ZEPPELIN ROCK: Microrrelatos - Basura Espacial 1: Ángel

jueves, 16 de febrero de 2012

Microrrelatos - Basura Espacial 1: Ángel



Aún en período de pruebas, y a modo de presentación, comienzo hoy, en este frío día de febrero, la serie de microrrelatos que voy a titular genéricamente Basura Espacial (algunos ya la conocen). Y me gustaría hacerlo, empezar esta larga colección (espero que las musas me asistan para completar un álbum con tantos cromos), con un micro que bien podría haber terminado como cualquier entusiasta cuento de hadas, pero fíate tú del agua mansa... No adelantaré nada. No quiero hacerlo. El final está ahí, a un paso, y creo que todos deben alcanzarlo para andar, así, avisados, y caminar, de este modo, ojo avizor por esta vida puta (como diría Gil de Biedma) llena de trampas e imprevisibles asechanzas. La moraleja anda algo encubierta, pero se hará nutritiva y de sabroso paladar para todo aquel que desentrañarla y aprovecharla sepa.

Su título es "Ángel", pero no lo confundáis (¡Dios me proteja!) con quien estas líneas escribe; por cierto, tampoco soy yo el del dibujo. En manos de este ángel custodio os dejo. Amadle.


 Ángel 

COMO todo el mundo sabe, los ángeles carecen de sexo, son seres asexuados que quedan emparentados por tal circunstancia con las piedras y las bacterias, aunque también con algunos hermafroditas como el caracol (según se mire). Por esa razón no exenta de peso, la madre, confiada madre (conoce que en el sexo reside encubiertamente el mal), deja a su hija al cuidado de un ángel de voz edulcorada y manos albas que ha contratado con alborozo a través de una página de confianza. 

Ella, la madre, con el fulgor en los ojos de una segunda juventud, acude a la cita con ese nuevo novio servicial, que en nada se parece al viejo ogro. Se ha puesto un vestido rosa ya olvidado y ha marchado nerviosa, presurosa, candorosa también, tras dar algunos primitivos consejos al ángel, que la ha estado mirando con una ternura que rezuma cielo, paz, calma... seguridad.

Nada más cerrar la puerta, el ángel, con sigilo y un movimiento habitual, se quita las alas, que eran postizas, y las posa sobre el sofá. Enciende un cigarro, y al instante se encamina sin prisa (la noche será larga) hacia el dormitorio de la niña.


Ángel Carrasco Sotos

3 comentarios:

  1. Me alegro de que no sea para nada autobiográfico porque darías miedo o algo peor.

    Enhorabuena por tu blog, y por este relato que deja ese regustillo amargo en la boca.
    Aunque, de sobra lo sé, suelo equivocarme con tus intenciones a la hora de relatar y patino con mis propias deducciones. Recuerda la zanahoria... aún me trae por la calle de la amargura.

    Un gusto que te decidieras a hacerte una casa para ti solito.

    Besos, Ángel de tu primera conquista bloggera.


    Ah, una sugerencia, si me permites... quita eso de la palabra de verificación porque salen dos palabras y es un engorro.

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  2. Espero, que estos días de crudo invierno, agudicen aun mas tu ingenio para que podamos seguir disfrutando de tus inquietantes microrrelatos
    un saludo Ángel.
    Adeu.

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  3. Towanda: Aún está en fase de construcción. Apenas están hechos los cimientos, pero todo se andará. ¡Qué bien que hayas sido tú la primera en poner un comentario! Creo que no van a faltar zanahorias por estos lares.
    Pues más besos, más...

    Camagroc (vaya nombrecito que te has marcado, jeje). Estamos pasando más frío que perros. Espero que te vayan gustando. Un saludo a todos.

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