lunes, 15 de julio de 2019

THOM YORKE - Anima (2019): Crítica review


Por Esteban Martínez (@EMartineC)




Siguiendo esa línea de lo que vienen siendo sus trabajos desde hace un buen tiempo hasta la fecha, Thom Yorke vuelve en este 2019 con el que oficialmente cuenta como su tercer álbum en solitario, Anima, aunque el hombre ha colaborado en múltiples proyectos durante esta década además del par de discos editados en Radiohead. El caso es que si unos años atrás lo oímos muy alejado de las melodías y entregado por completo al uso de la electrónica + maquinitas varias en el monótono Tomorrow's modern boxes (2014), álbum que en lo personal me aburrió soberanamente y me llevó a temer lo peor ante esta nueva entrega, grata ha sido mi sorpresa al constatar el buen nivel que exhibe Anima, un disco por sobre todas las cosas: atinado. Y es que si bien nos encontramos a lo largo de estos casi 50 minutos de música con los (ya) clásicos pasajes de Yorke centrados en ambientes regulares también logramos identificar un crecimiento enorme en el trabajo de cada una de las piezas aquí entregadas, como si todos los errores cometidos en su antecesor hubiesen sido corregidos en esta ocasión.




Uno de los desafíos a la hora de componer música electrónica es el que esta no suene fría y distante, que emocione y transmita pese a no contar con instrumentos en sus arreglos. Aquel escollo el mismo Yorke supo en algún momento de su carrera junto a Radiohead enfrentar de manera brillante, me refiero obviamente a ciertos pasajes desarrollados en la era Kid A / Amnesiac, para luego en discos posteriores ir experimentando cada vez más, siendo The king of limbs probablemente el trabajo más Thom Yorke en toda la carrera de los británicos. A estas alturas del partido no resulta una locura el afirmar que el vocalista maduró sus influencias y fascinaciones electrónicas primero al interior de su banda madre para poco a poco ir exportándolas hacia su carrera en solitario.

Y de todo aquello nos habla musicalmente Anima. La estructura regular de 'Traffic' que lentamente avanza hasta desencadenar una descarga final que nos la imaginamos gustosos en vivo, los característicos juegos vocales que se desarrollan en medio del caos que regala 'Last I heard (... he was circling the drain)' o los loops constantes de 'Twist' dan cuenta de una claridad enorme por parte de Yorke para trabajar su ya característica electrónica con toques hipnóticos.




Acercándose al nudo del disco aparecerá 'Down chorus', un relato emocional de aquellos que Yorke incluso ha entregado junto a Radiohead (muy a lo 'Daydreaming') para luego retomar el trabajo de ambientes, centrado en las percusiones primero en 'I am a very rude person' para así encontrar el momento más brillante del álbum, aquel compuesto por la maquinal 'Not the news' y la bailable (a la Yorke claro está) 'The axe', en lo que me parecen los diez minutos mejor logrados del trabajo y si es que no de la carrera en solitario del compositor (quizás comparables con el nivel exhibido en las tres primeras de Eraser, su debut en solitario de 2006). En el cierre aparecerá 'Impossible knots' que va muy bien guiada por un bajo + platillos y la robótica 'Runwayaway', la única que se percibe como un exceso de monotonía en un disco que creo podría haber cerrado perfectamente cinco minutos antes de manera impecable.

Si en 2006 Thom Yorke debutaba en solitario con un sólido y reconocido The eraser, el cual olía a Radiohead en todos sus rincones (de ahí las buenas críticas recibidas), hay que darle el que casi quince años después acabe por entregarnos un álbum que funciona en direcciones absolutamente opuestas. Sin la presión de tener que meter melodías reconocibles en sus discos el inglés ha sabido valientemente salirse con la suya, porque donde cinco años atrás nos hizo dudar esta vez ha triunfado absolutamente.

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