FORBIDDEN Y LA PARADOJA DEL VIRTUOSISMO TARDÍO
La segunda muerte de Forbidden no ocurrió en un escenario, ni en un estudio, ni siquiera en una reunión formal. Ocurrió, de manera casi antiépica, en un vuelo de regreso desde Chile en 2012, cuando el cantante Russ Anderson comunicó al grupo que ya no podía seguir girando por el desgaste físico que le suponía la carretera. La banda acababa de atravesar, otra vez, el ciclo clásico del metal veterano: retorno ilusionante, disco nuevo, festivales, cambios de formación, desgaste logístico. Pero en Forbidden ese patrón siempre tuvo un coeficiente adicional de fragilidad. No era una banda construida para sobrevivir por inercia. Dependía de una química muy concreta: un guitarrista-director musical obsesivo, un cantante excepcional pero exigente para sí mismo, y una segunda línea de músicos capaces de convertir riffs velozmente concebidos en estructuras de alta precisión. Cuando uno de esos elementos dejaba de encajar, la máquina entera perdía su equilibrio.
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| The Metal Fest Chile 2012 |
Por eso su regreso de 2023, ya sin Anderson y con Norman Skinner al frente, no debe leerse como una nostalgia automática ni como la típica resurrección de catálogo. Fue, en palabras de su entorno inmediato, una “rebirth”, no una simple reunión: una nueva alineación intentando resolver un problema histórico que la banda nunca había terminado de dominar, el de cómo preservar su identidad sin depender de que todos los componentes originales estén simultáneamente disponibles, física y mentalmente, para sostenerla. Que el grupo haya llegado a ese punto después de casi cuatro décadas, varias interrupciones, un mercado hostil en los noventa y una reputación más celebrada por músicos y devotos que por cifras comerciales, dice mucho sobre la verdadera naturaleza de Forbidden. Su historia no es la de una ascensión lineal truncada por el azar. Es la historia de una banda que casi siempre llegó artísticamente a tiempo y comercialmente un poco tarde; una banda cuya grandeza estuvo ligada, precisamente, a la dificultad de ser administrable.
TESIS
Históricamente, Forbidden ocupa un lugar singular dentro del thrash del Área de la Bahía: no fue la primera ola que definió el idioma, pero sí una de las formaciones que mejor demostró que ese idioma podía ensancharse sin perder agresión. Mientras otras bandas de su entorno construían su identidad a partir de la violencia frontal, Forbidden quiso desde muy pronto otra cosa: mantener la velocidad y el filo del thrash, pero con un cantante de amplio rango, un trabajo de guitarras más arquitectónico y una ambición heredada tanto de la nueva ola británica como del metal estadounidense más técnico. En términos de autoimagen, la banda insistió reiteradamente en que no quería ser “solo thrash”; quería ser heavy metal en un sentido más amplio y duradero. Esa voluntad no fue un detalle retórico: fue la brújula que organizó sus decisiones musicales, sus fricciones internas y, a la larga, también sus limitaciones.
Fremont, periferia suburbana y escena previa
La historia de Forbidden empieza lejos del centro mítico del San Francisco Bay Area. Empieza en los suburbios de Fremont, a treinta o cuarenta millas del núcleo de clubes y del corredor simbólico donde el thrash local empezaba a codificarse. Esa distancia importó. En el recuerdo de Robb Flynn, crecer allí significaba escuchar rumores de la escena antes de poder habitarla: eran demasiado jóvenes para conducir, demasiado periféricos para formar parte del circuito central, y por eso empezaron como empiezan tantas bandas decisivas, en garajes familiares, fiestas caseras, keggers y centros comunitarios. No nacieron dentro de una infraestructura profesional; nacieron ensayando obsesivamente una forma de música que todavía se estaba inventando. La geografía suburbana, en este caso, no debilitó la identidad: la endureció. Los obligó a construir una escena mínima propia antes de entrar en la grande.
La formación original y la consolidación de 1986
La formación inicial de 1985, todavía bajo el nombre Forbidden Evil, estaba compuesta por Flynn, el guitarrista Craig Locicero, el baterista Jim Pittman, el bajista John Tegio y Anderson. Sobre ese punto conviene ser precisos, porque algunas fuentes secundarias lo simplifican retroactivamente incluyendo desde el comienzo a músicos que entrarían poco después. La biografía difundida por el entorno de management del grupo y los testimonios retrospectivos de sus miembros coinciden en que Tegio y Pittman pertenecen al arranque real, mientras que el núcleo que hoy se considera “clásico” se consolidó a lo largo de 1986 con el ingreso del bajista Matt Camacho y del baterista Paul Bostaph. No es una diferencia menor: revela que Forbidden no fue una sola idea congelada, sino una estructura que se depuró con rapidez extraordinaria entre los 15 y los 20 años de edad de sus integrantes.
Del nombre Forbidden Evil a una identidad más amplia
El propio nombre ya cuenta algo de esa prehistoria. Flynn recordó que la banda pasó por denominaciones como Inquisitor y War Witch antes de adoptar Forbidden Evil, tomado de un tema del grupo War Cry presente en Metal Massacre 4. Esa anécdota, lejos de ser trivial, sitúa la formación en un mapa de influencias muy anterior a la caricatura simplificadora del “thrash puro”. La banda que estaba naciendo admiraba a Exodus y Slayer, sí, pero también a Judas Priest, Iron Maiden, Mercyful Fate y, en palabras posteriores de Locicero, incluso a The Beatles. La tensión fundacional de Forbidden ya estaba ahí: la velocidad del Bay Area, pero con una imaginación armónica y vocal que no quería quedar reducida al riff-cuchillada y al grito monocromo.
Demos, recopilatorios y primer repertorio
Los primeros documentos sonoros y de circuito muestran, precisamente, un grupo que se estaba probando a sí mismo. Discogs registra la maqueta Endless Slaughter de 1986 y la presencia de Forbidden Evil en el recopilatorio en vivo Eastern Front – Live at Ruthie’s Inn, donde aparece “March Into Fire”; la recopilación The Bloody Birth permite además reconstruir la secuencia de aquellas demos primitivas, con títulos como “Next to Die”, “Forbidden Evil”, “Chalice of Blood” y “As Good as Dead”. En la entrevista de 1990 reimpresa por Disposable Underground, Bostaph recordaba incluso una demo anterior a la más conocida de 1987. No hablaba un archivista ajeno, sino alguien que estaba dentro del proceso y que subrayaba hasta qué punto el repertorio de la banda existía antes de que hubiera contrato, portada célebre o posicionamiento de mercado. La historia inicial de Forbidden fue, en efecto, la de una acumulación rápida de material fuerte antes de que la industria la llamara.
Ruthie’s Inn, college radio y circulación local
En esa fase, los lugares importaron tanto como las canciones. La banda tocó en fiestas caseras y pronto dio el salto a clubes de la zona, entre ellos el mítico Ruthie's Inn, uno de los puntos neurálgicos del thrash y el crossover de la Bahía. La escena local se apoyaba además en redes semiprofesionales de difusión —fanzines, promotores y college radio— y ahí aparece otro dato importante: Hard Report documenta que a finales de 1988 el álbum debía ya “serious play” en numerosas emisoras universitarias de Estados Unidos y que el nombre de la banda figuraba en el radar de la programación metálica, incluido el entorno de KUSF y su histórico programa Rampage Radio, clave en la circulación regional del metal local. No estamos ante un milagro repentino del debut: cuando el disco salió, el circuito ya había empezado a trabajar a favor del grupo.
La salida de Robb Flynn como fractura estética
La primera gran fractura interna llegó, sin embargo, antes de que el grupo fijara su identidad discográfica. En el recuerdo de Bostaph y también en el de Locicero, la salida de Flynn no obedeció a una pelea banal sino a una divergencia estética real. Según Bostaph, el resto quería una banda con la longevidad melódica y la amplitud de Priest y Maiden; Flynn prefería un vector más cercano a Slayer, Exodus y una respuesta más inmediata del directo. Locicero lo expresaría años después de otro modo: Forbidden era “más metal”, mientras que Vio-Lence, el grupo al que Flynn se uniría, se ajustaba mejor a un impulso más punk y más basado en la reacción de la sala. Lo importante no es decidir quién tenía razón, sino entender la consecuencia: Forbidden quedó definida, desde su primera deserción crucial, por la negativa a ser solamente una máquina de velocidad.
Locicero, Alvelais y el nuevo centro guitarrístico
La salida de Flynn hizo dos cosas simultáneas. Por un lado, obligó a Locicero —que, según él mismo ha recordado, era el más joven del grupo— a asumir muy pronto un liderazgo musical para el que todavía estaba formándose. Por otro, creó un hueco que terminó cubriendo el guitarrista Glen Alvelais. Esa sustitución no fue administrativa: cambió el centro de gravedad técnico de la banda. Flynn había dejado material importante para el futuro debut; de hecho, los créditos de Discogs muestran su autoría compartida en piezas como Chalice of Blood, “Forbidden Evil” y As Good as Dead. Pero Alvelais aportó otro tipo de valor: una capacidad solista feroz, un virtuosismo de “monster shredder”, en términos de Locicero, que elevó el listón guitarrístico del grupo y lo colocó en una liga de precisión muy superior a la media local.
El eje Camacho–Bostaph y la máquina clásica
Junto a esa evolución llegó la consolidación del eje rítmico Camacho–Bostaph. Si Tegio y Pittman pertenecen a la prehistoria necesaria, Camacho y Bostaph pertenecen ya a la máquina reconocible. El primero acabaría siendo definido por Locicero como el “heart and soul” de la energía y de la diversión interna del grupo; el segundo, mucho más que un baterista de reemplazo, sería una pieza compositiva central. Todavía en 2007 Locicero insistía en que, en los dos primeros discos, Bostaph fue decisivo en los arreglos, aportando ideas que ayudaron a hacer a la banda “única”. Esa valoración se ve respaldada por los créditos de Twisted Into Form, donde Bostaph figura como compositor en la mayor parte del repertorio. En otras palabras: la identidad clásica de Forbidden no fue solo un asunto de dos guitarras y una gran voz; fue también la de un batería que pensaba en términos de estructura.
La amputación del “Evil” como estrategia
Entre 1987 y 1988 quedó fijada también la decisión nominal que separó a la banda de su fase juvenil. Combat Records la publicó ya como Forbidden, y varias fuentes coinciden en que la amputación del “Evil” buscaba evitar un encasillamiento incómodo y dejar más margen de maniobra a futuro. El dato es coherente con lo que el grupo decía de sí mismo: no quería ser leído como una banda de imagen extrema con significados limitantes, y menos aún quedar atrapado en una etiqueta que la propia escena estaba endureciendo demasiado deprisa. Para 1988, cuando apareció el álbum Forbidden Evil, el nombre abreviado no era solo una decisión estética. Era una declaración de estrategia.
Forbidden Evil como llegada, no como punto cero
Ese debut debe entenderse como un punto de llegada de la prehistoria, no como el comienzo abstracto de la banda. Llegó a las tiendas en el otoño de 1988, en plena saturación de un mercado de metal cada vez más competitivo; Decibel ha recordado que el lanzamiento entró en circulación en un entorno en el que ya pesaban, entre otros, Megadeth, Iron Maiden, Judas Priest, Queensrÿche, Testament y Slayer. Aun así, Hard Report registró en diciembre de ese año una progresión fuerte del disco en radio metal universitaria. Lo decisivo no fue que Forbidden compitiera con gigantes; fue que, siendo una banda de segunda hornada suburbana, consiguió instalar la idea de que aquel debut no era una nota local, sino una entrada seria en el mapa internacional del thrash estadounidense.
Europa, Dynamo y primera proyección internacional
Si Forbidden Evil fijó el nombre y la promesa, 1989 y 1990 fijaron la posibilidad de una carrera internacional. La gira europea con Sacred Reich y la actuación en Eindhoven, donde el grupo grabó el EP en directo Raw Evil: Live at the Dynamo, fueron mucho más que un trámite promocional: constituyeron la primera marca europea real de Forbidden. La banda dejó de ser solo una buena noticia del circuito de la Bahía y empezó a funcionar en un mercado que, por entonces, todavía le ofrecía al thrash un horizonte expansivo. El hecho de que ese documento en vivo conserve todavía a Alvelais en las guitarras permite oír, además, el último momento en que la primera versión discográfica del grupo estaba plenamente activa.
Tim Calvert como ingrediente estructural
A la vuelta de esa etapa se produjo quizá el cambio más importante de toda la historia interna del grupo: la entrada del guitarrista Tim Calvert. La propia narrativa oficial de la banda lo ha definido como “the missing ingredient”, el ingrediente que faltaba para que el equipo funcionara de verdad como un conjunto. No es una exageración retrospectiva. Las fuentes de época y los testimonios posteriores coinciden en que el problema con Alvelais no era su nivel instrumental —que nadie discute—, sino la dirección. Bostaph ya decía en 1990 que Glen era un gran músico y compositor, pero no estaba en la misma dirección musical que el resto. Calvert, por el contrario, no solo llegó para tocar; llegó para encajar. Y en Forbidden, encajar siempre valió tanto como deslumbrar.
Twisted Into Form y la arquitectura colectiva
El segundo álbum, Twisted Into Form, documenta con claridad ese reajuste. Los créditos conservados en MusicBrainz muestran a Calvert y Locicero compartiendo la base guitarrística de todo el repertorio, con Bostaph como co-compositor en la mayoría de las piezas y Anderson co-firmando parte de las letras junto a Locicero. La producción de Michael Rosen en Fantasy Studios, en Berkeley, ayudó además a traducir esa nueva arquitectura a un sonido más legible y más controlado que el del debut. No hace falta convertir el disco en una reseña para ver qué cambió: el reparto de autoría delata una banda más colectiva; la longitud y forma de las piezas sugieren un pensamiento estructural más ambicioso; el centro expresivo ya no es solo la embestida, sino la construcción.
Russ Anderson y la melodía como ventaja competitiva
Lo más elocuente es que el propio grupo interpretó ese giro no como una traición, sino como una consecuencia lógica de tener a Anderson al frente. Bostaph dijo en 1990 que Forbidden tenía cantante y no tenía miedo de usarlo; también insistió en que el grupo elegía ser más melódico porque disponía de herramientas que otras bandas simplemente no poseían. Años después, Locicero resumiría el mismo argumento en una frase aún más rotunda: la voz de Anderson era el factor número uno que separaba a Forbidden del resto. Esta continuidad entre la declaración juvenil y la reflexión madura es importante: Twisted Into Form no fue una renegociación oportunista de estilo, sino la cristalización de lo que el grupo había querido ser desde su ruptura con Flynn.
Recepción crítica, giras y exigencia física
La recepción crítica del álbum sorprendió a la propia banda, y la sorpresa no es irrelevante. El relato de FM Music Management indica que el reconocimiento de Twisted Into Form dio más visibilidad al grupo de la esperada y motivó giras extensas por Europa y Estados Unidos junto a Death Angel. Locicero recordaba todavía en 2011 aquellos recorridos de principios de 1990 como giras largas y físicamente exigentes en las que el grupo ya tocaba mucho material nuevo antes de su completa asimilación pública. Es decir: Forbidden no estaba administrando un pequeño catálogo consolidado; estaba empujando a la audiencia a seguirle el ritmo evolutivo. Ése fue uno de sus rasgos más nobles y, a la vez, uno de sus riesgos crónicos.
El vacío entre Twisted Into Form y Distortion
Después llegó el tramo más decisivo y más ingrato de su carrera: el espacio entre Twisted Into Form y Distortion. Algunas fuentes sostienen que la etapa terminó con una salida conflictiva o incluso un “firing” de Combat; otras prefieren hablar en términos más neutros de final de ciclo con el sello. Lo que sí está sólidamente documentado es que el vínculo con el sello se quebró y que el grupo entró en un período largo de escritura, reescritura y demora. En 2025, Locicero resumía esos años con claridad: entre Twisted y Distortion fueron años en que el metal estaba siendo “shunned”, desatendido, y en los que la banda escribió mucho, desechó material y volvió a escribir. Es el punto exacto en que la historia industrial y la historia interna se funden.
Steve Jacobs y la transformación del sistema rítmico
La salida de Bostaph en 1992 y la entrada del batería Steve Jacobs modificaron todavía más el sistema. Aquí conviene despejar un malentendido frecuente: Jacobs no fue solo “el que vino después de Bostaph”. En el relato de Locicero, fue uno de los miembros más infravalorados que tuvo jamás la banda. Y los créditos de Discogs respaldan la idea de una integración profunda: en Distortion y Green el repertorio aparece acreditado, en conjunto, a Locicero, Camacho, Anderson, Jacobs y Calvert. La consecuencia histórica de este dato es clara. Forbidden pasó de un sistema en el que el eje compositivo se concentraba muy fuertemente en Locicero, Calvert y Bostaph a otro en el que la batería de Jacobs entraba formalmente en la sala de máquinas autoral.
Distortion: sobrevivir al mercado pos-thrash
Cuando por fin apareció Distortion a finales de 1994, ya no existía el mismo mundo del thrash que había recibido a Twisted Into Form cuatro años antes. El grupo había firmado con G.U.N. Records y salió a defender el disco por Europa con Gorefest y por Estados Unidos con Testament y Malevolent Creation. El contexto importó mucho: ya no se trataba de crecer dentro de la expansión del thrash, sino de sobrevivir en un mercado menos receptivo, donde el género había perdido centralidad y las soluciones estilísticas más pesadas, secas o compactas parecían ofrecer un nuevo lenguaje de supervivencia. Forbidden no se “vendió”; lo que hizo fue escribir bajo presión histórica distinta.
Green y la simplificación bajo presión histórica
Ese desplazamiento culminó en Green, cuya cronología exacta depende del territorio y de la edición, pero cuyo ciclo pertenece inequívocamente al binomio 1996–1997. Aquí las palabras retrospectivas de Locicero son especialmente útiles porque separan hecho y juicio. Como hecho, sabemos que el álbum fue escrito y registrado tras años de frustración acumulada y en respuesta a la falta de interés de la industria por el thrash. Como juicio retrospectivo, Locicero ha dicho que la banda intentó “simplificarse” un poco en Green y que, aunque el resultado le parece un disco valioso, eso “no era realmente Forbidden”. Esa es una valoración interesada y posterior, pero ayuda a definir el nudo histórico: el grupo buscó adaptarse sin convertirse del todo en otra cosa, y en ese intento produjo una música más tensa, más áspera y menos exuberante que la de su ciclo clásico.
1997: ruptura, desencanto y agotamiento industrial
El desenlace de 1997 no fue un accidente aislado, sino la consecuencia acumulativa de esa situación. La biografía oficial del grupo vincula el final a la falta de interés del mercado y a la frustración que alimentó la escritura de Green; Camacho, por su parte, ha explicado que después de la ruptura quedó personalmente desilusionado con el negocio musical y con las expectativas que la banda había depositado en los tours adecuados y el respaldo correcto del sello. Esa confesión es decisiva porque ilustra el tipo de herida que sufrió Forbidden: no la de una banda que dejó de creer en su música, sino la de una banda que empezó a sospechar que su música dependía demasiado de factores externos que no controlaba. Sin combustible industrial y sin satisfacción interna suficiente, la estructura se deshizo.
REUNIONES, SEGUNDA VIDA Y SITUACIÓN ACTUAL
Thrash of the Titans y el retorno incompleto
El primer retorno real no fue todavía un retorno. En 2001, varios miembros se reagruparon bajo el viejo nombre Forbidden Evil para el concierto benéfico Thrash of the Titans, organizado en apoyo a Chuck Billy y Chuck Schuldiner. Locicero no pudo participar porque estaba grabando en Los Ángeles con Manmade God, proyecto producido por Rick Rubin, y dejó claro después que, para él, aquello no era aún el “verdadero” regreso de Forbidden. La observación no es un gesto de ego; es una pista central sobre el reparto de poder. Históricamente, insistía Locicero, Forbidden había sido el “baby” suyo y de Anderson. Sin ese eje, podía haber tributo, beneficio o gesto fraternal, pero no continuidad orgánica plena.
Get Thrashed y la reactivación de 2007–2008
La segunda vida comenzó de verdad entre 2007 y 2008, y su detonante fue tan significativo como improbable: una proyección del documental Get Thrashed. Locicero explicó a Radio Metal que salió de aquella sesión con la sensación física de volver a ser el adolescente que había entrado en ese género, y decidió llamar a los demás para tocar de nuevo en Europa. El problema, otra vez, no fue la voluntad sino la disponibilidad. Calvert —convertido entonces en piloto de línea aérea— y Bostaph —ya comprometido con otras bandas— no podían. El grupo acabó rearmándose en torno a Anderson, Locicero y Camacho, con el concurso temporal de Gene Hoglan y Alvelais, y luego con el asentamiento del baterista Mark Hernandez y del guitarrista Steve Smyth.
El público nuevo y la lógica de culto
Lo que convirtió esa reactivación en algo más que una gira de veteranos fue la respuesta del público. Camacho contó en 2010 que el plan inicial era casi lúdico: hacer algunos festivales, tocar material viejo, viajar y quizá ganar algo de dinero. Pero el recibimiento europeo les mostró un dato nuevo: no estaban tocando solo para los veteranos del circuito, sino también para una generación más joven que se había acercado a Forbidden por vía de culto. Esa recepción reconfiguró el sentido del regreso. Ya no se trataba únicamente de reactivar un pasado; se trataba de comprobar que el nombre seguía teniendo potencia en un presente distinto.
Omega Wave: reactivar lenguaje, no hacer arqueología
De ese impulso surgió Omega Wave. La alineación que lo registró —Anderson, Locicero, Smyth, Camacho y Hernandez— tenía algo importante que las versiones previas no habían tenido desde hacía tiempo: profesionalización adulta. Smyth aportaba un nivel instrumental altísimo y Hernandez, según Locicero, ayudó a fijar una consigna simple para el proceso: “embrace the metal”. El disco fue producido por Locicero junto a Tim Narducci y mezclado por Sean Beavan; Discogs y Metal Archives sitúan la grabación en Livermore y su publicación por Nuclear Blast en octubre de 2010. Locicero insistía entonces en que no querían reescribir el primer álbum, sino abrir un agujero nuevo a través de todo lo que la banda había sido. Ese matiz importa: la segunda vida no nació para hacer arqueología. Nació para reactivar lenguaje.
Cancelaciones, Sasha Horn y nueva fragilidad logística
Sin embargo, las viejas vulnerabilidades del sistema no habían desaparecido. Después de la salida de Hernandez por razones personales y familiares, la banda se vio obligada a cancelar una gira europea como cabeza de cartel y recurrió a audiciones en vídeo para cubrir el puesto. Así llegó el baterista Sasha Horn. Poco después, y aquí vuelve la escena del comienzo, el retorno desde Sudamérica trajo la noticia decisiva: Anderson ya no podía sostener el ritmo del grupo en la carretera. La explicación pública de 2012 habló de la retirada de Camacho del negocio musical y de una pausa de Anderson respecto a la música, lo que provocó incluso la caída de su actuación prevista en el gran festival alemán del verano. En ese momento, la lectura oficial fue prudente y funcional. La banda, simplemente, no podía seguir.
La ruptura de 2012: comunicado y lectura retrospectiva
Años después, Locicero ofrecería una versión más concreta y más incómoda del mismo final. En 2023 afirmó que la segunda ruptura se debió al alcoholismo de Anderson y a su negativa a asumir ciertos desplazamientos y compromisos de gira. Historiográficamente, conviene tratar esa explicación con precisión: es una declaración de un miembro fundador, retrospectiva y probablemente veraz desde su experiencia, pero no equivale por sí sola a una versión global e incontrovertible. Lo sólido es que la salud, la sobriedad y la capacidad de girar de Anderson eran ya un factor central; lo prudente es no reducir a un solo motivo lo que también fue un problema de cansancio acumulado, logística y equilibrio interno. La propia comunicación de 2023 añadía, en cambio, un detalle importante: Anderson estaba retirado y “living the sober life”, y el resto del grupo pedía respeto para esa decisión.
Norman Skinner y la idea de renacimiento
La tercera encarnación de Forbidden solo fue posible cuando Locicero aceptó que la continuidad del grupo no podía depender ya del retorno del cantante original. El punto de inflexión fue el encuentro con Skinner durante ensayos ligados al colectivo Bay Area Interthrashional y una interpretación especialmente celebrada de “Chalice of Blood” junto a Warbringer. A partir de ahí, la banda presentó un nuevo núcleo con Skinner en la voz y Chris Kontos a la batería. Locicero definió ese proceso no como reunión sino como “rebirth”, y la diferencia no es cosmética. Reunión habría significado restauración del pasado; renacimiento significa aceptar la continuidad de la identidad a través de sustituciones sustantivas.
Un método más colectivo para la tercera etapa
La nueva etapa, además, parece haber intentado corregir defectos estructurales de etapas anteriores. En 2024 Locicero explicó que ya tenía mucho material empezado, pero que todo el grupo estaba añadiendo su sello, porque cada integrante debía “write their own story within it”. Kontos, por su parte, remarcó la química previa que ambos ya tenían por haber tocado juntos en otros contextos. La frase clave no está en la anécdota, sino en el método: el actual Forbidden intenta ser menos dependiente del reparto tradicional Craig-compone / cantante-interpreta y más cercano a una maquinaria de apropiación común. Esa voluntad de colectivo es una novedad histórica importante.
Smyth, Mongrain, Von Epp y el fichaje por BLKIIBLK
Entre 2024 y 2026 la banda volvió a vivir ajustes de personal, pero esta vez sin colapso general. Smyth salió amistosamente en julio de 2024 para priorizar One Machine, la docencia y otros trabajos; su relevo lo asumió primero el guitarrista Daniel Mongrain, procedente de Voivod, y después, desde noviembre de 2025, Jeremy Von Epp. La diferencia respecto a otras épocas es que esos movimientos no activaron una crisis de identidad, sino una continuidad productiva. Los sencillos Divided By Zero y “Mutually Assured Dysfunction”, publicados en 2025, sirvieron como primeras pruebas de esa fase, y en enero de 2026 la banda anunció su fichaje por BLKIIBLK, nuevo sello dirigido en A&R por Mike Gitter. El proyecto de álbum seguía entonces en grabación con el productor e ingeniero Zack Ohren, con publicación prevista para 2026.
Forbidden en 2026: legado, aprendizaje y presente
creativo
A 23 de abril de 2026, Forbidden es por tanto una banda activa, con Locicero y Camacho como continuidad histórica visible y un presente que ya no vive solo del repertorio de 1988 y 1990. Su situación actual mezcla tres capas: legado, sí; relectura crítica de sus propios errores, también; y un intento serio de reconstrucción creativa que no se apoya únicamente en la nostalgia. Las nuevas grabaciones se han presentado además como un puente entre la crudeza del debut y la madurez contemporánea, con un método de registro más directo y menos sobreeditado. Si esta tercera etapa termina siendo estable, será porque el grupo ha aprendido algo que antes se le resistía: que una identidad fuerte no equivale a una estructura rígida.
MIEMBROS Y MAQUINARIA INTERNA
Eje creativo y catalizadores históricos
La maquinaria interna de Forbidden puede resumirse, con todas las matizaciones necesarias, en una fórmula histórica: un eje creativo principal y varios catalizadores decisivos. El eje, durante casi toda la carrera, fue Locicero–Anderson. Los catalizadores cambiaron: primero Bostaph y Alvelais, después Calvert, luego Jacobs, más tarde Smyth y, en la etapa reciente, Kontos y Skinner. Esto importa porque las bandas no se rompen solo cuando se va un fundador; a menudo se desajustan cuando pierden al músico que convertía una intuición en sistema. Forbidden dependió siempre de dos cosas a la vez: de la visión central de Locicero y Anderson, y de la capacidad de ciertos socios para hacer que esa visión respirara con precisión, peso y forma.
Craig Locicero: dirección musical y carga estructural
Locicero fue, en términos reales, el director musical del grupo casi desde la salida de Flynn. Él mismo ha explicado que fue “thrust into being the musical leader” cuando Robb se marchó, y que aquello generó la peor tensión de la historia temprana del grupo porque, además, era el más joven. Esa confesión ayuda a leer toda la trayectoria posterior. Locicero no fue solo el guitarrista permanente: fue el hombre que asumió la responsabilidad de ordenar el material, imaginar los discos y, en demasiadas ocasiones, cargar con tareas organizativas que no siempre estaban equitativamente repartidas. En 2007 dijo con claridad que él había escrito la mayoría de la música y que junto a Anderson había escrito todas las letras; en 2025 añadió que, aunque es el principal compositor, todo el mundo debe contribuir. Entre una frase y otra se escucha el recorrido de un músico que pasó de ejercer la centralidad por necesidad a intentar administrarla con menos desgaste.Su firma musical es reconocible incluso cuando la banda cambia de década o de personal. En palabras propias, de joven era hiperactivo y volcaba esa energía en riffs que buscaban simultáneamente violencia y forma. El dato que mejor lo sintetiza lo ofreció en 2011: Forbidden siempre quiso ser tanto Judas Priest como Exodus. Ahí está todo. Locicero escribe desde la agresión del Bay Area, pero rara vez se conforma con la mera sucesión de riffs. Busca puentes, contrastes, melodías dramáticas, aperturas para una voz capaz de modular. Los créditos refuerzan esta imagen: comparte la autoría del material clásico con múltiples socios, pero aparece como constante en todas las fases, desde las canciones iniciales todavía marcadas por Flynn hasta la escritura reciente con Skinner y Kontos. Su efecto histórico es inequívoco: cuando él cambia de prioridad o de método, toda la banda cambia.
Russ Anderson: la voz como condición de posibilidad
Anderson, por su parte, fue mucho más que “el cantante”. Fue el argumento principal de la diferencia. Locicero llegó a decir que su voz separaba a Forbidden de todos los demás y que nadie tenía tantas herramientas como él.Ya en 1990 Bostaph lo explicaba de forma más pragmática: tenían un cantante y no temían usarlo. Eso significaba varias cosas a la vez. Primero, que la banda podía permitirse un repertorio con más melodía, más amplitud de registro y más dramatización que buena parte de sus contemporáneos. Segundo, que la composición estaba pensada en función de una voz real, no de una mera descarga rítmica. Y tercero, que el grupo dependía de un instrumento humano particularmente difícil de sostener en el tiempo. Anderson no fue una capa aplicada sobre una base instrumental ya hecha; fue una condición de posibilidad del propio lenguaje de Forbidden. Cuando ese instrumento dejó de poder soportar la carretera, el organismo entero perdió su centro tradicional.
Paul Bostaph: batería, arreglos y pensamiento
estructural
Bostaph es el primer gran catalizador de la maquinaria clásica. Su papel real excedió el kit. Locicero lo recordó como una parte enorme del proceso de escritura, especialmente en arreglos, y los créditos de Twisted Into Form lo corroboran: aparece como co-compositor en la mayoría de las canciones principales del disco. En términos de firma musical, Bostaph aportó una batería menos lineal que la media del thrash de finales de los ochenta, con un sentido de acento y construcción que ayudó a que Forbidden no sonara como un simple chorro de velocidad. Drum! llegó a describir retrospectivamente cómo parte de su evolución como baterista técnico puede rastrearse hasta esos años en Forbidden. Su efecto histórico es también medible negativamente: cuando salió, la banda no solo perdió pegada; perdió a uno de sus arreglistas más finos.
Glen Alvelais: aceleración técnica y tensión direccional
Alvelais fue, por contraste, el gran acelerador técnico de la primera edad. Bostaph insistía en 1990 en que era “a really good musician” y un buen compositor, aunque en otra dirección. Locicero, mucho después, lo definió como un shredder monstruoso cuyo nivel lo obligó a superarse a sí mismo. Su rol real fue doble: elevó el techo guitarrístico de la banda y dio al primer álbum una electricidad muy particular en las dos guitarras. Pero no logró estabilizar el “sistema banda”. Históricamente, por tanto, Alvelais importa tanto por lo que dejó sonando como por lo que mostró sobre la química interna de Forbidden: no bastaba con ser brillante; había que empujar hacia el mismo lugar.
Tim Calvert: cohesión, oscuridad armónica y canción
Calvert, en cambio, sí cumplió esa función integradora, y por eso su llegada divide la historia del grupo. La biografía oficial habla de él como la pieza que faltaba, y Locicero ha repetido que la formación con Tim fue la que más disfrutaron como equipo. Las pruebas tangibles son numerosas. En Twisted Into Form comparte la escritura de instrumentales y de buena parte del repertorio central; en el ciclo de Distortion y Green figura como autor pleno dentro del bloque de cinco; y en la memoria posterior de Locicero aparece asociado a una veta más sombría, más oblicua, incluso más próxima a ciertas influencias progresivas o a la huella de Queensrÿche en las demos del período oscuro. Su identidad musical, en síntesis, fue la de una mano que aportó complejidad sin llegar a la ruptura. Trajo oscuridad armónica, sentido de canción y cohesión humana. Cuando se analiza por qué Twisted Into Form es el momento en que Forbidden deja de parecer una explosión juvenil y empieza a parecer una banda con lenguaje propio, el nombre de Calvert resulta imprescindible.
Matt Camacho: pegamento interno y continuidad orgánica
Camacho ocupa un lugar menos vistoso pero no menos central. Locicero lo definió como el corazón y alma de la energía y de la diversión del grupo; eso puede sonar afectivo, pero históricamente describe bien su función de pegamento. Camacho no fue simplemente el bajista de la alineación clásica: fue el miembro que estabilizó la vida interna en un grupo de personalidades fuertes y altas exigencias técnicas. Su propia confesión de desilusión con la industria después de 1997 es reveladora: la frustración del negocio lo afectó más que la música en sí. Y cuando regresó en la segunda vida, su reincorporación no fue solo administrativa. Locicero ha señalado que tocaba mejor que nunca, ahora con dedos en lugar de púa y con un tono de mano más rico. En una banda tan dependiente de los cambios de alineación, la persistencia de Camacho funciona como índice de continuidad orgánica. Cuando él está, Forbidden conserva una temperatura interna reconocible.
Steve Jacobs: la fase ingrata y compacta
Jacobs representa el caso más claro de músico-puente infravalorado. Llegó después de un baterista tan llamativo como Bostaph, pero en vez de imitarlo ayudó a que Forbidden encontrara otro modelo de trabajo. Discogs acredita a Jacobs como parte de la autoría general de Distortion y Green, lo que sugiere una inserción creativa profunda, no meramente ejecutiva. Locicero no solo lo llamó “possibly the most underrated drummer ever”; también señaló que fue fundamental en dos discos muy distintos entre sí y en una época objetivamente difícil para el género. Su firma parece haber sido menos espectacular y más disciplinaria: una pegada capaz de compactar el grupo cuando la exuberancia de la edad dorada ya no encajaba igual con el contexto de mediados de los noventa. El hecho de que esas dos obras finales noventeras sean, a la vez, las más discutidas y las más rabiosas del catálogo dice mucho de su papel. Jacobs no sostuvo la fase más cómoda del grupo; sostuvo la más ingrata.
Steve Smyth: puente profesional en la segunda vida
Smyth cumplió otra función puente en la segunda vida. No llegó como fundador ni como “alma” histórica del grupo, pero sí como un profesional de enorme nivel que permitió a Locicero volver a trabajar con otro guitarrista de altísima gama después de años y rupturas. Su importancia fue menos identitaria que operativa: evitar que la vuelta degenerara en reconstrucción débil. Por eso su salida de 2024, aunque relevante, no provocó el colapso general de otras épocas. La banda actual parece haber heredado de aquellas frustraciones una capacidad mayor para procesar reemplazos sin autoparalizarse. El hecho de que Daniel Mongrain y luego Jeremy Von Epp hayan entrado en una estructura ya en marcha lo demuestra.
Norman Skinner y Chris Kontos: reparto nuevo de
responsabilidad
En la encarnación actual, los nombres decisivos son Skinner y Kontos. Skinner no está siendo tratado como un sustituto decorativo del cantante clásico. En 2024 y 2025 Locicero explicó que está trabajando con él de una manera inédita para Forbidden: ya no como simple intérprete de melodías previamente pactadas con Anderson, sino como letrista y colaborador capaz de devolver ideas propias al núcleo compositivo. Kontos, mientras tanto, aparece descrito como un “songsmith”, es decir, no solo un baterista potente sino un constructor de canciones, alguien con el que Locicero puede realmente tallar material. La diferencia respecto a la historia previa es estratégica. Mientras en muchas fases antiguas Locicero sintió que cargaba con demasiada agua para todos, ahora insiste en repartir dinero, derechos y responsabilidad con criterio igualitario. No es un detalle administrativo: es el intento más explícito que ha hecho nunca Forbidden por corregir el defecto estructural que más veces lo hirió, el desequilibrio entre identidad fuerte y trabajo mal distribuido.
Balance de la maquinaria interna
En suma, la maquinaria interna de Forbidden nunca fue democrática en sentido estricto, pero tampoco fue una tiranía de un solo autor. Su mejor versión histórica apareció cuando el liderazgo central de Locicero y Anderson coincidió con un segundo guitarrista que sumaba dirección en vez de solo destreza, y con un baterista que entendía arreglos además de velocidad. La peor apareció cuando el grupo intentó seguir siendo sí mismo sin resolver la carga desigual de funciones o sin tener clara la relación entre ambición artística y capacidad real de sostenerla. Ésa es la clave de casi todas sus mutaciones. El problema nunca fue únicamente quién tocaba. El problema fue cómo se repartía el trabajo invisible que permitía que esas personas sonaran a Forbidden y no a una suma de expertos.
CONCLUSIÓN
Forbidden aportó al thrash algo muy preciso: la demostración de que la violencia del Bay Area podía convivir con una concepción más amplia del heavy metal, una voz protagonista y un trabajo de composición menos unidireccional que el de muchas bandas vecinas. No fue la banda que inventó la escena, ni la que mejor capitalizó la edad de oro, ni la que supo navegar con mayor estabilidad la industria posterior. Pero sí fue una de las que mejor encarnó una posibilidad histórica muy concreta: que el thrash norte-californiano no tenía por qué elegir entre ferocidad y elaboración. Ese es su aporte real. No la “leyenda” en abstracto, sino una solución musical específica a un problema de género.Lo que distinguió a Forbidden fue también lo que más complicó su recorrido. Una banda que dependía tanto de una voz singular, de una dirección compositiva fuerte y de ciertos socios extremadamente concretos en guitarra y batería estaba condenada a ser brillante y frágil a la vez. La cronología lo confirma: cada cambio importante de formación tuvo consecuencias audibles e históricas; cada interrupción reveló un fallo en la distribución del poder, en la resistencia física del sistema o en la sincronía entre banda e industria. Incluso sus desvíos más discutidos, como el ciclo de los noventa tardíos, no fueron caprichos: fueron respuestas a un entorno desfavorable y a la presión de seguir avanzando sin traicionarse del todo.
Por eso sigue importando. No porque su carrera sea impecable ni porque su catálogo sea homogéneo, sino porque muestra con nitidez cómo funciona una banda seria cuando el talento excede a la infraestructura que la sostiene. Forbidden fue a menudo más grande como idea musical que como empresa estable, y precisamente ahí reside su interés histórico. En 2026, su relevancia actual depende de una mezcla de continuidad, aprendizaje y reescritura del propio legado. Si la tercera vida logra consolidarse, no será porque haya restaurado intacto el pasado, sino porque por fin parece haber entendido algo que el grupo tardó décadas en resolver: la identidad no vive solo en los nombres fundacionales, sino en el método con que una banda transforma esas herencias en presente.





































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