
Así, Hera alterna sus quehaceres en la granja con momentos de aislamiento en la habitación de su hermano –que los Karlsson han dejado como estaba el fatídico día del accidente- escuchando a Lizzy Borden u otros grupos metálicos, incapaz de emprender una vida propia. La relación con sus padres tampoco es para tirar cohetes. Ella, a menudo ausente y con la mirada perdida, tras todos estos años sigue luchando cada día por levantarse de la cama y encarar la vida. Él, aparentemente fuerte pero angustiado en realidad por un enorme sentimiento de culpa, intenta comprender a su hija y mantener una relación normal con su esposa. Mientras, Hera bebe, toca la guitarra, no se relaciona con nadie fuera de sus padres y de tanto en tanto se dedica a conducir borracha el tractor de la granja vecina. Pero se está haciendo mayor y su padre le aconseja buscar un trabajo en la ciudad, algo a lo que ella se niega: tiene sus propios sueños... unos sueños que, por otra parte, sigue sin atreverse a afrontar. Así que finalmente acaba empleándose en el matadero, en donde su personalidad rebelde y outsider no encaja en absoluto con el resto de compañeros... por lo que acaban echándola después de un episodio hilarante. Estamos en los 90 y mientras su música –Hera compone sus propias canciones que ensaya en el establo, ante las vacas- se vuelve cada vez más oscura, en Bergen arde la iglesia de Fantoft. El movimiento black metalero del Inner Circle ha explotado e Noruega. A partir de ese instante y ante el pasmo de sus padres, Hera decide hacer suyo el maquillaje fantasmagórico de las bandas asociadas a este nuevo género. Sin embargo, ni así encuentra la paz. Entonces, un joven sacerdote recién trasladado a la localidad que –entre otros- escucha a Venom, Leppard, Celtic Frost y Maiden, decidirá poner su empeño en ayudar a Hera. No será un camino fácil, pero finalmente los Larsson en pleno alcanzarán la serenidad de espíritu. Genial la última escena a los sones de Symphony of destruction.
Así es, piltrafillas, os la he contado casi toda, pero es que no importa. Aquí no hay un misterio criminal por resolver del que no os deba dar pistas, en Málmhaus la genialidad consiste en retratar cómo Bragason ha hecho cómo una música que habitualmente se considera oscura, violenta o satánica se convierte en el perfecto e inesperado catalizador para que los Karlsson superen su angustioso duelo y alcancen la paz. Lo dicho, una sorpresa y –por supuesto- muy recomendable.




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