martes, 18 de diciembre de 2018

Crítica de la película "La Huella" (Joseph L. Mankiewicz, 1972): Review


por Möbius el Crononauta



Póngamonos en situación. Imaginaos. Dos personajes en una habitación. Adaptación de una exitosa obra de Broadway, representativa del nuevo teatro de los 60, La huella fue el compendio de toda una carrera, el último consejo del padre a sus hijos en el lecho de muerte. Los días de la grandiosa y fatídica Cleopatra y la mutilada Mujeres en Venecia quedaban lejos. A principios de los 70 el director, productor y guionista Joseph L. Mankiewicz volvía a divertirse otra vez en los platós. Paradójicamente, justo tras decidir no volver a trabajar nunca con su propio material.



El Hollywood que había conocido se derrumbaba a su alrededor. Sumido en una suerte de nihilismo cinematográfico, Mankiewicz abrigaba sombrías perspectivas para el arte de hacer películas. Pero al mismo tiempo el derrumbamiento del sistema de estudios le permitió sacudirse las pulgas, levantar una pata y orinar sobre una farola. Aunque sus últimas películas sólo mostrarían la pata y la farola. Pero entre líneas, Mankiewicz se reía de todo y de todos. Como si de un psicótico autómata vestido de marinero se tratara.

Dos actores en una habitación. Diálogos excelentes, una historia donde ocurría más de lo que pudiera parecer. Limitaciones que suponían un reto. Muchos resumirían el cine de Mankiewicz en dos palabras: psicología y diálogos. En la obra del dramaturgo, novelista y guionista Anthony Shaffer el director encontró el vehículo perfecto para poner punto y final a su carrera. Pocos directores de cine han podido o podrán presumir de acabar en cotas tan altas.




La trama es en principio sencilla, aunque cuanto menos se diga de ella mejor. Es de tono policíaco, un whodunnit freudiano que enfrenta a dos hombres distintos, encerrados en un viejo caserón. Ese límite espacial seducía a Mankiewicz, quien confesó que la historia le empujaba a inventar nuevas líneas de atención, nuevas subtramas que no lo eran, mensajes ocultos que impregnaban objetos que no se hallaban en la obra general, o que eran retorcidos de alguna manera. El laberinto en el jardín, el espejo roto, los autómatas... nada era casual.

La huella es un film complejo, de esos que ganan en cada visionado, descubriendo detalles a cada ocasión. Desde luego en un primer vistazo parece encerrar mucho más de lo que parece. Más allá de venganzas, rivalidades, batallas por una mujer, hay lucha de clases, de formas de concebir el mundo, del viejo Imperio contra la metrópoli multicultural y multirracial. Si nos armáramos de una lupa detectivesca para buscar huellas en la película, encontraríamos que la mayor parte de ellas son invisibles; quedan impregnadas en nuestra psique.




El ritmo que Mankiewicz imprime al film es perfecto, y desde luego el director se preocupó de que la narración acompañara a la cada vez más compleja trama, comenzando por el convencional inicio (y esa fantástica secuencia en el laberinto) hasta el creciente paroxismo de escenas y planos en la parte final de la película.

Sin duda un film de estas características exigía dos excelentes intérpretes sobre los que recayera todo el peso de la película. Mankiewicz logró su objetivo al juntar a dos grandes como eran Laurence Olivier y Michael Caine. Ellos serían los particulares juguetes del director, la ironía de sus personajes y sus alter egos, y el hilo conductor mediante unos diálogos densos e inteligentes. Al duelo intelectual de sus personajes hay que añadir el formidable duelo interpretativo de los dos actores. Estamos hablando de la crème de la crème, y los resultados fueron, como era de esperar, excelentes. Y así fue como todo el reparto de la película fue nominado a los premios de la Academia. Y así, tanto Olivier como Caine volvieron a ser rivales en la carrera hacia la estatuilla dorada. Pero un tal Vito Corleone se interpuso en su camino.




Resumiendo, un excelente film. Nada que añadir por ahora. Si de aquí unos años lo veo diez veces más, tal vez pueda retomar el asunto.


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