lunes, 10 de septiembre de 2018

Crítica de "La Tierra contra los platillos voladores" (Fred F. Sears, 1956): Review


por Möbius el Crononauta



Muchos estaréis conmigo en que una de las imágenes icónicas de la ciencia ficción de los 50 es aquella de un platillo volante estrellándose contra el Monumento a Washington. La escena no es solo una de las candidatas a aparecer como imagen de archivo en algún documental sobre el tema. Es también un símbolo de otra victoria más de la humanidad sobre las amenazas exteriores de marcianos y otros bichos raros.



La Tierra contra los platillos voladores fue rodada en medio del auge de la carrera espacil entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. El público seguía cada vez con más interés las pruebas de los cohetes Viking, que habían de servir como trampolín para colocar el primer satélite artificial en el espacio. Apenas un año después del estreno de esta cinta, los rusos se adelantarían con su mítico primer Sputnik. Pero por entonces muchos chicos soñaban felices, seguros de la victoria yanqui. Y mientras los niños soñaban, unos cuantos guionistas fumaban y tomaban café mientras tomaban prestado todo ese interés para una de las subtramas del film.




Como muchas películas del género en aquella época, La Tierra contra los platillos volantes hacia un amplio uso de imágenes de archivo de máquinas militares. Además, para esta ocasión, el director incluyó también lanzamientos de prueba de los Viking. Así ya tendrían un fondo donde enmarcar al protagonista de la película, el recién casado científico Russell A. Marvin.

Pero antes de llegar al momento en que vemos a Russell y su bella esposa en un coche, la película comienza con un pequeño prólogo sobre los cada vez más frecuentes avistamientos de objetos voladores no identificados. Ése es el punto de partida de la trama, inspirada levemente en un popular libro de no ficción de la época, Flying Saucers From Outer Space. Los guionistas simplemente fueron más allá de los avistamientos para convertirlos, claro está, en una clara invasión alienígena.




Y sin embargo, de forma peculiar, los seres del otro mundo no son esencialmente malvados. Simplemente una grabadora del doctor Russell capta, tras un avistamiento, los sonidos del OVNI (los típicos sonidos ululantes de los platillos 50s), sin caer en la cuenta de que es un código que ha de descifrar. El mensaje llega como simples ruidos por no sé qué zarandaja técnica. El caso es que el científico no cae en la cuenta de que los tripulantes de los platillos le acaban de convocar a un encuentro. Así que cuando un platillo aterriza en la base de operaciones de los cohetes, los humanos hacemos lo que no podíamos dejar de hacer: disparar primero, sin preguntar. Nuestro es el primer golpe. Los extraterrestres responden con contundencia, usando el arma más popular del universo exterior: ¡el rayo desintegrador! La guerra ha empezado.

Lo cierto es que La Tierra contra los platillos voladores, salvando las licencias de poética tecnología propias del género, tiene un guión sorprendentemente consistente. Como en todo este tipo de películas, el científico resulta tener puños de hierro (siempre me sorprende lo fuertotes que están los hombres de ciencia en estas pelis) capaces de derribar a cualquier tipo que le impida coger un coche para romper las órdenes del Ejército, las autoridades desconfían sin escuchar al que sabe, y hablan y hablan, etcétera. Pero claro para ver una peli de ciencia ficción donde no hayan tantos arquetipos, casi mejor visionar 2001. De todas formas, un buen guión, sin demasiadas estridencias.




Hablar de intérpretes aquí estaría de más. La Tierra contra los platillos volantes cuenta con el típico reparto de actores y actrices de segunda, y como suele ocurrir en estos casos, aquí los verdaderos protagonistas son la trama (sea más o menos floja, en definitiva: ¿cómo ganaremos esta vez?) y los efectos especiales. Y cuando estos efectos llevan la marca de Ray Harryhausen, no hay protagonistas humanos que valgan. ¡Él es la estrella!

En este film la contribución de Harryhausen era más modesta, ya que no se encargó de dar vida a ninguna extraordinaria criatura, sino de animar a los verdaderos protagonistas de la cinta, los platillos volantes, claro está. El toque del maestro consistió en alejarse de las típicas maquetas colgadas de un hilo y demás trucos del estilo, y dotar de vida propia a los vehículos invasores haciéndolos girar en todo momento. Hoy quizás no parezca gran cosa, pero eso significaba muchas, muchas horas de trabajo. Todavía hoy, aunque sea con técnicas desfasadas, ver a los platillos rodar y rodar le da un toque extra a las naves que las diferencia de la gran mayoría de naves espaciales cinematográficas de su generación. La gran salva de Harryhausen llega obviamente al final del film, cuando tiene lugar la famosa batalla contra los platillos sobre los cielos de Washington D. C. Así Ray y sus ayudantes tendrían la magnífica oportunidad de destruir unos cuantos edificios emblemáticos de la Capital. Ya véis que Independence Day no fue la primera en eso de llevarse monumentos por delante.



En fin, todos sabemos que sin La Tierra contra los platillos voladores la deliciosa película de Tim Burton Mars Attacks habría sido muy distinta. Y es que el despeinado director no podía dejar de rendir homenaje a uno de los títulos clave de la ciencia ficción de los 50.



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