martes, 1 de octubre de 2019

Crítica de EL DÍA DE LOS TRAMPOSOS (Joseph L. Mankiewicz, 1971): Reseña


por Möbius el Crononauta



Esta clásica película titulada El día de los tramposos no es sino un western satírico, de esos que comienzan con una canción de musical y arreglos jazzísticos (que parece que no, pero es pegadiza: cada vez que veo la peli me quedo unos días canturreándola), y que siguen con una historia no muy típica. Es uno de esos últimos trabajos que rodó Joseph L. Mankiewicz y en los que tenía mucho que decir.





No todos los directores pueden presumir de haberse retirado a conciencia (fuera o no, de todas formas, a su pesar) con films que expresaran tanto y cuya calidad estuviera por encima de la media. Pero sin embargo Mankiewicz lo consiguió. Y desde luego era muy consciente, para entonces, de que su tiempo se acababa.

A finales de los 60, Mankiewicz venía del desastre logístico de Cleopatra (su lapidaria frase antes de su estreno fue "siento que la guillotina está a punto de caer") y del sonoro fracaso en taquilla del último film que había escrito y dirigido, Mujeres en Venecia. Aunque La guerra de las galaxias aún no se había estrenado, la clarividencia de Mankiewicz le permitió ver que los gustos del público estaban cambiando, que los efectos especiales cada vez tenían más peso y que, en definitiva, y como él mismo dijo, cada vez había menos gente en las salas de cine con la "suficiente paciencia para escuchar".




Por otro lado, aunque los gustos y la protección de la era del sistema de estudios comenzaba a ser un recuerdo del pasado, la anulación de la censura y una nueva generación de cineastas, actores y guionistas habían permitido que se escucharan nuevas voces con formas distintas de ver las cosas. Mankiewicz, que nunca había apreciado el western, vio cómo otros directores usaban el género para buscar nuevos itinerarios artísticos, o para reescribir, de una manera más acorde con los tiempos, la historia que el cine había contado del Salvaje Oeste. Su carrera se acababa, pero todavía le quedaban un par de cartuchos que disparar, y ahora tenía un nuevo campo de tiro en el que jugar.

La pistola que usar la halló, ya decidido a no escribir más, en un guión de David Newman y Robert Benton, quienes habían entrado fuerte en Hollywood de la mano de Arthur Penn con la mítica Bonnie y Clyde. En el guión del dúo de escritores de moda Mankiewicz encontró lo que buscaba: un western donde nada era lo que parecía. El director nunca había tragado demasiado con las historias de indios y vaqueros, y menos aún con la degeneración del género, donde los buenos eran muy buenos y los malos muy malos, como los seriales de los años 40 y las series televisivas de los 50 y los 60. Con El día de los tramposos Mankiewicz estaba dispuesto a romper todas las reglas del género.




En esta historia ambientada en el Oeste y particularmente en un penal, Mankiewicz quería presentar la típica historia del sheriff y el forajido, pero borrando toda frontera preconcebida que se pudiera tener de los personajes. En El día de los tramposos el director y productor se decidió a juguetear en el terreno desconocido del nuevo Hollywood: se permitió mostrar unos cuantos desnudos (casi de tapadillo, pero desnudos al fin y al cabo) y ya en la secuencia inicial rompía el mito de la sirvienta negra feliz y sonriente con una genial, en su sencillez de cine mudo, escena situada en el lugar que el blanco no ve, la cocina.

En definitiva, Mankiewicz fue algo más allá de lo que se le había permitido antes. Aparte de ironizar sobre los arquetipos del género, el bueno y el malo y los temas raciales, también disfrutó poniendo en primer plano a una pareja homosexual de estafadores y colocando de personaje central a un pícaro hideputa quien, sin embargo, tal vez, no sea el retorcido al que alude el título original.




Para el reparto de la película Mankiewicz se rodeó de viejos conocidos como Kirk Douglas (que se llevó una roulotte de lujo con jardín propio al rodaje en el desierto), Henry Fonda o c, más otros excelentes actores como Hume Cronyn, Warren Oates o John Randolph. Huelga decir que están todos estupendos, y el papel del forajido aprovechado le va a Douglas como un guante, y lo mismo se puede decir del de Fonda.

El día de los tramposos, amigos, un western irónico y divertido y ciertamente entretenido, dirigido por un director que, al fin y al cabo, estaba ya de vuelta de todo.

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