domingo, 19 de marzo de 2017

Crítica de C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005): Review


por MrSambo (@Mrsambo92)
del blog CINEMELODIC



Os traigo aquí está estupenda y poco conocida película canadiense de 2005 porque es un magnífico exponente de cine adolescente adulto y con enjundia, que trata temas como la confusión sexual o las drogas, que pasó muy desapercibida, al contrario de la sobrevalorada “Moonlight” (Barry Jenkins, 2016), a pesar de ser muy superior.

C.R.A.Z.Y. sigue la vida de la familia Beaulieu durante varias décadas, el matrimonio y cinco hijos, centrándose en Zachary, el cuarto de ellos, interpretado por Émile Vallée y luego por Marc-André Grondin, su confusión sexual, su difícil adolescencia, sus dudas, sus problemas, sus complejos… Ideas similares a la oscarizada película, pero mucho más ricas y complejas, mejor desarrolladas y expuestas, llevando con pulso excelente no sólo al personaje protagonista sino al resto de miembros de la familia, con mención especial al padre, Gervais (Michael Côté), pero sin afroamericanos.




No es “C.R.A.Z.Y.” una película estrictamente “gay”, pero su tratamiento sobre la homosexualidad, uno de los temas principales de la película, es tan divertido y fresco como elegante, tiene tanto tacto y naturalidad que te atrapa desde el primer momento convirtiéndose en uno de los mejores acercamientos a este manido tema.

Hay tanto humor como drama, un dinamismo, frescura y agilidad que recuerda en cierta medida a las grandes epopeyas de Scorsese o Paul Thomas Anderson, donde la voz over del protagonista, el montaje y la segura dirección de Jean-Marc Vallée nos guían con paso firme. De hecho, hay más humor que drama, en un buen equilibrio, que cuando cambia hace resentirse un tanto a la película, que funciona mejor en la frescura que en la densidad.




Respeta con bastante escrupulosidad el punto de vista subjetivo de Zac, inmiscuyéndonos en sus pensamientos, divagaciones, anhelos o imaginación, lo que deja escenas surrealistas e hilarantes, recordando en cierta medida a la también canadiense “Léolo” (Jean-Claude Lauzon, 1992). No siempre se respeta de manera estricta, hay determinadas licencias dramáticas o de sutil suspense donde se rompe ese punto de vista, pero en líneas generales, como digo, es bastante riguroso.

Zac vive en una familia conservadora y cristiana, se siente distinto, por lo que su evolución, según crezca, con respecto al tema de la homosexualidad latente irá desde el miedo y la angustia a una paulatina madurez y descubrimiento, en una sensacional ambigüedad que se mantiene hasta el final. Zac no quiere ser homosexual, ni si quiera sabe si lo es. De eso va la película, de crecer, madurar y, sobre todo, descubrirse.




Su mayor miedo es decepcionar a su padre, para el que la idea de un hijo gay es inadmisible, inasumible. Ese será el viaje de Zac, el de la aceptación de su padre. Un padre al que idealiza, al que luego desprecia, pero al que siempre quiere, en una búsqueda de la constatación del evidente amor que se profesan, que resulta conmovedora, pero nunca sensiblera. No hay más que ver el final, francamente emotivo.

No hay didactismo moralizante, no hay morbo, no hay condenas ni absoluciones, Vallée muestra un entorno cotidiano con frescura y tremenda naturalidad, donde mira con entrañable cariño a sus criaturas, a todas ellas, sin juzgar y humanizándolos sinceramente.

Rueda con extrema seguridad Vallée, planos largos con un gran dinamismo dentro del encuadre y recurriendo al montaje cuando es menester, con lo que la narración y las escenas en sí mismas fluyen grácilmente.




Usa los espejos y los reflejos en muchas escenas y muchos momentos, especialmente vinculados a Zac y su padre. Zac y su hermano mayor vienen una mentira, sumidos en el secreto y la apariencia a duras penas, lo que integra y relaciona bien ese uso de los espejos conceptualmente.

Además utiliza multitud de recursos de montaje, desde originales elipsis a trucos visuales en buscan ese continuo dinamismo y la complicidad con el espectador, incluso aunque puedan resultar gratuitas en ocasiones.




La religión, como en Scorsese, está muy presente. Son numerosas las referencias y las cruces que vemos en la película, vinculadas a la familia, especialmente a la madre, y que forman parte del bagaje psicológico de los personajes, sobre todo de Zac, que tiene un toque supersticioso aunque se define como ateo. Tiene algo de amor hacia la madre, de idea de aferrarse a ella en ese juego con el supuesto don que Zac tiene. Hay un personaje al final de la película, que en su parecido, parece querer relacionarse con Jesucristo.

Los objetos cobran mucho sentido, llevando también una evolución paralela a los sucesos de la película. Un disco, una plancha para hacer sándwichs, unas patatas fritas con el padre… Del mismo modo, desde el guión y la dirección tenemos numerosos cebos y ecos que van entrelazando complicidades y líneas narrativas, aunque en algunos casos todo ello resulta forzado, por ejemplo en la parte final.




Todos los personajes están bien diferenciados, pero algunos retratos resultan algo burdos en su exposición, sobre todo por insistente, reiterativa y evidente, por ejemplo el de los hermanos: el listo, el deportista y el macarra. Clichés que casi acaban resultando paródicos.

Nevadas y lluvias tienen sentido simbólico, efectos climatológicos ligados a las emociones de los personajes.

La banda sonora es otro de los puntos fuertes, con momentos antológicos, como el dedicado a David Bowie en la intimidad de la habitación, un momento que hará sentirse identificado a muchos de vosotros, porque esa intimidad encierra infinitos universos de sentimientos y secretos. Además, Pink Floyd, Rolling Stones, Elvis Presley, Jefferson Airplane, The Cure, Charles Aznavour, Patsy Cline… Una Patsy Cline que canta “Crazy” de Willie Nelson, que da nombre a la película, pero el título es además un acróstico que seguro no tardarán en descubrir cuando la vean. Y Bruce Lee

No se pierdan el hermosísimo final, cerrando un círculo emocional de calado.

Una gran película, donde sus pequeños defectos (esas bifurcaciones en la parte final, algunos retratos algo burdos en su exposición), no manchan un conjunto que merece, y mucho, la pena.

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