martes, 19 de marzo de 2019

Crítica de "La costilla de Adán" (George Cukor, 1949): Reseña


¿Recordáis?

- ¿Cuando empezó a sospechar que estaba perdiendo el afecto de su esposo?
- Cuando dejó de pegarme.

por Möbius el Crononauta



En efecto, eran otros tiempos, y se aceptaban más fácilmente según qué tipo de humor. De todas formas, ese pequeño diálogo es un buen ejemplo (en la forma, no en el fondo) del humor corrosivo (para los estándares de 1949, claro) de La costilla de Adán, todo un clásico de las comedias románticas y uno de los mejores films de la formidable pareja artística (bueno, y más todo lo demás) que formaban Spencer Tracy y Katharine Hepburn. En todo caso, no os llevéis a engaño por el diálogo; aquí no hay humor trasnochado de cómico de Las Vegas. La costilla de Adán es una comedia ágil cuya trama gira alrededor de la sempiterna guerra de sexos, y como es de esperar estando la Hepburn de por medio, las mujeres aquí contraatacan sin piedad.




Efectivamente, la trama de la película no es nada nuevo, al menos hoy en día. La historia seguro que os recuerda a otros films más actuales: una pareja de abogados, casados y sin hijos pero felices, se ven enfrentados en un juicio defendiendo cada uno a una parte de la causa. Evidentemente, la tensión de los juzgados pronto llevará la guerra al hogar.




Aunque la trama de la película no sea nada especial, lo que hace de La costilla de Adán un gran film son sus diálogos, brillantes e irónicos, que son ametrallados a la perfección por dos estrellas de la talla de Spencer y Kate. El inteligente guion fue escrito por un matrimonio (el de Garson Kanin con Ruth Gordon, la entrañable anciana de Harold y Maude y las pelis simias de Eastwood) y eso se nota, y su agilidad desde luego le pone las cosas fáciles al director, George Cukor, para rodar una película cuyo ritmo es tan preciso como un reloj suizo. La cosa fue tan bien que el equipo principal (director, guionistas y pareja protagonista) repetiría con La impetuosa, aunque el combo de Kanin y Gordon ya había trabajado con Cukor y lo seguirían haciendo algunos films más, hasta que, paradójicamente, la pareja decidió dejar de escribir guiones por el bien de su matrimonio. Lo cual fue una lástima, porque parece evidente que ellos y George Cukor se entendían muy bien, y junto al binomio Tracy-Hepburn componían una máquina perfectamente engrasada.




Es de justicia nombrar también al excelente trío secundario, formado por el hombre de Broadway David Wayne, Tom Ewell (nacido para hacer de norteamericano medio persiguefaldas, seguro que le recordáis de La tentación vive arriba; era como un Alfredo Landa yanqui. No sé si habría podido protagonizar Hamlet, pero siempre se le daban bien ese tipo de papeles), y sobre todo Judy Holliday, una excelente, excelente actriz (no es de extrañar que la avalara la mismísima Hepburn) que tuvo una corta carrera en el cine, aunque causaba sensación en Broadway. Por cierto, dicen (no sé si será cierto) que su estupenda actuación temblorosa ante la Kathy cuando su personaje está declarando tuvo más de realidad que de interpretación, porque estaba aterrada actuando ante una institución como la Hepburn. De todas formas, no le hacía falta aterrarse para actuar bien. Nadie la recuerda ya, pero basta ver esta película o su film más famoso, Nacida ayer, para darse cuenta de la categoría que tenía esa mujer.


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