miércoles, 15 de marzo de 2017

Crítica de "Cazador blanco, corazón negro" (Clint Eastwood, 1990): review


por Möbius el Crononauta



Si nos damos a buscar en raíces de nuestras obsesiones quizá nos encontremos con que no existe una respuesta clara al porqué de ese extraño fijamiento, de ese proceder que atenta contra toda lógica; tal vez, ni siquiera encontramos una pista de la razón para nuestra conducta. Cuando ya las selvas y los mares hayan mostrado sus secretos y el espacio haya sido conquistado, la mente humana seguirá siendo la última frontera.

Si las palabras y las acciones de un hombre le retratan ante el resto del mundo, el personaje principal de esta película, John Wilson, es un hombre orgulloso de serlo, en el sentido de que adora todo lo que hace de alguien un "macho". No es sólo que blasfeme, escupa o quiera llevarse a la cama a toda mujer que se cruce por delante; es mucho más: la camaradería, la fidelidad a sus amigos, la soberbia, la independencia y la disponibilidad para pelear si cree que la causa lo justifica. Fascinación por las armas y por la caza, consumidor de alcohol y fumador de puros, siempre con palabrería sobre valentía y honor; todo aquello que se le presupone a la hombría.



Cazador blanco, corazón negro es una película que analiza las obsesiones y el carácter de un hombre como Wilson, un director de gran talento que va a dirigir una película en África, y postergará todo e ignorará cualquier consejo llevado por una obsesión: matar a un gran elefante.

Peter Viertel, autor de la novela original, viajó a África a principios de los 50 para acabar de pulir un guión que acabaría convirtiéndose en el clásico La reina de África. Sus andanzas junto al rudo, independiente y genial director John Huston acabarían formando parte de dicha novela, donde Viertel describía sus vivencias junto al director mientras éste buscaba localizaciones para la película, y, de paso, si surgía la ocasión, abatir a un elefante.




Cazador blanco, corazón negro constituye una pequeña joya en la filmografía de Clint Eastwood, que en su día pasó calladamente, pero que es hoy una de sus películas más interesantes, y que entonces fue un pasó más para convertirse en el gran director que es hoy. Ya había dejado atrás grandes películas y había rodado Bird, el film que constituyó un giro en su carrera. La película que nos ocupa era un anuncio para que la eclosión final llegara en forma de Sin perdón, la cinta que definitivamente encumbró a Eastwood como uno de los mejores directores de nuestros tiempos.

Cazador blanco, corazón negro supuso el que probablemente haya sido el mayor reto como actor para Eastwood, que se encargó de interpretar al alter-ego de John Huston. Aún con algunas excepciones (Escalofrío en la noche y especialmente Aventurero de medianoche), sus papeles siempre se habían movido entre el duro policía y el Hombre Sin Nombre. Aquí no sólo debía distanciarse de esos arquetipos sino que además debía actuar según la forma de hablar y los manierismos de un personaje real. Para la fama de actor limitado que siempre le ha acompañado creo que salió bastante airoso del trance.




El otro yo de Peter Viertel, Peter Verrill, fue interpretado por Jeff Fahey (sí, sí, el cocinero de Planet Terror), demostrando de nuevo que debería haberte tenido más suerte de la que ha tenido a lo largo de su carrera. Los "otros" Katherine Hepburn y Humphrey Bogart también aparecen en el film, por supuesto. De hecho, según he leído, el bote que sale en la película es el mismo usado en La reina de África.

Tras una introducción al personaje del director Wilson y su relación con Verrill, la acción se traslada a África, donde asistimos al peculiar viaje obsesivo de Wilson y su empeño en matar a un elefante, aún arriesgando todo el proyecto de su película.




En la escena donde Wilson cena con una elegante dama británica a la que desea llevar a la cama y ésta comienza a soltar improperios hacia los judíos con Verrill (que es judío) delante, vemos como el particular código de honor de Wilson entra en juego y se encarga de dejar a la mujer en su sitio. Poco después Verrill se disculpará con Wilson, ya que sabía el interés del director sobre la bella dama. Wilson responde: "No pasa nada, tú no tienes culpa de ser judío". Éste es un ejemplo no sólo de la gran amistad que unen a director y escritor, sino también del talante de Wilson, quién más tarde se meterá en una pelea por defender a un camarero negro maltratado.

La paradoja es que, pese a que esté dispuesto a darlo todo por su amigo, Wilson prescindirá de esa amistad cuando Verrill intente hacerle entrar en razón, y le desdeñará como a un cobarde cuando el escritor se niegue a disparar a un elefante. "Es un crimen", dice Verrill. "No, es más que eso", añade Wilson. "Es un pecado, y por eso voy a hacerlo".




Aunque en una escena posterior muy clarificadora, durante una conversación entre Verrill y Wilson, veremos que en realidad ni el director sabe qué es lo que le mueve a obsesionarse con el gran elefante. Como toda obsesión, seguramente ésta no tenga lógica alguna. O, si quizás fuera debido a que es lo que un auténtico macho se supone debe hacer, al final veremos qué tras la palabrería y la actitud puede esconderse el "yo" verdadero, aquél que realmente somos. Y siempre, en algún punto de nuestra vida, nos veremos enfrentados cara a cara con nuestro particular elefante, y quizás sólo entonces sepamos quiénes somos realmente.

Visita el blog La cinta de Moebius

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada