jueves, 4 de abril de 2019

Crítica de la película "Vivir", de Akira Kurosawa (1952): Reseña


por Möbius el Crononauta



El gran Akira Kurosawa fue un buen conocedor de la literatura rusa, y tenía en mente llevar a la pantalla una historia inspirada por La muerte de Ivan Ilich de Tolstoi. El sonoro fracaso de El idiota (una adaptación de Dostoievski), que no había satisfecho a nadie, ni siquiera al propio Kurosawa, no fue impedimento para que el director siguiera adelante con su idea, aunque esta vez tenía muy claro que no iba a ser una adaptación literal, sino que adaptaría la historia a lo que quería contar y a un escenario y sentir netamente japoneses.



Para elaborar el guión, aparte de contar con su colega Shinobu Hashimoto, el director decidió llamar a Hideo Oguni, un guionista algunos años mayor que Kurosawa, que llevaba en plantilla de la Toho desde 1938. Aunque en el estudio estaba considerado como poco más que un guionista fiable de films de acción, Kurosawa le respetaba mucho, y había acudido a Oguni siempre que había tenido alguna duda a la hora de elaborar un guión. Pero esta vez Kurosawa le pidió que colaborara con él, a lo que Oguni aceptó. Oguni se convertiría en mano derecha del director durante prácticamente el resto de su carrera, y Kurosawa le respetaba de tal manera que Oguni tenía en la práctica el poder de veto. Cuando el guionista llegó al albergue donde Hashimoto y Kurosawa estaban elaborando el guión, Oguni les dijo que nada de lo que habían hecho servía. Aunque Kurosawa se enfureció y culpó a Oguni por no haber llegado a tiempo, el guión fue reestructurado siguiendo los consejos del veterano guionista.




Semioculta entre la grandiosa Rashomon y la épica Los siete samuráis, Vivir es otra gran obra maestra de Kurosawa, y nada tiene que envidiar a otros títulos de la época. Vivir es un drama emocionante, un film que trata acerca de la vida y la muerte, pero no sólo la muerte física, sino también, y ése es realmente el mensaje que oculta la historia, la muerte en vida, esa clase de muerte que sobreviene a aquellos atrapados en una rutina sin sentido, en un trabajo que en nada gratifica, y en el que los días se confunden en uno sólo. Sin alegrías ni penas, Vivir es un mensaje para aquellos que parecen pasar de puntillas por la vida, aquellos para quienes vivir consiste simplemente en hacer tiempo.




Es el caso del protagonista del film, Kanji Watanabe, un funcionario jefe de sección que languidece en su puesto, y cuya única misión consiste en hacer como que trabaja, mientras sus empleados se quitan los problemas de encima llevando al público de una ventanilla a otra (como se ve, diríase que los funcionarios son todos iguales en todas partes). Su oportunidad de cambiar y renacer, o dejarse llevar por la corriente, llegará cuando le diagnostiquen un cáncer incurable.




Vivir está repleta de momentos emotivos, escenas que hacen reflexionar, todo dentro de una gran sencillez, aunque de vez en cuando Kurosawa se permite algún plano manierista (como ocurre en la secuencia del piano-bar por ejemplo). De todas formas es una sencillez algo aparente, porque todas las escenas clave del film están cuidadosamente construidas y ensayadas, concebidas con una gran inteligencia, como por ejemplo la escena del renacer metafórico de Watanabe con las chicas que celebran un cumpleaños de fondo, en lo que resulta un plano muy logrado. Desde los movimientos de los actores, que cobran un marcado protagonismo en varias escenas (en ese aspecto destaca la escena de Watanabe en la sala de espera del médico), hasta las variadas y brillantes secuencias que se reparten a lo largo del film, Vivir constituye una obra maestra de Kurosawa, y es un fiel reflejo del gran momento inspirado (a pesar de El idiota) por el que estaba pasando el director nipón. Aunque si por algo se recuerda Vivir, si se busca realmente un icono que refleje el maravilloso, desolador pero también algo esperanzador mensaje del film, hay que hablar de la increíble secuencia de Watanabe en el columpio, formada por dos planos, mientras la nieve cae sin cesar. La vieja canción de amor y carpe diem que entona Watanabe junto con la solitaria imagen de él columpiándose en la fría noche, y dada la información que Kurosawa ya ha dado al espectador unas secuencias atrás, crean un ambiente indescriptible. No solo es una de las secuencias más poderosas de Kurosawa, es sin duda una de las mejores secuencias de la historia del cine. Aunque sea una frase manida, nunca ha sido más cierta: sólo por la escena del columpio merece la pena ver Vivir.




Rodeado por algunos de los habituales del director, y sin contar esta vez con Toshiro Mifune, el gran protagonista del film es un Takashi Shimura inconmensurable, capaz de las miradas más elocuentes y de gestos quedos pero expresivos. Más que actuar parece que el actor estuviera viviendo el ultimátum vital de Watanabe (aunque algo de eso hay; Shimura tuvo problemas de estómago durante el rodaje). Al fin y al cabo Shimura era perfecto para el papel, con su estilo contenido y su gran capacidad expresiva. A lo largo del film sus ojos vidriosos son hipnóticos: en ellos Shimura nos lo dice todo. Aunque por edad Mifune no era idóneo para el papel, de haberlo sido es imposible que hubiera podido hacerlo más creíble comunicando tanto con tan poco. Sencillamente Shimura estaba dándolo todo en el que sería el mejor papel de su carrera.

Aunque el cine de Kurosawa está repleto de momentos emocionantes, pocas veces sus películas han sido tan emotivas. Especialmente la escena del columpio, que apenas llega al minuto y pico. Tremebunda.

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