domingo, 15 de enero de 2017

Un fragmento de "César o nada", de Pío Baroja


Leyendo César o nada uno todavía se maravilla de la grandeza de Pío Baroja, que uno tiene en un altar, en el altar del entendimiento y el de saber hacer literatura de la buena con unos pocos pensamientos humanos, un pincel algo desflecado, la intuición, la imaginación desbordada en recrear e ir pegando esos relatos que van constituyendo la vida de uno como peregrinaje y esas palabras sacadas del bolsillo como quien saca un mechero de pescozón para pegarle al cigarro que antes lio con tabaco barato de la petaca. Os recomiendo también para conocer a esta gran figura de nuestras Letras leer sus memorias: Desde la última vuelta del camino. De nada.

Os he escogido un fragmento de este libro de 1910 (en el que los protagonistas beben cerveza) que tengo en marcha y en unos pocos días daré fin (me gusta degustarlo a leérmelo de un tirón). César está en Roma, perfilando su personalidad, que está fija en la acción como motor para cambiar España, donde pretende volver para poner en práctica sus ideas regeneracionistas con un plan marcado por cierto maquiavelismo. Le está enseñando la basílica de San Pedro a don Calixto, un español de visita en Roma, nuevo rico con pretensiones aristocráticas y cacique de facto en su pueblo de Castro Duro. César hace de cicerone libresco.

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— Le advierto a usted — le dijo — que el sábado se puede subir a la cúpula, pero sólo las personas decentemente vestidas. Así lo advierte un cartel que hay en esa puerta. Si por casualidad resucitara un apóstol y tuviera el capricho de hacer un poco de gimnasia y de ver Roma desde una altura, como probablemente estaría sucio y mal vestido, se fastidiaría, no le dejarían subir. Y entonces podría decir él: Invente usted una religión como la cristiana para que luego no le dejen a uno subir a la cúpula.

— Sí, claro, claro — repuso don Calixto — . Son absurdos. Pero que no le oiga a usted el canónigo. Ciertamente, no parece esto muy religioso; pero es magnífico.

— Sí, este es un hermoso escenario, pero no hay drama — dijo César,

— iQué quiere usted decir con eso? — preguntó don Calixto.

— Que esto es una cosa vacía. Un templo tan grande, tan claro, estaría bien que se hubiese levantado en honor de la ciencia, que es la gran construcción de la humanidad. Esas estatuas, en vez de ser de un Papa estólido o guerrero, debieran ser del inventor de la vacuna o del cloroformo. Entonces se comprendería bien esta frialdad y hasta ese aire de reto que aquí tiene todo. Que la gente tenga confianza en la verdad y en el trabajo, está bien; pero una religión basada en misterios, en obscuridades, que hace un templo claro, desafiador y petulante, es ridículo.

— Sí, sí — dijo don Calixto, siempre preocupado con que no les oyera el canónigo — . Usted habla como un hombre moderno. Yo, en el fondo, también...¿ sabe usted?... Creo que me comprende usted, ¿verdad?

— Sí, hombre.

— Pues yo entiendo que esto ya no tiene trascendencia... es decir...

— No la tiene, no; puede usted afirmarlo, don Calixto.

— Pero la ha tenido, eso no se puede dudar, ¡eh!, y grande. Eso es indiscutible.

(Alianza Editorial, pp. 221-222. Nuevamente editado, lo que a un le hizo feliz pues los precios en segunda mano eran, de alguna manera, prohibitivos).

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