domingo, 1 de marzo de 2015

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (69): Gusano



Gusano


Pasamos de no salir de casa ni en verano a recorrer resueltamente el mundo y sus más ocultos y preciosos rincones (¿no es así como se llaman?). No fue azar pasajero; solo fruto o consecuencia natural de que dos años consecutivos nos tocase el premio gordo de la lotería de Navidad. Una buena cantidad de dinero que doblamos en poco tiempo debido a unas más que positivas inversiones en bolsa y en negocios abiertos que rindieron con provechosa fecundidad, proporcionándonos puntualmente multiplicados y suculentos beneficios. Fueron años de bonanza económica y en los cuales lo que llamaron luego especulación inmobiliaria estaba a la orden del día, un carro al que no dudé en subirme tras un impagable asesoramiento de confianza.

Dejados nuestros negocios en las mejores manos y a los hijos estudiando en los mejores colegios en el extranjero, Rodolfa y yo nos dedicamos a cumplir con el sueño de ella: viajar, como dejé dicho. Sueño ajeno al que me amoldé yo con una facilidad no esperada. Primero fue Europa y, con los años, fuimos saltando de continente en continente importándonos siempre más el destino que la distancia. Teníamos a nuestra disposición todo el tiempo de nuestra existencia y dinero para parar la rotación del planeta, y, por ende, para hacer lo que nos viniese en gana. Así es la vida, la nuestra; lo sigue siendo de hecho, pero no es nada envidiable, os lo seguro; es solo otra forma de vivir, y muy cansada.

En fin, quiso la fortuna que nos perdiésemos (literalmente) en una expedición lujosa por el corazón de África, en plena selva, en las verdosas tinieblas que rodean el discurrir legendario del río Congo. Lugares inhóspitos, no hollados, lugares de ensueño... y peligrosos. Perdidos, Rodolfa y uno, en la noche, temblando entre los infinitos sonidos que sumen la jungla en un caótico concierto, perdidos y agotados ya de dar voces y lanzar disparos al aire sin que tuvieran la repercusión deseada. Nada. Perdidos, solos, indefensos, anduvimos kilómetros durante varios días, no recuerdo si tres o cuatro, entre la maleza umbrosa y áspera, destrozados y con un machete que había perdido el filo y me había dejado la muñeca rígida como un palo.

Un claro en la selva nos llevó hasta el poblado, cuyos habitantes optaron por recibirnos alborozados en vez de cocernos en una caldera, como posibilidad no calculada. Alea jacta est, dijo Rodolfa avanzando entre los niños y algunas viejas negras que salieron sonrientes a nuestro encuentro.

No pararé en detalles pues se aburrirían, y, sintetizando mucho, diré que no eran mala gente, aunque un poco guarros y nada pudorosos. Y lo más importante -por eso escribo estas líneas-: las columnas de piedras apiladas a manera de tótem gigante en las inmediaciones del poblado en las que estaba dibujado el unicornio; varios, tendría que decir, y de distintos colores.

Tras la convivencia y amistad debidas, ya materializadas en costumbre, pregunté, siempre por señas, al jefe de la tribu, Cron. Señaló de modo impreciso con su enorme pipa hacia una dirección en la espesura y no tardó mucho en organizarse la marcha. A la mañana siguiente, ya que era lo que queríamos, nos llevarían a ver los unicornios. Ni Rodolfa ni yo salíamos de nuestro asombro.

Fue un viaje duro pero ameno, o entretenido al menos, subiendo y bajando peñascos, cruzando arroyos, esquivando al fiero león y a la ladina serpiente, todo entre armoniosos cánticos tribales bien trabados y algarabía de voces y risas, que se intensificaban más aún viendo a Rodolfa quejándose por todo y alzándose las faldas para saltar charquitos y pelando esos frutos sabrosos melindrosamente cuando el resto los consumía a bocados, devorándolos sin miramientos. Llegados a las inmediaciones del lago, todo cesó y, siguiendo órdenes del jefe Cron, esperamos tras los matorrales en un respetuoso, reverencial y absoluto silencio. Un silencio sagrado. Ese silencio formaba parte de un rito atávico, milenario. Los unicornios acudirían a beber agua de ese lago y no había que molestarlos. En el transcurso de la larga espera, deparé en una presencia singular entre el ramaje, desplazándose con inusitada lentitud por la superficie leñosa de un tallo. Se trataba de un enorme gusano, peludo y de un parduzco tono amarillento. Me ganó en principio por la rareza de su expresión.

Vi que sus pequeños ojos constaban de una especie de diminutos párpados que el gusano cerraba, según pude comprobar, cada cuatro segundos exactos y los volvía a abrir de súbito, inmediatamente. También vi que movía los ojos de manera independiente, como lo hace un camaleón. Era fascinante. "Ya llegaron, cari, ya llegaron; es impresionante". Observé también que sobre esos ojillos maravillosos se dibujaban unas cejas hechas como de pelusilla. Avanzó otro poco subiendo por la rama, mientras al fondo se oían unos relinchos y Rodolfa me apretaba el brazo y lloraba de emoción. Los unicornios eran dos y bebían agua alternadamente levantando su cabeza, y con ella el cuerno retorneado, hacia el cielo. Fue una visión fugaz, porque yo seguía embelesado con ese gusano que, de pronto, alzó sus dos ojos, a la vez, y apuntó con ellos a los míos, retadores. Observé un gesto humano en él. Y, aunque no podría confirmarlo, creo que el gusano me guiñó un ojo, el izquierdo. "Dios mío, querido, ha sido lo más extraordinario que he visto jamás. No nos creerán cuando regresemos". En ese momento, cuando Rodolfa terminaba de susurrarme esas palabras, el gusano se descolgaba de la rama y se dejaba caer perdiéndose entre el follaje para siempre. Intenté buscarlo removiendo el suelo leñoso con un palo, pero no volví a verlo. Retornamos al poblado con doblados canturreos y sonidos acompasados con cañas huecas que la multitud hacía chocar gozosa.

©Ángel Carrasco Sotos

2 comentarios:

  1. Hola, Ángel.

    Ese gusano era grande para perderse, la verdad es que la imagen es espeluznante.
    Me encanta el relato, hay una expresión que me suenan muchísimo como esa de "Dios mío, querido", que yo creía que solo la decía mi abuela y mi madre... Hay que ver lo pequeño que es el mundo.

    Felicidades, tío estupendo.
    Un besabrazo enorme.

    PD: Te veo en la Feria del Libro. Tiempo al tiempo...

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    1. De vez en cuando meto alguna fraseceja del terruño como contrapunto a los cultismos (ejem) con que embadurno a veces estos pequeños relatillos.
      Nos veremos algún día en la feria del libro... pero comprando, jaja (por cierto, llevo años sin ir por el Reti). Un besazo, chavala, tú sí que eres estupenda y enorme.

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