lunes, 7 de octubre de 2019

Crítica de LA GRAN PELEA (Buddy Van Horn, 1980): Reseña

por Möbius el Crononauta




Suele decirse, y puede sonar a tópico aunque normalmente es así, que segundas partes nunca fueron buenas. En el cine hay excepciones, algunas con bastantes defensores, como El imperio contraataca o El padrino II. Bien podría decirse también que La gran pelea se podría incluir en el grupo de la segundas partes que superaron a la primera. En este caso, la secuela de la "comedia con mono" Duro de pelar era todavía más chorra que la primera, lo cual sin duda agradecemos muchos fans del Eastwood más simiesco y desenfadado que se haya podido ver.




Parecerá increíble, o no, pero lo cierto es que Duro de pelar sigue siendo hoy en día uno de los films más taquilleros de la filmografía de Clint Eastwood. Fue uno de los films que más recaudaron en el país de las hamburguesas en su año de estreno, y si a eso añadimos que el reparto se lo pasó pipa en el rodaje, no es raro pues que en la Malpaso se decidieran a aprovechar el filón.




Se juntó el mismo reparto estelar que en la primera parte, esto es, Eastwood, su por entonces inseparable Sondra Locke, Geoffrey Lewis y la maravillosa Ruth Gordon, más la entrañable banda motera de los Viudas Negras (John Quade, Bill McKinney y algún otro secundario del grupete de amigos de la Malpaso) más una larga retahíla de secundarios que quizás algunos, los más viejos o frikis del lugar, recuerden. Se dejan ver Barry Corbin (el general entrado en carnes de Juegos de guerra), el forzudo William Smith, en un papel estelar no muy frecuente (aunque, ¿recuerdan su Falconetti?) o Al Ruscio, que interpretó a capos mafiosos en centenares de series y pelis de serie B. El único que faltó fue el orangután Clyde original, ya que al parecer había crecido demasiado, aunque se apuntó en el afamado libro Hollywood Monkeylon que en realidad había sucumbido al estrellato y estaba demasiado gordo y en plan Brando como para hacer la segunda. Tal vez su agente pidió demasiados plátanos, no sé, pero el caso es que le buscaron un sustituto que, de todas formas, era tan carismático como su predecesor.




Los créditos iniciales ya evidencian que Clint se tomaba esto como un divertimento personal, pegándose el gusto de cantar (bueno, a su manera) junto a Ray Charles. Aparte del omnipresente country en cualquier película de paletos camorristas, Eastwood dejó fluir sus pasiones y aparte de colar a Charles también le dio un cameo a otro adorado amiguete, Fats Domino. Y todos sabemos que cualquier película con Fats gana puntos. El gran error de Cameron fue no llamar a Fats para que saliera en Avatar, si no, seguro que le habrían dado el Oscar a la mejor peli.




En fin, La gran pelea no esconde nada tras su título: hay muchos puñetazos, country, cerveza por doquier, plátanos, chicas rubias y humor simplón. Clint, con medio siglo a cuestas, seguía en una forma envidiable, y se permitía el lujo de hacer lo que quería, ya fueran serios proyectos personales o comedias intrascendentes como esta. En resumen, lo que siempre había hecho. Y había tantas maravillas por venir...

Pues eso, que no hay manera mejor de acabar esta reseña que con un "¡A la derecha, Clyde!".

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