lunes, 29 de julio de 2019

BARONESS - Gold & Grey (2019): Crítica review


Por Esteban Martínez (@EMartineC)




Este grupo que se hace llamar Baroness es una de esas bandas que no quisiésemos verla jamás fallar. Ya sea por la discografía que han sido capaces de entregar, con sus (hasta ahora) cuatro impecables discos de colores y portadas únicas, o por la tragedia que alguna vez tuvieron y supieron enfrentar, los liderados por John Baizley han sabido ganarse un pedacito de nuestros corazones durante esta década de existencia que han llevado adelante. No quisiésemos que fallasen, pero esta vez han fallado de  medio a medio. En todo. Tras cuatro años de silencio y luego de dos álbumes realmente exquisitos, pese a lo diferentes que resultaron entre sí, Baroness se enfrentaba al desafío de retomar la senda íntima/progresiva que tantearon en Yellow & green (2012) o volver a vomitar energía como hicieron en el directo Purple (2015). El camino que han decidido tomar, sin embargo, se encuentra a medio paso de todo.



Nos encontramos acá con 17 piezas que extienden el total a 60 minutos que se hacen tan pesados como a momentos inaudibles. Y es que comencemos hablando de aquello: la producción. La maldita mezcla de sonido. Que ya en Purple nos había llevado a arquear la ceja pero toleramos de todas formas a causa de un conjunto de canciones que cumplían de sobra. Esta vez no ha sido así y el descalabro sonoro ha quedado en evidencia. Gold & grey es un verdadero tarro. Saturado todo el tiempo, imposible de oír (menos disfrutar) a un volumen alto. Sí que han jugado siempre con este tipo de sonido, pero esta vez se les fue total y absolutamente la mano.

Ahora, pasando por alto la producción toca hablar de la música en sí. Ahí nos encontramos con un álbum doble que si bien comienza con mucha energía en su tridente inicial compuesto por 'Front toward enemy' + 'I'm already gone' + 'Seasons' pronto comenzará a descender sus revoluciones y adentrándose en una sucesión de temas introspectivos (´Tourniquet', 'I'd do anything', 'Cold-blooded angels') que se vuelven más difíciles de seguir aún a causa de la inclusión de una serie de piezas cortas que pretenden ser puentes instrumentales entre tema y tema ('Sevens', 'Anchor's lament', 'Emmet - radiating light'), pero únicamente entorpecen un trámite que por sí solo ya era difícil de llevar.




Entre todo este ir y venir sonará una que otra canción que apuesta por la energía ('Throw me an anchor' o 'Broken halo'), pero estas no poseen un gancho suficientemente atractivo como para sacarnos del tedio, el cual incluso acabará ahogando al álbum en su recta final donde continuarán intercalándose instrumentales ruidosos de dos minutos con una pieza directa como ‘Borderlines’ o la experimental ‘Pale sun’, cerrando así un álbum de confusas intenciones y que tras cuatro años de silencio siembra más dudas que certezas en torno al presente de esta gran banda.

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