ZEPPELIN ROCK: Microrrelatos - Cosas en los bosillos (39): Conde

domingo, 10 de agosto de 2014

Microrrelatos - Cosas en los bosillos (39): Conde



Conde


Un día, cuando los habitantes del pueblo fueron saliendo a la calle de mañana, se encontraron con que las puertas y ventanas del gran caserón hidalgo y montañés del conde habían sido tapiadas. El ya algo decrépito conde, que no perdonaba su paseo matutino hasta la plaza, aunque cada vez se le veía menos, habría emigrado del poblachón con todo su servicio. No había duda.


Esto suponía una merma para aquel pueblo olvidado, ya sin hidalgo, ya sin tener a quien despellejar casi a diario, ya sin la donosa prestancia del conde andando erguido y garboso con el mentón queriendo apuntar al cielo y siempre acompañado de su viejo bastón y su rutilante y atildado bigote afilado. Era el rancio porte de una vetusta casta, pero aún respetado por los más ancianos del lugar.

Dónde habría huido después de tantos años nadie lo sabía decir, pero los impagos catastrales de la casa y otros impuestos municipales se iban acumulando sin respuesta de su dueño. También con los años, la casa y su pequeño jardincillo al exterior se fueron llenando de miseria por falta de cuidado. El ayuntamiento quiso saber del paradero de su dueño, pero desde arriba nadie poseía información al respecto. El conde había desaparecido, al menos administrativamente… y pasaron los años.

Tantos ya que el ayuntamiento decidió “embargar” la vieja casona, que ya amenazaba con desplomarse sobre la calle una vez que el tejado se iba viniendo abajo poco a poco. Los empleados del ayuntamiento acudieron con picos y almádenas para derribar el tabique que tapaba la entrada y apuntalar al menos la fachada. También la policía municipal y un algualcil acudieron hasta el lugar, así como un grupo de gente del pueblo que cada vez iba siendo más numeroso. Era domingo. A los primeros golpes del martillo, que resonaron con un eco espacioso y voraz en el valle, algunas de las tablas que cubrían el balcón central de la fachada comenzaron a caer hasta el jardín golpeadas ¡desde dentro!

En el balcón asomó el conde, con una copa de vino en la mano, una sonrisa achispada en el rostro, el pelo y el bigote moteados de confeti, su traje negro algo descompuesto y dos bellas damas sonrientes apoyadas en sus hombros.

-¿Algún problema, agentes? –dijo.

¡Qué clase tenía el señor conde, pardiez!

ÁCS

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