viernes, 17 de mayo de 2019

Crítica de "El cielo sobre Berlín" (Win Wnders, 1987): Reseña


by King Piltrafilla (@KingPiltrafilla)




La verdad es que no sabría cómo calificar esta película cuyo título original es Der Himmel über Berlin (Wings of Desire), y que aquí se tradujo como El cielo sobre Berlín; quizá impactante estaría bien. Fue una coproducción franco-alemana esta cinta de Wim Wenders y cuenta la historia de Damiel y Cassiel, dos ángeles de la guarda –aunque en la escena de la biblioteca puede verse que hay muchos más conviviendo con los seres humanos- que vuelan sobre el Berlín de los años 80, cuando la ciudad se hallaba dividida por el muro. Dichos ángeles tienen una existencia eterna como meros observadores y son capaces de transmitir algo de paz y sosiego, pero ni pueden intervenir físicamente en los acontecimientos ni pueden manifestarse –excepto ante los niños, que sí son capaces de verlos- ante las personas. Pero Damiel, cansado de existir eternamente acompañando a la gente y escuchando sus pensamientos –apáticos, ansiosos de felicidad y amor, expresiones de empatía, ira o miedo en una sociedad triste y gris con un vacío interior inmenso-, decide que ya es hora de disfrutar de sensaciones tan simples como tomarse un café. Cuando conoce a Marion, una trapecista, los acontecimientos se aceleran y no duda en sacrificar su inmortalidad para conseguir estar junto a ella.





En mi opinión, creo que no hay discusión sobre la naturaleza de Der Himmel über Berlin, que es claramente una parábola sobre la división de Berlín y sus ciudadanos. En ese sentido, Damiel podría ser la misma ciudad o quizás su propia historia, de la que debe pasarse página como único vehículo para alcanzar la luz. Claro que es sólo una interpretación. Amiguitos, al igual que muchos fotógrafos o pintores de los que os he hablado, cuya propuesta esconde un laborioso proceso intelectual que no niego, quienes afirman que con sus obras intentan transmitir complejas ideas y a lo que yo siempre os digo que a mí me importan un bledo tales argumentos y que únicamente me fijo en si el resultado final me satisface o no, así mismo creo que hay que abordar esta película prodigiosa. Hacer otra cosa son ganas de darle vueltas a la cabeza sabiendo que, a no ser que tengamos a Wim Wenders por vecino y le podamos preguntar, no obtendremos ninguna respuesta. Por ejemplo, en estos momentos sigo pensando en la escena en la que unos jóvenes se cruzan con Peter Falk y se preguntan si el tipo que acaba de pasar era Colombo. Ignoro si se trata de un guiño que destroza la película o es un elemento meditado del argumento, un nexo entre la fábula que estamos viendo y la realidad a la que asistimos, la coexistencia de los berlineses con esa cicatriz que el mauer suponía no sólo en las calles de la ciudad sino para sus vidas.






En resumen, piltrafillas, que Wings of desire es de una poesía visual emocionante, con una música preciosa, de un ejercicio estético maravilloso, con una fotografía impresionante, una cinta en la que casi cada fotograma es una instantánea que me hubiese gustado mostrar como complemento a mis palabras. Pero temo que el gran interés que la película ha despertado en mí tiene mucho más que ver con la nostalgia de un Berlín que había visitado no hacía mucho y que me impactó tanto que con el valor real que me merece como divertimento. Y es que la verdad es que hay momentos en los que se hace insoportable, como cuando las voces en off nos ofrecen reflexiones pretendidamente profundas, aburridas y sin sentido. Un ejemplo de ello es cuando Marion y Damiel se encuentran en el bar del club musical, con una perorata por parte de ella de lo más cargante. Aún así, creo que todo amante del cine y la fotografía, e incluso de la historia reciente, debe ver esta película que sin duda hay que visionar varias veces para poderla comprender y disfrutar a fondo en todas sus capas.






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