domingo, 26 de abril de 2015

Microrrelatos - Cosas en los bolsillos (77): El Jugador


El jugador

El jugador ha escuchado, como llegado de otro mundo, el aviso del despertador, ha sacado los pies sonámbulos de entre las sábanas y los ha conducido, para enfundarlos con precisión, hasta las zapatillas de paño que reposaban su soledad junto a la cama. Emprende la marcha. Sortea los obstáculos que le salen al encuentro cuando comienza a reptar por el pasillo: una silla que se materializa de repente, el cubo de la fregona con la fregona dentro, el taquillón de la abuelita... Avanza el jugador con decisión y pundonor hasta la cocina. Ya falta menos y seguro que lo conseguirá. Se rasca mientras tanto los cojones (a falta de palabra más autorizada) y bosteza en la soñolienta mañana el jugador. 


Cruza en este momento el umbral, por fin, de la cocina, con inusitada e insólita solvencia. ¡Qué fenómeno! Vemos cómo se dirige ahora hacia el armarito donde están guardadas las madalenas y las galletas. Lo abre y alcanza una bolsita con dos cruasanes en su interior (no sabíamos que el jugador también gustase de este galo manjar). Abre el frigorífico seguidamente, saca el cartón de la leche, pone la misma a calentar en un cazo. Ha acontecido en estas entremedias otro hecho memorable: esta vez el jugador no derrama ni una sola gota sobre la encimera. El jugador vierte épicamente la leche ya caliente en un vaso en el que ha puesto previamente (fijaos) dos cucharadas de café y una de azúcar. Es algo formidable que vio la vieja raza...

Atención, pues es ahora cuando abre la bolsa y toma un cruasán entre los dedos... y, en efecto, todo culmina espléndidamente: ha mojado el trozo debidamente cortado de ese bollo en el sabroso elemento. Perfecto hasta aquí, los aplausos se suceden en la grada hasta orquestar un alboroto descoordinado y caótico que conforma en su conjunto una armoniosa composición.

Esa especie de maremágnum, de pandemónium que raya en hecatombe, no llega al jugador directamente, pero le pitan los oídos que da gusto. Se mete entonces el dedo meñique en la oreja y, hurgándose, hace girar la afilada uña por su superficie interior para terminar levantando una delgada película de cerumen mefítico que, sin embargo, se lleva curiosamente (el jugador) a la nariz al mismo tiempo que degusta el agradable sabor del cruasán en la boca. Es sorprendente el jugador. Un auténtico campeón que hoy nos ha sobrecogido, de nuevo, con su estelar actuación.

©Ángel Carrasco Sotos

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