, tocamos un árbol y nadie nos puede hacer daño porque es “casa” etc. etc.).




La descripción de Chihiro, la protagonista, es realmente magnífica, no es nada resabiada, ni especialmente talentosa, la llaman torpe en varias ocasiones y la veremos fallar por su impericia y falta de habilidad en otros muchos momentos. Es decir, es una niña normal, capaz de sobreponerse a los errores, mejorar y lograr sus propósitos. Una chica corriente y encantadora con la que cualquiera puede identificarse.

Son innumerables las enseñanzas y valores que defiende El viaje de Chihiro, desde el respeto a la naturaleza, clave en el cine de Miyazaki, hasta el control de nuestros impulsos, el valor del trabajo y el sacrificio, el sentido común, el conocimiento de uno mismo, la seguridad en nosotros mismos, la moderación… todos son aspectos vitales a aplicar sea cual sea la edad. Sin todos estos valores que muestra El viaje de Chihiro, Miyazaki nos dice que somos menos personas, menos humanos, y acabamos por convertirnos en meros animales.


Delicada, sutil, imprescindible, Miyazaki con habla sobre lo que no se ve, sobre el poder de lo invisible, de los lazos que nos unen, sobre el amor, la imaginación y sobre la fantasía. Rendíos y enamoraos de esta maravilla, de su magia y su universo único. Una joya indispensable para conversar íntimamente con nosotros mismos y nuestro pequeño niño interior.

©Jorge García



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