sábado, 10 de noviembre de 2018

Anthrax - Stomp 442 (1995): Crítica review


por Rockología (@RockologiaTwit)
del blog Rockologia




Después de que Dan Spitz (guitarrista) se fuese del grupo, Anthrax quedó conformado como un cuarteto: Scott Ian a la guitarra rítmica, Charlie Benante a la batería y la guitarra, Frank Bello al bajo y John Bush a la voz. De esta guisa se metieron a grabar su séptimo álbum de estudio con los autodenominados Butcher Brothers, que son dos productores, Joe y Phil Nicolo, encargados de bandas tan diversas como Urge Overkill, NIN o el mismísimo Bob Dylan.



Benante se encarga de componer la música y eso se nota, pues todos los temas se basan en el ritmo, con diferentes cambios sobre los que la banda mete buenos arreglos y líneas melódicas. Las letras las firman a pachas Ian y Bush, con temáticas muy directas y cierta agresividad acorde a los temas que el metal de la época abordaba.

Para suplir la guitarra solista ficharon a Paul Crook (Meat Loaf, Sebastian Bach) y al genial Dimebag Darrell (Pantera), quienes junto al propio Charlie (tremendo solo en American Pompeii) se manejan divinamente. Dimebag se suelta en King Size y Riding shotgun.




Random acts of senseless violence comienza rompiendo cuellos con un Bush muy agresivo y un riff tremebundo de guitarra. Buena mezcla de melodía y rudeza, mezcla que encontramos por doquier en el álbum. También aparece en King Size y American Pompeii, dos de las mejores. En King Size me encanta cómo empasta la melodía de la voz con la guitarra.

Fueled es un buen ejemplo del tipo de composición rítmica de Charlie. La batería y el bajo marcan este tema de principio a fin, con un groove tremendo, cambios bien medidos y unos arreglos acertados. El tema estalla en la garganta de Bush, quien se luce con diferentes registros. Salió como single.

Otro pelotazo titulado Riding Shotgun nos espera con un sonido deudor de Pantera tamizado por Scott Ian y compañía. Uno de los mejores del disco junto a Nothing, parido como single metalero, comienza con un riff melódico, una intro adictiva y otro genial ejemplo de Bush, un voceras al que nunca se le ha reconocido suficientemente su trabajo.




Un único pero que le pongo al álbum: demasiado homogéneo. Faltan temas que cambien, que den una textura diferente. Tan solo el último, Bare, y, tal vez, Drop the ball, con sus dobles voces y sus arreglos, rompen el conjunto.

En definitiva, una obra fantástica de metal anclada entre su pasado thrash y los sonidos Pantera que reinaban a mitad de los noventa. Agarra tu muñequera de pinchos, prepara un buen collarín para después y dale caña.


No hay comentarios:

Publicar un comentario